74 CUANDO DECIDES NO PENSAR EN EL MAÑANA
Estela
El sábado empezó antes de que yo quisiera admitirlo.
Me desperté cuando el cuerpo descansa, pero la cabeza no termina de soltarse.
No abrí los ojos enseguida. Me quedé ahí, eligiendo no pensar, aguantando unos segundos más la sensación de que nada había cambiado.
Pero lo había hecho. Y mucho. Yo lo sabía.
Y no por lo que había pasado entre nosotros, sino por lo que había pasado dentro de mí.
Giré la cabeza y le miré. Dormía de lado, con la respiración tranquila, ajeno a todo lo que yo había removido la noche anterior.
Había algo profundamente injusto en eso.
No porque él estuviera haciendo nada mal, sino porque yo ya no estaba en el mismo lugar y, aun así, seguíamos compartiendo la misma cama, el mismo silencio, la misma mañana.
Podía levantarme, despertarlo, pedirle que se marchara. Y, sin embargo, no me moví. Me quedé.
Cerré los ojos y me quedé en un estado de duermevela, soñando que nos conocíamos en otro momento, que Armando tenía mi edad, o yo la suya, puestos a pedir, que él me amaba, que quería más, que no deseaba soltarme jamás, pero los sueños, sueños son, y la realidad se interpuso a continuación.
—Buenos días —saludé con naturalidad, la que me salía, había aprendido a fingir con él, y lo hice sin darme cuenta.
—Buenos días.
Sonrió. Me besó en la nariz, en la boca, despacio, sin prisa, sin intención de convertir ese gesto en nada más. Y durante ese instante todo volvió a ser sencillo. No porque lo fuera. Sino porque yo decidí que lo fuera.
Desayunamos en la cocina, de pie, hablando tonterías, de cualquier cosa que no incluyera un nosotros, porque… no lo había.
Salimos sin plan, como casi siempre. Él no necesitaba organizar nada para que el día funcionara, y yo me dejaba arrastrar por eso más de lo que me convenía.
Bajamos a la calle y Madrid estaba en ese punto perfecto de sábado por la mañana, donde todo empieza sin urgencia.
Gente paseando, terrazas llenándose, el sol cayendo con suavidad sobre los edificios, sin imponerse.
Caminamos sin decidir del todo hacia dónde, hablando de cosas pequeñas, de lo primero que nos venía a la cabeza, sin necesidad de que la conversación tuviera sentido.
Él tenía esa capacidad de convertir cualquier cosa en algo ligero, de quitarle peso a lo que, en otro momento, habría necesitado más explicación.
Y eso era exactamente lo que yo necesitaba ese día.
No pensar. Porque iba a explotarme la cabeza.
Entramos en el Retiro casi sin darnos cuenta y ambos notamos el cambio de ritmo. Aquello era… otro universo, lejos de Madrid, lejos del tráfico, lejos de casi todo, porque el miedo… la ansiedad… no se alejó, al menos de mí.
—Te voy a contar un chiste —dijo de repente.
—No, por favor. —Íbamos agarrados de la mano, porque Armando no quería nada serio, pero trataba lo nuestro como si lo fuera.
Aquello cada vez me hacía más daño.
—Venga, si te hacen gracia. Te ríes.
—Por compromiso.
—Mentirosa.
—Ahí ya empezamos mal.
Sonrió.
—¿Sabes cómo cuentan los Tdah las ovejas por la noche para dormir?
Le miré, cruzándome de brazos.
—No sé por qué te dije que tengo Tdah.
—Venga, contesta.
—No lo sé.
—Una oveja, dos ovejas, tres ovejas, pato, tortuga, elefante, tigre, jirafa…
Me quedé en silencio un segundo.
—Pero… —Alcé las cejas—. Jajaja.
—Pero te has reído. Espera que tengo otro de Tdah.
—¡¡No!!
—¿Sabes que hace un Tdah en una librería?
—A ver…
—Nada. Porque no entra. Se entretiene mirando otros escaparates.
—Jajajaja. ¿Pero por qué eres así?
—Sigues riéndote. Jajaja.
—¡Porque me da rabia!
—¡Porque sabes que es verdad! ¡Te ha pasado!
—¡No me ha pasado! —Le di un codazo en el costado. Él ni se inmutó.
—Sé sincera —me pidió con la sonrisa abierta.
Me hubiera gustado serlo. Y decirle: Te quiero, Armando, me he enamorado de ti.
No he sabido cuándo ni cómo, pero es así.
Y no me arrepiento, o sí, no lo sé. Porque sé que tú no sientes lo mismo, porque tú no quieres lo mismo, porque esto no va a terminar igual que empezó.
Me iré, me dejarás ir, no insistirás, no me enviarás mensajes para que me quede, no me abrazarás para obligarme a que no te deje.
Y sí, va a dolerme más de lo que tenía previsto. Pero no lo hice, no en ese sentido.
