77 NOTICIAS IMPORTANTES
Estela
Supe que algo raro pasaba en cuanto entramos en el restaurante. No porque David estuviera haciendo algo extraño. Eso no habría servido de indicador. David hacía cosas extrañas con la misma frecuencia con la que el resto de la población respiraba.
Lo sospeché porque estaba sentado, quieto y en silencio. Y aquello sí era preocupante.
—No me gusta nada esta situación —murmuré.
Armando se inclinó hacia mí.
—¿Por qué?
—Porque David lleva treinta segundos sin hablar.
—¿Treinta?
—Por lo menos.
—¿Estará enfermo?
—O poseído.
Nos acercamos a la mesa.
David se levantó para saludarnos.
—Buenas noches, gente maravillosa.
—Ya está mejor —dijo Armando.
—Gracias a Dios —sonreí.
Nos sentamos y pedimos unas cervezas. Durante un rato, David trató de comportarse como una persona normal, pero fue eso, un intento, porque no lo consiguió. Pero eso era parte de su encanto y, aunque Zoa era muy diferente, estaba completamente enamorada de eso.
—Bueno —cuestioné—. ¿Qué pasa?
—¿Qué va a pasar?
—David —apuntó Armando.
—¿Qué, tío?
—Nos has convocado.
—¡Yo no he hecho eso!
—Has utilizado la palabra "importante".
—Porque es importante.
—Y has dicho que teníamos que venir.
—Porque teníais que venir.
—¿Para qué, David? No seas pesado.
Zoa directamente escondió la cara entre las manos.
—Díselo ya.
—¿Tan rápido?
—Sí.
—Había preparado una introducción.
—No, por favor —rogó Zoa.
—Es una introducción preciosa.
—No.
—Tiene gráficos.
—¿Gráficos? —Armando soltó una carcajada.
—¡David, díselo ya! ¡O se lo digo yo!
—Vale, vale. —Suspiró teatralmente.
Miró a Zoa. Después nos miró a nosotros. Y sonrió.
—Vamos a tener un bebé.
Silencio. Absoluto. Brutal.
—¡¿Qué?! —La pregunta salió de mi boca y de la de Armando al mismo tiempo.
—Vamos a tener un bebé.
—¿Un bebé? —A Armando le llegaban las cejas al techo.
—Sí.
—¿Vuestro? —Mi barbilla rozaba la mesa.
—Normalmente funcionan así.
Me quedé mirando a Zoa. Después a David. Después otra vez a Zoa.
—¿Estás embarazada?
—De dos meses.
Armando dejó de pestañear.
—¿Dos meses?
—Sí.
—¿Dos?
—Sí.
—¿Meses?
—Armando, llevas tres veces —apuntó su amigo.
—Estoy procesando.
—¿Tú no dices nada? —Mi amiga me inquirió.
—Yo… También estoy procesando. Porque… es maravilloso… Pero… Si os acabáis de conocer.
—Ya nos conocemos —aseguró David.
Zoa se echó a reír. Y fue entonces cuando vi algo. La forma en que la miraba. La manera en que él buscó su mano por encima de la mesa sin darse cuenta. La facilidad. La felicidad. La ausencia total de miedo.
—¿Estáis contentos? —Me salió. Porque era lo único importante.
Zoa sonrió. Y aquella sonrisa respondió antes que las palabras.
—Muchísimo.
David la miró. Y durante un segundo desapareció el hombre que hablaba demasiado. El que convertía cualquier conversación en una aventura. El que quería montar negocios absurdos y salvar al mundo antes de los postres. Durante un segundo solo quedó un hombre enamorado.
—No estaba en nuestros planes. Pero ahora mismo no puedo imaginar una noticia mejor.
Algo se me encogió dentro del pecho. De emoción. De ternura. De envidia. Un poquito de envidia. La buena.
—¿Y qué vais a hacer?
—Tenerlo.
—¿Así de claro?
—Así de claro.
—¿Y ya está?
David asintió.
—Y nos vamos a vivir juntos.
Armando se atragantó con la cerveza.
—¿También?
—También.
—¿Y no os da miedo?
—Claro que sí. Estoy cagado. ¿Yo, padre? —Se clavó un dedo en el pecho sin perder la sonrisa.
—¿Y entonces?
David se encogió de hombros.
—Pues lo hacemos con miedo.
Aquello me hizo sonreír. Porque había una verdad enorme escondida dentro de una frase muy sencilla.
La conversación siguió durante toda la cena.
Nombres. Habitaciones. Padres. Ecografías.
Miedos. Ilusión. Planes. Y cuanto más hablaban, más felices parecían.
Como si la incertidumbre no les estuviera robando nada; habían decidido caminar igualmente, sin saber si era el camino correcto, pero con la seguridad de que llegarían a su destino.
En un momento dado me quedé observándolos.
A los dos. A David hablando demasiado. A Zoa riéndose de él.
A sus manos buscándose constantemente. Y después miré a Armando.
Él escuchaba. Sonreía. Hacía preguntas. Se alegraba sinceramente por ellos.
Lo sabía. Lo veía. Pero también vi algo más.
Algo pequeño. Una sombra. Un pensamiento.
Uno de esos que ya había aprendido a reconocer.
Y me descubrí haciéndome una pregunta que no me gustó nada.
¿Por qué algunas personas se lanzan? ¿Por qué algunas personas aman sin red? ¿Por qué algunas personas conocen a alguien y deciden vivirlo todo?
David no era más valiente que Armando. Lo sabía. La vida no funciona así. Cada persona tiene sus tiempos. Sus heridas. Sus historias. Sus miedos.
Y aun así... Mientras escuchaba a David hablar emocionado sobre cunas, pañales y habitaciones infantiles después de apenas unos meses de relación, no pude evitar pensar en nosotros.
En las conversaciones que nunca terminábamos.
En las palabras que todavía no nos atrevíamos a decir.
En los pasos que siempre se quedaban a medio camino.
Porque yo sabía una cosa. La sabía desde hacía tiempo. Sabía que quería a Armando. Muchísimo.
Y mientras él se reía por algo que acababa de decir David, me pregunté si algún día dejaría de tener miedo a quererme igual que yo lo quería a él.
No porque dudara de sus sentimientos. De eso hacía tiempo que había dejado de dudar.
Sino porque a veces el amor no tiene nada que ver con sentir.
Tiene que ver con atreverse. Y todavía no sabía si Armando estaba preparado para dar ese salto.
O si seguía asomado al borde, mirando hacia abajo.