78 LOS ZASCAS SON ZASCAS PORQUE NO TE LOS ESPERAS
Estela
Aprovechamos que David acababa de iniciar una explicación delirante sobre por qué los bebés deberían venir con manual de instrucciones y garantía de devolución para levantarnos de la mesa.
—Voy al baño —anunció Zoa.
—Te acompaño. Quiero interrogarte.
—Me cuadra.
Nos echamos a reír y nos alejamos mientras David seguía gesticulando con una servilleta y Armando intentaba convencerlo de que los niños no podían devolverse a los treinta días.
—Todavía no han inventado Amazon Baby —escuché decir a David a nuestra espalda.
—Gracias a Dios —respondió Armando.
En cuanto cerramos la puerta del baño detrás de nosotras, me giré hacia Zoa.
—Vale.
—Ya estamos.
—¿Estás bien?
Su sonrisa apareció inmediatamente. Una sonrisa feliz. De esas que nacen en algún lugar profundo.
—Muy bien.
Y le creí. Porque hay emociones que no necesitan explicación.
—¿De verdad?
—De verdad.
—¿No tienes miedo?
—Claro que tengo miedo.
—Pues no lo parece.
—Es que una cosa no quita la otra.
Apoyó la espalda contra la pared. Pensativa. Tranquila. Y durante un segundo me sorprendió verla tan serena. Porque yo habría esperado nervios. Lágrimas. Dudas. Crisis existenciales. No aquello.
—La gente cree que el miedo y la felicidad son incompatibles —dijo—. Pero muchas veces llegan juntos.
Me quedé observándola.
—Eso ha sonado muy profundo.
—Estoy embarazada. Ahora hablo así.
—Qué pesada. —Las dos nos reímos—. Eres una bruja.
—¿Por qué?
—Porque llevamos viéndonos todos los días durante semanas.
—Lo sé.
—Y no me has contado nada.
—David insistió en que os lo dijéramos juntos.
—Eso sí me lo creo.
—Lleva dos meses planeando el momento.
—¿Dos meses?
—Hubo incluso una presentación. La preparó con una IA.
La miré horrorizada.
—¿Es broma?
—Ojalá.
—Dios mío.
—Yo también pensé lo mismo.
Volvimos a reírnos. Y por un instante me quedé mirando a mi amiga. Pensando en lo rápido que cambia la vida. Porque hacía nada estaba saliendo con un hombre al que acababa de conocer. Y ahora iba a tener un hijo con él. Y, curiosamente, no parecía una locura. Se sentía amor.
—¿Y tú?
Levanté la vista.
—¿Yo qué?
—¿Cómo estás?
—Bien.
—Estela.
—¿Qué?
—Estoy embarazada, no ciega.
Suspiré. Porque sabía perfectamente a qué se refería.
—Lo de siempre.
—Eso no significa nada.
—Precisamente por eso lo he dicho.
Zoa cruzó los brazos. Esperando. Y yo terminé cediendo.
—Lo quiero.
—Ya lo sé.
—Muchísimo.
—También lo sé.
—Y él me quiere. Tiene miedo.
—Lo sé.
—¿Que me quiere o que tiene miedo?
—Que te quiere lo supongo, que tiene miedo… estoy segura por algo que dijo.
—Y yo intento entenderlo. De verdad que lo intento. Entiendo que se separó hace poco. Entiendo que tenía otros planes. Entiendo que quería estar solo. Pero hay veces que no consigo entender por qué lucha tanto contra algo que le hace feliz.
Zoa bajó la mirada un instante. Pensativa.
—Porque algunas personas tardan más en confiar en la felicidad. Cuando yo conocí a David pensé que estaba loco.
—Lo está.
—Muchísimo.
—Gracias.
—Pero nunca dudó de lo que sentía.
—David nunca ha dudado de nada en su vida.
—Ese también es su problema.
Sonreí. Porque era cierto. David se habría tirado de un avión con una mochila escolar convencido de que era un paracaídas.
—Armando es diferente.
—Ya.
—Piensa demasiado. Todo. Pero tampoco se aleja.
Cuando se asusta, no desaparece. Cuando algo le supera, se queda raro unos días, pero siempre vuelve.
Nunca se marcha. —Noté cómo algo se aflojaba dentro de mí al decirlo en voz alta.
Porque a veces una necesita escucharse para entender lo que ya sabe— ¿Y sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
Sonreí. Enamorada.
—Que la vida con él es maravillosa. Así. Sin más. No porque sea perfecta. No porque no tenga complicaciones. No porque no me dé miedo. Sino porque es él. Porque cuando estoy con Armando todo resulta más fácil. Más bonito.
—Entonces deja de intentar entenderlo todo.
—¿Perdón?
—Que no necesitas entender cada paso que da. Solo necesitas mirar si sigue caminando hacia ti—. Aquello me dejó callada. Porque tenía razón. La muy maldita tenía razón—. Ahora voy a mear.
—Me parece perfecto.
—Meo cada media hora.
—Sé lo que es estar embarazada.
La esperé fuera y recordé algo que había dicho. Le pregunté en cuanto salió del aseo.
—Oye, has dicho que sabes que tiene miedo de primera mano.
—Eh… Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Le dijo a David algo el otro día. Lo escuché sin espiar. Lo prometo.
Nos miramos en el espejo antes de salir. Ella se colocó el pelo. Yo me retoqué el pintalabios.
—Vale. ¿Y qué dijo?
—Que lo vuestro no era serio.
Me quedé sin respiración de momento.
—¿Por qué no me lo habías dicho antes?
