Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 79 DEJA HABLAR A LOS SILENCIOS
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79 DEJA HABLAR A LOS SILENCIOS

Estela

El camino de vuelta fue silencioso e incómodo, al menos para mí.

Podía romperlo y decir la verdad, pero necesitaba tiempo para asimilar lo que me había dicho Zoa.

Así que me dediqué a mirar por la ventanilla mientras Armando conducía.

Una mano sobre el volante. La otra apoyada en la palanca de cambios.

Ninguno de los dos habló durante varios minutos. Hasta que aparcó frente a su edificio. Apagó el motor. Y se quedó mirando al frente.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Llevas callada desde que salimos del restaurante. —No respondí—. Y al final de la cena estabas rara. —Seguí mirando por la ventana—. Estela.

Suspiré. Porque ya no tenía sentido esconderlo.

—¿Para ti esto no es serio?

La pregunta salió tan deprisa que ni yo misma estaba preparada para escucharla. Armando giró la cabeza hacia mí. No parecía sorprendido. Eso me dolió todavía más.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque Zoa me ha contado una conversación que tuviste con David.

Vi cómo algo cambiaba en su expresión.

—Ah.

—Sí. Ah.

Hubo unos segundos de silencio. Y después llegó la respuesta. La peor posible.

—No es serio.

Sentí algo resquebrajarse dentro. Lo escuché, lo prometo. Un trozo de mi corazón hizo crac.

—¿Qué?

—No me refiero a...

—No. Espera. ¿Cómo que no es serio?

—Estela, es importante, pero no es…

—Cinco meses. —Me giré hacia él. Ya no quería mirar por la ventana.

Quería mirarlo a él—. Cinco meses viéndonos prácticamente todos los días.

Cinco meses hablando desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.

Cinco meses preocupándonos el uno por el otro.

Cinco meses compartiendo nuestra vida. ¿Y me dices que no es serio?

—No estoy diciendo eso.

—Lo acabas de decir.

—No.

—Sí.

Armando cerró los ojos un segundo. Y eso me enfureció todavía más. Porque llevaba meses viendo ese gesto. Meses. Siempre intentando encontrar una forma correcta de explicar algo que ni él mismo entendía.

—Claro que te tomo en serio.

—Entonces ¿qué me estás contando? —Mi voz se quebró un poco— ¿Qué significa exactamente que no es serio?

—Significa que... —Se interrumpió. Otra vez. Siempre otra vez. Siempre a medio camino. Siempre frenando. Siempre dudando.

—Joder, Armando.

—Déjame hablar.

—Llevo cinco meses dejándote hablar. —Aquello lo hizo callar. Y también me hizo daño a mí. Porque era verdad. Y porque no quería que fuera verdad—. Estoy cansada.

—¿De qué?

—De esto. —Señalé el espacio que había entre los dos—. De que me quieras con hechos y me niegues con palabras.

El golpe llegó. Por fin. Directo. Sin rodeos. Vi cómo bajaba la mirada. Porque sabía exactamente de qué estaba hablando.

—No te niego.

Me reí. Una de esas risas horribles que salen cuando alguien está a punto de llorar.

—Claro que me niegas.

—No.

—¿Qué crees que he sentido al escuchar que para tus amigos esto no es serio? —Mi voz tembló. Ya no podía evitarlo—. Me ha dado vergüenza.

Armando levantó la cabeza.

—No digas eso.

—¿Por qué no?

—Porque no es verdad.

—Claro que lo es. —Sentí las lágrimas acercarse. Y las odié. Porque yo no quería llorar. Quería entender—. Me he sentido muy pequeña. Ridícula. Como si estuviera viviendo una historia que tú luego cuentas de otra manera cuando yo no estoy delante.

—Eso no es justo.

—¿Y lo mío sí?

Silencio. Otra vez. Maldito silencio.

—Intenta entenderme.

La frase. La que llevaba escuchando meses. La que ya no soportaba.

—No.

Él parpadeó.

—¿Qué?

—Que no. Que ya te he entendido suficiente. Entiendo que te separaste, que no querías enamorarte, que querías estar solo. Entiendo tus miedos. Entiendo tus dudas, tus planes. Entiendo absolutamente todo. Pero estoy cansada de entender. Porque tú nunca haces el esfuerzo de entenderme a mí.

Vi miedo en sus ojos. Miedo de verdad.

—Estela...

—Yo te quiero. ¡Claro que te quiero! ¿Cómo no voy a quererte?

¡Si llevo cinco meses dedicándote mi tiempo!

Mi espacio. Mis días. Mi vida. Mis ganas.

¿Cómo no voy a quererte? —El mutismo que siguió fue insoportable.

Porque ya no había nada escondido. Nada.

Solo verdad. La mía. Y la suya… esperando— ¿Tú no me quieres?

Armando tragó saliva.

—Claro que te quiero.

—¿Estás enamorado de mí? —Aquella fue la pregunta. La definitiva. La única que importaba.

Lo vi pensar, buscar una respuesta, pelearse con ella.

Y durante unos segundos absurdos quise ayudarlo.

Quise decirle que no hacía falta. Que podía responder cualquier cosa.

Que estaba bien. Que no pasaba nada. Pero sí pasaba.

Claro que pasaba. Porque había momentos en los que una respuesta cambia una historia entera. Y aquel era uno de ellos.

—No lo sé. —La frase cayó entre nosotros. Fría. Irreversible.

—No lo sé. Cinco meses. Y no lo sabes… —musité.

Sentí que algo dentro de mí se rendía.

Abrí la puerta del coche.

—¿Qué haces?

—Me voy.

—Estela.

—No puedo más.

—Quédate.

—No.

—Por favor.

—No. —Mi voz ya era apenas un susurro.

—Quédate a dormir.

Levanté la vista. Y lloré. Porque ya no podía aguantarme más. Porque estaba agotada. Porque lo quería. Porque dolía.

—Estela… Yo… Creo que estamos viviendo historias diferentes.

—No te equivoques, Armando. Vivimos la misma historia. Pero yo la vivo siendo valiente y tú escondiéndote… Muerto de miedo.

Armando cerró los ojos. La frase le golpeó físicamente. Porque era verdad.

—Estela...

—No eres un hombre malo. No me has engañado. No me has mentido. No me has utilizado. Pero eres un cobarde.

El silencio fue absoluto. Brutal. Doloroso. Y supe que aquella frase le dolería durante mucho tiempo. Porque también era verdad.

—Buenas noches, Armando. No me escribas más, por favor. —Salí del coche. Cerré la puerta. Y caminé hacia una parada de taxi. Porque hay despedidas que se hacen mirando atrás. Y otras que solo pueden hacerse caminando hacia delante, aunque te esté sangrando el corazón, roto ya por todas partes.