76 AMIGOS “PATOLAVIDA”
Estela
Hay amistades que nacen en un momento concreto. Y luego están las que sobreviven a divorcios, mudanzas, crisis existenciales, dietas imposibles, exnovios absurdos y aplicaciones de citas que deberían estar prohibidas por la Convención de Ginebra.
Discusión, drama, conversación… Nosotros seguíamos donde lo habíamos dejado aunque nos viéramos cada tres o cuatro semanas.
—No os vais a creer lo que me pasó el viernes.
Luisma levantó la mano.
—Objeción.
—¿Qué?
—Siempre nos creemos lo que te pasa.
—Es verdad.
—Porque nadie inventaría historias tan ridículas.
Fer asintió.
—La última incluía un disfraz de Pikachu y un sacerdote.
—Y ocurrió de verdad.
—Precisamente por eso.
Juan Diego ya se estaba riendo antes de que empezara la historia.
Estábamos en una terraza de Malasaña que llevaba abierta desde que Franco tenía pelo. Las mesas cojeaban. Las tapas eran mejorables. Y las camareras te llamaban cariño independientemente de tu edad. Un lugar perfecto.
—Bueno, pues quedé con un chico.
—Error.
—Todavía no.
—Continúa.
—Las fotos estaban bien.
—Otro error.
—Llegué al bar.
—Error máximo.
—¿Me dejáis hablar?
Yo ya me estaba riendo. Porque las historias de Grindr de mis amigos eran mejores que muchas novelas. Y mucho más aterradoras.
—Llego al bar y el hombre no era el de las fotos.
—Clásico.
—Tenía quince años más.
—Común.
—Y llevaba una camiseta de Frozen.
Silencio.
—¿Frozen?
—Frozen.
—¿Elsa?
—Elsa.
—¿Cantó?
—Dos veces.
La mesa explotó en carcajadas. Incluso la camarera se giró.
—No estoy exagerando.
—¿Qué hiciste?
—Escapé.
—¿Cómo?
—Le dije que iba al baño.
—Práctico.
Fer levantó su cerveza.
—Por todas las personas que han sobrevivido a una cita de Grindr.
—Amén.
Brindamos. Y durante unos minutos seguimos escuchando historias imposibles. Un hombre que tenía una serpiente en el salón. Otro que había aparecido con su madre. Uno que aseguraba ser actor internacional y trabajaba en una tienda de colchones.
—Y luego dicen que las heterosexuales lo tenéis difícil.
—Lo tenemos difícil.
—Vosotras al menos no encontráis hombres disfrazados de personajes Disney.
Me reí tanto que me dolió la barriga.
Y fue precisamente en mitad de una carcajada cuando me escuché decirlo.
—Creo que me he enamorado.
Silencio. Absoluto. Total. Histórico.
Fer dejó la cerveza.
Luisma dejó la cerveza.
Juan Diego dejó la cerveza.
—¿Perdón?
—Lo que habéis oído.
—Repítelo.
—No.
—Necesito escucharlo otra vez.
—No.
—Por favor.
Me eché a reír. Porque parecían tres documentalistas descubriendo una especie en peligro de extinción.
—Vale. Estoy enamorada.
Juan Diego cerró los ojos.
—Qué pereza.
—Gracias.
—A ti.
Fer señaló el cielo.
—Otro hombre arruinando la vida de una mujer estupenda.
Luisma negó con la cabeza.
—No exageréis. —Y después me miró— ¿Mucho?
—Sí.
Ninguno bromeó. Solo durante unos segundos. Porque me conocían.
—¿Hablamos del vecino? —apuntó Fer.
—¿Pero qué crees? No soy tan promiscua como vosotros.
—Yo soy muy exclusivo.
—Yo no —anotó Luisma.
—Yo tampoco —señaló Juan Diego, y reímos todos.
—¿Y él está enamorado?
Suspiré.
—Él también siente cosas.
—Eso no responde.
—Ya lo sé.
—¿Está enamorado?
—No lo sé.
—¿Te quiere?
—No lo sé.
—¿Te ha dicho que te quiere?
—No.
—¿Tú a él?
—Tampoco.
Los tres se quedaron mirándome.
—Lleváis meses quedando.