—Porque no le di importancia. Todos sabemos lo que hay y él no quiere verlo. —Siguió hablando, pero no recuerdo exactamente qué dijo mi amiga después. Porque hay frases que tienen la capacidad de apagar el ruido del mundo durante unos segundos. Y aquella fue una de ellas.
Le escuché decirle a David que lo vuestro no es nada serio.
Nada serio. Dos palabras. Solo dos. Y, sin embargo, sentí algo parecido a cuando bajas un escalón creyendo que queda suelo y descubres que no está. Ese pequeño vacío. Ese golpe seco. Esa sensación de haber calculado mal la distancia.
Nada serio.
Me quedé mirando a Zoa mientras intentaba encajar aquellas palabras en la realidad que estaba viviendo.
Porque la realidad era otra. O eso creía yo.
La realidad era que llevábamos cinco meses viéndonos prácticamente todos los días.
Cinco meses despertándonos con mensajes de buenos días, de llamadas absurdas para contarnos tonterías, preocupándonos el uno por el otro.
Cinco meses de cenas, de cafés, de besos, de conversaciones que se alargaban hasta la madrugada.
Cinco meses de Armando apareciendo en mi puerta con un botiquín cuando tuve fiebre.
Cinco meses cuidándome. Escuchándome. Buscándome.
Queriéndome. Porque sí. Porque no hacía falta que nadie pronunciara la palabra para saber que estaba ahí.
Entonces... ¿cómo podía no ser serio? ¿Qué era serio para él? Porque yo había tenido relaciones menos profundas que algunos saludos y me las había tomado en serio.
Lo nuestro no era un entretenimiento ni una aventura ni una historia para pasar el rato. No después de cinco meses. No después de tantas cosas. No después de nosotros.
Quizá por eso dolió tanto. Porque no fue una traición. Fue algo peor. Fue una diferencia de significado. La posibilidad de que él estuviera llamando "nada serio" a algo que para mí ocupaba ya demasiados rincones del corazón.
Y entonces apareció otra idea. La peor de todas.
La que intenté apartar inmediatamente. Quizá no estaba hablando de mí.
Quizá estaba hablando de él. Porque cuanto más lo pensaba, más sentido tenía.
Armando llevaba meses intentando convencer al mundo de que no estaba enamorado.
Y, sobre todo, intentando convencerse a sí mismo.
Lo hacía constantemente. Cuando las cosas se volvían intensas.
Cuando la felicidad empezaba a asustarlo.
Cuando el futuro aparecía de reojo en una conversación cualquiera.
Retrocedía medio paso. No para marcharse.
Nunca para marcharse. Solo para recuperar aire.
Como quien entra demasiado rápido en el mar y necesita acostumbrarse a la temperatura.
Y aun así... Duele. Porque entender algo no evita que haga daño.
Yo entendía sus miedos. Entendía la separación.
Entendía a Lucía. Entendía los planes que había hecho para su vida.
Entendía que no esperaba enamorarse. Lo entendía todo.
Pero también entendía mi dolor. Porque llega un momento en que una mujer deja de preguntarse qué siente un hombre y empieza a preguntarse cuánto más está dispuesta a esperar.
No porque deje de quererlo. Precisamente porque lo quiere.
Porque cuando amas a alguien empiezas a necesitar que las palabras y los hechos vivan en la misma casa.
Y Armando llevaba meses construyendo una historia preciosa con sus actos mientras sus palabras seguían escondidas detrás de una puerta cerrada.
Lo cruel era que yo sabía que me quería. Lo sabía. Lo veía cuando me miraba. Cuando me llamaba. Cuando aparecía sin que se lo pidiera. Cuando me abrazaba. Cuando se preocupaba. Cuando sonreía. Lo veía incluso cuando tenía miedo. Especialmente entonces.
Pero de pronto apareció una pregunta que no me gustó nada. Una pregunta que se quedó sentada a mi lado y ya no quiso marcharse.
¿Y si para él quererme no era suficiente?
Porque una cosa es amar. Y otra muy distinta permitir que ese amor cambie tus planes. Y Armando seguía luchando contra eso. Contra la evidencia. Contra la felicidad. Contra la posibilidad de aceptar que la vida no le había pedido permiso para ponerme delante.
Y yo estaba cansándome de pelear una guerra que ni siquiera era contra mí. Porque el enemigo nunca fui yo. Nunca fue nuestra diferencia de edad. Nunca fue Lucía. Nunca fueron las circunstancias. El enemigo era el miedo. Y nadie puede ganar una batalla que otro se niega a terminar.
Por eso, mientras escuchaba a Zoa hablar y fingía que estaba bien, sentí algo que no había sentido hasta entonces. Tristeza. Una tristeza inmensa, profunda. Porque el amor más doloroso no es el que no existe. Es el que existe y aun así sigue teniendo miedo de llamarse por su nombre.
Escuchamos la voz de David desde el otro lado del restaurante.
—¡SI LOS NIÑOS VINIERAN CON GARANTÍA, LA NATALIDAD SUBIRÍA UN DOSCIENTOS POR CIEN!
Armando tenía la cabeza apoyada sobre una mano.
Resignado. Derrotado. Acostumbrado. Y cuando me vio regresar, levantó la mirada y sonrió.
Solo eso. Una sonrisa. Una de esas que siempre encontraba el camino hasta mí.
No obstante, en ese momento, yo me había perdido en medio del camino.
Conseguí sentarme a su lado. Él me miró y me preguntó:
—¿Todo bien?
—Sí —contesté. Y no, no estaba bien.