75 SILENCIOS LARGOS
Estela
La película llevaba veinte minutos terminada y ninguno de los dos había hecho el menor intento por levantarse.
La televisión seguía encendida. El volumen bajo.
Las luces apagadas y Armando tenía un brazo alrededor de mis hombros mientras yo apoyaba las piernas sobre las suyas.
Era una de esas noches peligrosas. No por lo que pudiera pasar.
Por lo bien que estaba pasando. Ya conocía el modus operandi de Armando y, cuando lo nuestro se ponía intenso, él pisaba el freno y se alejaba.
No escribía menos ni llamaba menos ni desaparecía, pero lo verbalizaba.
Dejaba claro que con palabras cosas que no se asemejaban a la realidad.
—Estás muy callado.
—Tú también estás callada.
—Pero yo estoy callada de forma alegre.
—¿Existe eso?
—Claro.
—¿Y cómo es exactamente una persona callada de forma alegre?
—Guapísima.
Se rio. Pero solo un poco. Lo suficiente para confirmar algo que llevaba rato notando.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Armando.
—De verdad.
—Llevas una hora respondiendo “de verdad”.
—Porque es verdad.
Me hizo sonreír.
Apoyó los codos sobre las rodillas y se quedó mirando el suelo. No me gustó verlo así. Porque Armando no era una persona triste. Era una persona luminosa. Y cuando la luz baja, aunque sea un poco, se nota.
—Estela… Yo… No buscaba esto. —La frase salió de golpe. Sin preparación. Sin rodeos. Yo me quedé quieta.
Durante unos segundos solo se escuchó el ruido lejano de un coche pasando por la avenida.
—¿Esto?
—Tú.
Parpadeé.
—Qué romántico.
—No lo digo así.
—Ya.
—Lo digo en serio.
—Y no tiene gracia.
—No pretendo que te rías. Ahora no. —Se pasó una mano por la nuca—. Cuando me separé tenía un plan.
—Mal asunto.
—¿Por qué?
—Porque la vida odia los planes.
Aquello le arrancó una risa breve.
—Puede ser.
—Es seguro.
—Yo no quería una relación.
—Ya. Lo has dejado claro alguna vez. No somos novios —recordé, pero de eso hacía mucho tiempo.
—Ni conocer a nadie. Ni enamorarme —dijo mirando al suelo. Y a mí se me encogió algo por dentro. No por la frase, sino por la inseguridad y el miedo que había detrás.
—Eso suena a vértigo.
—Quizá…
—¿Te doy vértigo?
—Puede.
—El vértigo siempre aparece cuando estás demasiado cerca del borde —solté. No contestó y me levanté.
Caminé hasta la entrada y señalé la puerta principal de mi casa.
—Bueno.
Armando levantó la cabeza.
—Bueno, ¿qué?
—Que ahí está la puerta.
Frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Si esto es tan terrible, puedes irte cuando quieras.
Tardó dos segundos en entenderlo. Y cuando lo hizo se echó a reír.
—Eres idiota.
—La puerta no te la lleves.
—¿Qué?
—Me costó muy cara.
La tensión, el miedo y la gravedad se diluyeron y los dos acabamos riéndonos.
Y, cuando por fin dejó de hacerlo, me miró de esa forma que siempre me desarmaba. Como si yo fuera una solución que todavía no terminaba de comprender.
—No quiero irme.
—Pues entonces quédate.
—No es tan sencillo.
—Claro que lo es.
Negó despacio.
—Para ti.— Se levantó y vino hasta mí. Volvió a ser Armando. No el divertido ni el encantador, sino el hombre que había conocido a alguien cuando se prometió no hacerlo tras su separación.
—Estela, llevo media vida siendo parte de una pareja. Media vida. Y justo cuando empiezo a sentir que vuelvo a entender quién soy... apareces tú.
—Eso ya lo hemos hablado.
Armando soltó aire.
—Lo peor es que no quiero que desaparezcas.
—No luchas contra mí, sino contra lo que sientes.
—No es… No es el momento para esto.
—Tienes miedo.
—¿Tú no?
—Yo vivo con miedo a muchas cosas. Pero no voy a perderme nada por miedo.
—No es tan fácil.
—Según cómo lo mires.
—Había hecho planes…
—Y vas fatal —lo interrumpí.
—¿En qué?
—En eso de no enamorarte de mí.
Por primera vez en toda la noche soltó una carcajada.
De las grandes. De las que nacen del alivio.
Y me abrazó tan fuerte que entendí algo.
Las personas no necesitan que les soluciones la vida.
Solo necesitan que no salgas corriendo mientras intentan entenderla.
Y eso era exactamente lo que estaba haciendo Armando.
No estaba alejándose. Estaba aprendiendo a quedarse.
Y me pedía que le diera tiempo a asimilarlo.
—No quiero hacerte daño. —Se separó unos milímetros y clavó sus pupilas en las mías—. Ni a ti ni a nadie.
—No hablas de nadie, sino de mí, de lo nuestro. —Asintió sin un parpadeo—. ¿Tú sabes que decirlo no te exime de responsabilidad? Los dos estamos en esto. Eres un adulto. Sabes lo que haces y eres consciente de lo que tenemos.
—Hablas como si fueras abogada.
—Podría serlo. —Me abrazó y nos quedamos en silencio.
—Estela… Yo… Tienes que entenderme. —Colocó sus manos sobre mis mejillas de nuevo.
—Te entiendo. —Me acercó y pegamos nuestras frentes. Olía su piel y pensarla lejos ya me dolía—. Pero no puedes pedirme que no viva esto, que no sienta, que no me acerque a ti cada día un poco más cuando tú también te acercas. No seas injusto conmigo, porque… además, también lo eres contigo.
—¿Eso piensas?
—Te niegas a vivir algo que ya estás viviendo. Y cuando me acuerdo, cuando lo pienso, solo me dan ganas de salir corriendo.
—No quiero que te vayas.
—Pues quédate conmigo. Eres tú el que se larga cada vez que siente intenso.
—No lo hago.
—Sí lo haces. Y sé por qué. Por miedo.
Se alejó unos milímetros.
—No es por miedo. Es que no quiero.
—Yo tampoco buscaba esto. Pero llegó. Y lo vivo sin miedo. Tú… lo vives a ratos y… me da pena.
—¿Por qué?
—Me da pena que te lo pierdas. Deseo que sientas lo que yo siento. Y creo que lo haces, pero dura un momento, porque te cierras, das un paso atrás y cuentas hasta diez para no salir corriendo.