73 CUANDO YA NO ES TAN FÁCIL MIRAR HACIA OTRO LADO
Armando
No hizo falta que dijera nada cuando volvió del baño.
Bastó con verla cruzar la habitación con la calma demasiado medida, con la mirada evitando la mía durante un segundo más de lo normal.
Son detalles mínimos, casi invisibles para cualquiera, pero cuando conoces a alguien, aunque sea en el tiempo justo, aprendes a detectar lo que no encaja. Y algo no encajaba.
No pregunté de inmediato. La observé mientras se metía de nuevo en la cama, dejando ese pequeño espacio entre los dos que antes no existía.
No era distancia real, pero se notaba. En la forma de colocar el cuerpo, en cómo apoyaba la cabeza sin terminar de acercarse, en esa tensión leve que no se veía, pero estaba.
—¿Estás bien? —pregunté al final, sin forzar el tono.
Me miró, y en ese instante supe que iba a mentir. No por mala intención, sino por necesidad.
—Sí.
No insistí. No porque me lo creyera, sino porque entendía lo que implicaba seguir por ahí. Hay preguntas que no buscan una respuesta; abren una puerta. Y yo no tenía claro querer cruzarla.
—Ven —murmuré, acercándome un poco más.
Deslicé el brazo por su cintura y la traje hacia mí con suavidad. Se dejó. No se resistió y se apoyó contra mí.
Joder, Estela daba calor, en todos los sentidos. Me gustaba, mucho.
Y la abracé con ganas, con cuidado, sin pensar demasiado en lo que significaba, en lo que nos hacía sentir, ella era ese hogar sin serlo.
Su respiración fue bajando el ritmo poco a poco, el peso de su cuerpo se relajó entre mis brazos, pero yo no conseguí hacer lo mismo.
Me quedé mirando al techo, sintiendo algo que no terminaba de colocarse.
Una especie de alerta silenciosa que se instala cuando sabes que algo está cambiando y no sabes si quieres que cambie.
Había visto esa expresión antes. No en ella exactamente, pero sí en lo que había detrás. En el momento en el que alguien empieza a implicarse más de lo que había previsto. Y no dije nada. Porque sabía lo que pasaría si lo decía. Y no estaba preparado para esa conversación.
Tardé en dormirme. Más de lo que me habría gustado. Y cuando por fin lo hice, fue con esa sensación de estar dejando algo pendiente que iba a volver en cuanto abriera los ojos.
Me desperté antes que ella. La luz entraba por la ventana sin concesiones, marcando cada detalle de la habitación.
Me quedé quieto, sin moverme, dejando que el día empezara sin prisa.
Estela dormía de lado, con el pelo desordenado sobre la almohada y una expresión tranquila que contrastaba con la tensión de la noche anterior.
La miré más de lo que debería. Casi no me percaté del por qué. Hasta que se abrió paso en mi mente.
La quería.
La palabra apareció sin esfuerzo, sin necesidad de darle vueltas. La quería de una forma que no había planeado, de una forma que no encajaba con nada de lo que me había prometido a mí mismo cuando todo terminó con Lucía. No había buscado esto. No lo había querido. No era el momento.
Y, sin embargo, ahí estaba.
No era solo deseo, ni comodidad, ni la facilidad que había tenido todo al principio. Había algo más. Algo que se había ido colando sin que yo lo parara a tiempo. Y sería un necio si negara haberme dado cuenta. Porque sí lo había hecho, había estado ahí y no había querido verlo.
Y ese era el problema.
Porque querer a alguien no es solo sentirlo. Es lo que viene después. Lo que implica. Lo que exige. Y yo no estaba seguro de querer volver a ese lugar tan pronto.
No había dejado una relación larga, un matrimonio, una vida entera, para entrar en otra sin haber terminado de salir de la anterior. No quería repetir el mismo esquema con otro nombre, otra casa, otra historia.
No todavía.
Quizá nunca de la misma manera.
La noche anterior volvió a mi cabeza con demasiada claridad. Su forma de abrazarme, su gesto al volver del baño, la manera en la que había evitado decir algo que estaba ahí. No hacía falta que lo pusiera en palabras. Lo entendía.
Se estaba implicando. Más de lo que habíamos hablado.
Más de lo que yo podía aceptar sin plantearme cosas que no quería plantearme aún.
Y ahí estaba la parte incómoda. Porque yo también lo estaba haciendo. Solo que no quería reconocerlo igual.
—Joder… —masqué, porque me daba miedo, porque yo no era tan valiente como Estela, y eso… Eso también lo sabía ella.
Me pasé una mano por la cara, intentando ordenar algo que no tenía orden posible. La opción fácil estaba ahí: seguir, no decir nada, dejar que todo fluyera mientras funcionara. Disfrutar de lo que teníamos sin anticipar el final.
Pero sabía que eso tenía un precio. Y también sabía quién lo pagaría antes.
Se movió ligeramente y abrió los ojos. Me miró, todavía medio dormida, y sonrió.
—Buenos días.
Había algo en su sonrisa que me apretó un poco más de lo que esperaba.
—Buenos días.
Nos quedamos mirándonos, sin decir una palabra más. Había muchas cosas ahí, esas que no deberían estar, o sí, de las que te alejan, se expanden y te arrastran a otro lugar.
Le di un beso en la nariz, después otro en los labios. Un cobarde, eso es lo que era.
—¿Has dormido bien? —Parpadeó.
—Sí. ¿Y tú?
—Yo también.
Los dos sabíamos que no era del todo cierto, pero ninguno corrigió al otro.
Se incorporó y se recogió el pelo con un gesto rápido.
—Voy a hacer café.
—Vale. —Puse los pies en el suelo mientras ella sacaba algo del cajón—. Estela… —la llamé, justo cuando iba a cruzar la puerta. Se volvió hacia mí.
—¿Sí?
Era guapa, de una manera sencilla que a mí me encantaba.
—Nada… —cambié la respuesta—. Nada de descafeinado —la convertí en una broma, una de las nuestras… Y sonrió.
—Ya lo sé, idiota.
Salió de la habitación y ahí volvió esa sensación. Algo se había movido de sitio.
Me quedé unos segundos más sentado en la cama, sin prisa por levantarme, pensando más de lo que me convenía. Quizá el error no había sido empezar. Quizá había sido no pararlo cuando aún era fácil hacerlo.
Me levanté al final y fui hacia la cocina. El olor a café llenaba el espacio, cálido, cotidiano, casi demasiado normal para lo que se estaba moviendo por dentro.
Estela estaba de espaldas, apoyada en la encimera. Me acerqué sin pensarlo, y ocupé el espacio que había entre nosotros con una naturalidad que ya no era tan sencilla como antes.
—Huele bien —musité.
—A café. —Se giró y me miró.
—No me digas. —Y ahí estaba otra vez. Ese algo. No supe exactamente qué era. Pero supe que no iba a desaparecer solo.
Le sonreí, porque era lo único que sabía hacer en ese momento sin hacer el idiota, que es lo que era.
Y, mientras la observaba, entendí que lo complicado no era lo que ya había pasado, sino decidir si estaba dispuesto a enfrentar lo que venía. O si iba a seguir mirando hacia otro lado mientras perdía a la mujer que se había convertido en casi todo lo que me importaba.