—Vale, me ha hecho gracia. —Respiré y llené de aire mis pulmones. Lo necesitaba.
Seguimos caminando entre los árboles, con el suelo cubierto de tierra y hojas.
En algún momento me abrazó sobre los hombros y yo…
Yo me sentí en casa, en ese lugar al que siempre quieres volver.
En ese gesto había algo que me calmaba. Y, al mismo tiempo, algo que me desordenaba más de lo que quería reconocer.
Nos sentamos cerca del estanque, con el reflejo del agua moviéndose despacio y el murmullo constante de la gente alrededor. Me apoyé en el respaldo del banco, dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos un segundo.
Solo un segundo.
Lo justo para sentir.
Y lo sentí.
Todo.
El presente, claro, limpio, fácil. Él a mi lado, la risa todavía reciente, la mano que no había soltado. Ese tipo de momentos que, si no los piensas demasiado, son suficientes.
Pero también lo otro.
Lo que viene después.
Lo que ya sabía.
Porque no hacía falta que pasara nada más para entenderlo.
No hacía falta que él dijera nada.
Ya lo había dicho.
No quería una relación.
No estaba preparado.
No iba a ir más allá.
Y yo sí.
A veces no es que no quieras pensar en el futuro… es que sabes exactamente lo que hay en él. Y no te gusta en absoluto.
Abrí los ojos y le miré. Me observaba como te mira alguien que está sintiendo lo mismo que tú. Y eso fue lo que más me dolió. Que parecía que me quería, pero jamás me lo había dicho, al contrario, cada vez que la situación se ponía intensa, él soltaba alguna broma que la aligeraba.
Armando me cuidaba. Me hacía reír. Estaba conmigo. Pero no estaba… conmigo. No de la manera en la que yo empezaba a necesitar.
No es lo que te dan… es lo que no llega lo que acaba jodiendo.
Podía quedarme ahí. Donde todo funciona lo suficiente como para no romperse, pero no lo bastante como para mantenerse a largo plazo. Podía decidir que me bastaba. Que no necesitaba más. Que no todo tiene que ir más allá.
Podía.
Pero no era verdad.
Porque ya no estaba en ese lugar. Porque ya no sabía estar en algo sin implicarme. El problema no era Armando ni lo que me daba, porque me lo daba todo. El problema era que yo no sé querer a medias tintas ni acepto que me quieran a medias.
Me incliné hacia él y le besé. Solo necesitaba sentir que seguíamos ahí, que no todo estaba en mi cabeza.
Él respondió, acercándose un poco más. Posó su mano en mi cara y me acarició.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era miedo, uno infinito a perder lo que me hacía sentir, a deshacerme de esos momentos.
Me dejé llevar, apagué mis pensamientos y durante ese instante, todo volvió a encajar.
Pero solo durante ese instante. Porque mi corazón me golpeó fuerte el pecho, quejándose, buscando un lugar en el que caber sin tener que gritar.
Yo tenía ganas de eso, de gritar con fuerza, de correr, de salir de allí y…
de volver. Porque nadie quiere irse del lugar donde es feliz.
Nos levantamos después, seguimos caminando, salimos del parque y nos perdimos por las calles sin rumbo.
—Una librería —indicó—. ¿Entras o te despistas aquí mismo?
—Ja, ja. Armando el graciosillo.
Me dio un beso en la mejilla y comenzamos a discutir sobre qué café es mejor sin tener ni idea, riéndonos de cosas absurdas que en otro contexto no tendrían ninguna gracia.
Y yo lo miraba. Más de lo que debería. Buscando algo que no terminaba de encontrar.
Pensé en irme. En decirle que no podía seguir así. En cortar antes de que doliera más. En hacer lo correcto. Pero luego se reía. Me miraba. Me tocaba la mano sin pensar. Y todo volvía a empezar.
El problema de ver venir el final es que no sabes si irte antes… o quedarte hasta que duela. Yo era de las que se quedaban a ver los créditos en el cine, y no iba a perderme los de esta película.
Apreté su mano un poco más fuerte. Él me miró y sonrió.
Todo fluía entre nosotros como en una pareja normal.
Por eso mismo no lo vi venir, por eso me quedé más tiempo del que me hubiera gustado, porque todo apuntaba a que era una relación, una que terminaría bien.
Y caí en algo obvio: No me estaba equivocando con él.
Me estaba equivocando conmigo. Porque sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Quedarme. A sabiendas. Y aun así, no quería irme.
No todavía. No ese sábado. No en un día en el que todo encajaba lo suficiente como para hacerme olvidar lo demás.
Le miré una vez más, con un vértigo que ya empezaba a ser habitual. Y decidí, aunque fuera solo por unas horas más, no pensar en mañana. Porque, aunque supiera que esto no iba a durar… todavía no estaba preparada para dejar de vivirlo.