—Cinco —informó Luisma.
—Luisma, sé contar.
Fer se llevó una mano al pecho.
—Estoy agotado.
Juan Diego se inclinó hacia delante.
—Vale. Cuéntanos qué pasa de verdad.
Jugué con la botella entre las manos. Pensando. Buscando la forma correcta de explicarlo.
—Cuando estamos juntos todo funciona. Todo. Nos reímos. Hablamos. Nos entendemos. Nos buscamos. Somos felices. Y precisamente por eso se asusta.
—Porque acaba de separarse —Fer.
—Porque tiene treinta años —Juan Diego.
—Porque quería estar solo —Luisma.
—Porque no buscaba enamorarse. Porque no me buscaba a mí —yo.
—Déjalo —Juan Diego.
—¿Perdón?
—Déjalo. Ahora. Antes de que te rompa el corazón.
Fer puso los ojos en blanco.
—No le hagas caso. Él vive convencido de que el amor es una enfermedad.
—¿Lo es? —pregunté.
—Altera el sueño. Te cambia el apetito. Te hace sonreír sola en mitad de un supermercado mirando una pantalla —siguió Juan Diego.
—Te vuelve un poco idiota —anunció Luisma—.
Es una enfermedad porque consigue que una persona ocupe espacio en tu cabeza incluso cuando no está presente.
Porque hay días en los que duele. Y porque nadie en su sano juicio entregaría voluntariamente semejante poder sobre sí mismo a otro ser humano.
Si lo miras fríamente, enamorarse es una locura.
Una de las pocas que la sociedad no solo acepta, sino que celebra.
Pierdes objetividad, equilibrio y control.
—Ya está el político dando un mitin —intervino Juan Diego.
—Dejadlo terminar —solicité.
—Empiezas a medir los días de otra forma. Las canciones, los lugares y los mensajes significan cosas. De repente una llamada puede arreglarte una tarde entera y un silencio puede estropeártela.
—Dicho así… No parece muy saludable —murmuré.
—Sin embargo… —estudió Fer—. Cuando alguien afirma que el amor es una enfermedad, siempre me pregunto lo mismo.
Si es una enfermedad... ¿por qué salva tantas vidas?
Porque las salva. Las salva todos los días.
No de una manera espectacular. No con sirenas ni héroes.
Las salva despacio. Las salva cuando alguien atraviesa una pérdida y encuentra una mano que le ayuda a seguir caminando, cuando una persona se siente sola y otra le recuerda que sigue siendo digna de ser querida.
Las salva cuando alguien lleva meses sobreviviendo y, de repente, vuelve a tener ganas de vivir.
Porque esa es la diferencia. Sobrevivir y vivir no son la misma cosa.
Mucha gente respira. No todo el mundo vive.
Y el amor tiene una capacidad extraordinaria para devolverle color a las cosas cuando el mundo empieza a quedarse gris.
No hablo solo del amor romántico. Hablo de todos.
Del amor de una madre. De un padre. De un amigo.
De un hijo. De una pareja. De esa persona que aparece en el momento exacto en que estabas convencido de que ya nadie iba a encontrarte.
—Jo, voy a llorar. —Ya estaba llorando. Cogí una servilleta y me soné los mocos.
—Hay personas que te curan sin saberlo. Que llegan con una sonrisa, una conversación o una costumbre pequeña y terminan reconstruyendo rincones de ti que llevaban años abandonados.
Por eso nunca he entendido a quienes presumen de no necesitar a nadie.
Todos necesitamos a alguien. No para completarnos.
Eso es otra mentira. Pero sí para acompañarnos.
Porque la vida pesa menos cuando se comparte.
Y las alegrías crecen cuando tienen testigos.
Quizá el amor sea una enfermedad. Puede que tengáis razón.
Puede que nos vuelva irracionales, que nos haga cometer errores, que nos rompa el corazón de vez en cuando.
Pero si de verdad es una enfermedad, es la única que consigue que la gente vuelva a levantarse después de haberse caído.
La única que convence a una persona herida de que merece la pena volver a intentarlo.
La única capaz de convertir un día cualquiera en un recuerdo inolvidable.
Y si me dan a elegir entre una vida perfectamente segura o una vida llena de amor, con todos sus riesgos, todas sus dudas y todas sus cicatrices...
