80 DUELE, MUCHO
Estela
No recuerdo el trayecto desde el coche hasta mi portal.
Recuerdo haber cerrado la puerta con más fuerza de la necesaria, buscar las llaves dentro del bolso con las manos temblando, el ascensor subiendo demasiado despacio.
Lo demás quedó difuminado bajo una tristeza espesa que me acompañó durante todo el trayecto.
Cuando abrí la puerta, el piso estaba en silencio.
Miré de forma automática hacia la habitación de Álvaro.
La luz estaba apagada. Respiré un poco más tranquila.
No quería que me viera así. No quería explicaciones, ni preguntas, ni preocupar a mi hijo por algo que ni siquiera yo misma era capaz de entender del todo.
Me quité la chaqueta en el salón y la dejé sobre el respaldo de una silla. Después fui hasta la cocina, abrí la nevera, la cerré sin coger nada y acabé sentada en el borde de la cama de mi habitación sin recordar muy bien cómo había llegado hasta allí.
Durante unos minutos me limité a mirar la pared. Estaba agotada, cansada de haber peleado demasiado tiempo una batalla que ya sabes que no puedes ganar. Porque eso era exactamente lo que sentía.
No estaba enfadada con Armando, pero sí decepcionada, por mi culpa, ojo, porque había esperado de él algo que jamás me dijo que llegaría. Culpa mía.
Y dolía, joder si dolía. Porque no puedes enfadarte con alguien que te quiere. Pero tampoco puedes construir una historia con alguien que se empeña en huir de ella.
Me tumbé encima de la colcha sin cambiarme de ropa. El techo de mi habitación se convirtió en un refugio improvisado mientras intentaba ordenar los pensamientos que chocaban unos con otros dentro de mi cabeza.
Quizá aquello era lo correcto. Quizá era exactamente lo que tenía que pasar.
Sin embargo, yo soy una romántica empedernida y estaba segura de que querer a alguien siempre es suficiente y supera todo lo demás.
A pesar de que hay momentos en los que dos personas se encuentran en lugares distintos del mismo camino; una de ellas cede para recorrer el tramo que le corresponde a la otra.
Pero yo había llegado a un punto en el que ya no podía seguir esperando.
No porque quisiera menos a Armando. Porque me quería más a mí.
Y descubrir esa diferencia me hizo volver a llorar.
Lloré con tristeza y con rabia, sabiendo que había tomado la decisión correcta, aunque esta me rompiera más el corazón.
El teléfono vibró sobre la mesilla. No necesité mirar la pantalla.
Sabía que era él. Lo dejé sonar. Volvió a hacerlo unos minutos después.
Y otra vez. Cerré los ojos. Cada llamada era una tentación.
Porque conocía perfectamente lo que ocurriría si contestaba.
Escucharía su voz. Se me olvidaría el enfado.
Quizá acabaríamos viéndonos. Quizá terminaríamos abrazados.
Y mañana volveríamos a encontrarnos exactamente en el mismo sitio.
Yo esperando algo que él todavía no sabía dar.
No podía seguir haciéndolo. No quería seguir haciéndolo.
La última llamada terminó y el silencio regresó a la habitación.
Un rato después llegó un mensaje.
Armando:
Vale. No te escribiré más.
Nada más. Ni una explicación. Ni una despedida. Ni una súplica. Solo aquella frase tan sencilla, tan definitiva.
Las lágrimas volvieron. Porque por primera vez desde que lo conocía tuve la sensación de que aquello podía ser de verdad. Que no era una discusión más ni una pausa ni una de esas conversaciones incómodas que terminan arreglándose al día siguiente.
Aquello era el principio del final.
Yo:
No volveremos a estar juntos, pero no sabes cuánto he querido que fueras tú.
Me llevé el teléfono al pecho y cerré los ojos.
Y allí, sola en mitad de la noche, comprendí algo que habría preferido no descubrir nunca.
Que hay personas a las que seguirías eligiendo incluso sabiendo que no pueden elegirte del mismo modo.
Y que precisamente por eso, porque las quieres de verdad, llega un momento en el que tienes que marcharte tú.
Y yo me fui de un lugar que me hacía muy feliz, sabiendo que estaría bien sin él, pero deseando que él fuera MI LUGAR.