No necesito pensarlo. Porque algunas enfermedades matan. Pero esta. Esta también resucita.
—Giro dramático de los acontecimientos —bromeó Juan Diego.
—Dirás de la conversación —rio Luisma.
—Qué profundidad —advertí yo.
—Enfermedad o no. Tú disfruta —me aconsejó Juan Diego—. Vive el momento, enamórate, estámpate contra el muro si hace falta. Tú siempre te levantas.
—Gracias por tu apoyo.
—De nada.
Fer levantó un dedo.
—Mi consejo es mucho mejor.
—Miedo me da.
—Sigue con él. Y mientras tanto, fóllate a quien te dé la gana.
La cerveza casi me salió por la nariz.
—¡FER!
—¿Qué?
—¿Qué?
—¿Qué?
Luisma lloraba de la risa.
Juan Diego se había doblado sobre la mesa.
Y yo ya no podía respirar.
Fue justo entonces cuando sonó mi teléfono. Lo saqué del bolso. Miré la pantalla. Y sonreí sin querer.
Armando.
Los tres lo vieron. No se les escapaba nada a ellos.
—Mira esa cara.
—Está perdida.
—Completamente.
—Que alguien la ayude.
Negué con la cabeza. Me levanté y me aparté de la mesa para contestarla.
—Hola, desastre. ¿Dónde estás?
Sonreí. Porque aquella pregunta tenía algo de hogar, de costumbre.
Cada vez que escuchaba su voz… el mundo se volvía un poco más bonito.
—Con mis amigos. En un bar de Malasaña.
—Perfecto. Tengo malas noticias.
—¿Has puesto tres plátanos en vez de dos en el brownie fitness?
—Peores.
—¿Te han cerrado el gimnasio?
—¿Ese al que ya no vas?
—Ese, sí.
—Peores.
—¿Tu madre te ha apuntado a un grupo de predicadores?
Escuché su risa al otro lado.
—David.
—Ah.
—Eso mismo.
—¿Qué ha hecho ahora?
—Todavía no lo sabemos.
—Eso es lo que más miedo da.
—Me ha llamado.
—¿Y sigue vivo?
—Por el momento.
—¿Y qué quiere?
—Que quedemos a cenar.
—¿Solo eso?
—Con David nunca es solo eso.
—Buen punto.
—Ha dicho que tiene algo importante que contarnos.
—Dios mío. ¿Qué crees que es?
—No lo sé.
—¿Ha montado una secta?
—Posible.
—¿Va a dejar su trabajo para convertirse en chamán?
—Bastante posible.
—¿Ha comprado una alpaca?
—Eso ya no me sorprendería.
—A mí tampoco.
Los dos nos reímos. Porque con David cualquier teoría absurda tenía aproximadamente un treinta por ciento de posibilidades de ser cierta.
—¿Y Zoa?
—Según él, Zoa también tiene que estar presente.
—Eso empeora mucho las cosas.
—Ya la ha captado para su secta.
—Jajaja.
—¿Te apetece venir?
—Claro.
—¿Segura?
—A estas alturas quiero saber cómo acaba la historia.
—Yo creo que acaba en prisión.
—O en un programa de televisión.
—También.
—¿A qué hora?
—A las nueve.
—Perfecto.
—Paso a recogerte. Y Estela.
—¿Sí?
—Lleva casco.
—¿Vienes en moto?
—¿Desde cuándo tengo moto? —Reímos de nuevo—. Porque cuando David dice que tiene una idea importante, alguien suele terminar herido. —Nuestras carcajadas se mezclaron.
—Hasta luego, bonito.
—Tú sí que eres bonita.
—Armando.
—¿Qué?
—Como David haya comprado una alpaca, te invito a cenar.
—Trato hecho.
—Y como haya montado una secta...
—Nos apuntamos.
—Ni de broma.
—Depende de la túnica.
—Adiós, Armando.
—Adiós, Estela.
Colgué sonriendo. Y, por alguna razón, tuve la sensación de que aquella cena iba a acabar exactamente igual que todas las cenas en las que aparecía David. Con una historia imposible. Y con nosotros riéndonos hasta que nos doliera la barriga.