Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 70 DONDE YA NO ERA UN JUEGO
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70 DONDE YA NO ERA UN JUEGO

Estela

No supe en qué momento dejó de ser divertido.

Y eso fue, precisamente, lo que me inquietó.

No hubo un gesto claro, ni una frase, ni una escena que pudiera señalar con el dedo y decir: aquí empezó todo.

No. Fue algo más sutil, más lento, más peligroso.

De esas cosas que no hacen ruido cuando llegan y, sin embargo, lo cambian todo cuando ya están dentro.

Simplemente… pasó.

Estaba en la oficina, sentada delante del ordenador, con un documento abierto desde hacía demasiado tiempo, fingiendo que trabajaba con una concentración que no tenía.

Leía la misma frase una y otra vez sin entenderla, como si alguien la hubiera escrito en otro idioma o, peor aún, como si mi cabeza hubiera decidido desconectarse de cualquier cosa que no tuviera que ver con él.

Movía el ratón, subrayaba palabras, las borraba, las volvía a escribir, y nada avanzaba.

Porque yo no estaba allí. O no del todo.

—Estás en otro planeta —dijo Zoa sin levantar la vista de su pantalla.

—No —respondí, automática.

—Sí.

—No.

—Vale —añadió—. Entonces estás sonriendo sola porque te hace gracia la declaración de la renta.

La miré, sosteniéndole la mirada un segundo más de lo necesario.

—Eso no tiene ninguna gracia.

—Pues tu cara dice otra cosa.

Bajé la mirada hacia la pantalla y fingí que escribía. No escribí nada. Porque tenía razón. Y porque lo sabía.

No era solo que pensara en él. Era algo más incómodo que eso.

Era que todo, absolutamente todo, me llevaba a él.

Un comentario absurdo en mitad de una conversación cualquiera, una canción que sonaba de fondo y que no había escuchado en años, una camiseta que alguien llevaba por la calle, el sonido de una risa que ni siquiera era la suya…

y, aun así, ahí estaba otra vez. Sin avisar.

Instalado en mi cabeza como si siempre hubiera estado ahí.

¿Me había enamorado? Por supuesto que sí.

Me apoyé en el respaldo de la silla y cerré los ojos un segundo, buscando una pausa que no llegó. No porque no existiera, sino porque no había nada que pausar. No había caos. No había drama. Había algo mucho más difícil de gestionar: claridad.

Armando ya me lo había dicho. Lo había dejado claro sin adornos, sin rodeos, sin ese tipo de frases ambiguas que invitan a interpretar lo que a una le conviene.

No quería nada serio. No estaba preparado.

No era el momento. No buscaba una relación.

No quería volver a meterse en algo que le exigiera más de lo que podía dar.

Y yo lo entendía. De verdad que lo entendía.

No había trampa ahí. No había engaño. Había una honestidad limpia que, en otro momento, habría agradecido sin matices.

Acababa de salir de un matrimonio. De una vida compartida durante años. De una rutina que no se desmonta en dos días ni se deja atrás con una conversación bien cerrada. Tenía sentido que no quisiera volver a empezar algo que implicara quedarse. Tenía sentido que necesitara espacio, ligereza, aire.

Y yo no quería ser la mujer que empuja a alguien a un lugar al que no quiere ir.

El problema no era lo que él quería… era lo que yo empezaba a querer.

Abrí los ojos. La oficina seguía igual. Zoa tecleando con esa velocidad absurda que siempre me ha dado envidia, Samuel hablando por teléfono con alguien a quien claramente no le estaba haciendo ninguna gracia lo que oía.

El ruido de fondo habitual. Todo en su sitio. Todo exactamente como debía estar.

Menos yo.

Porque hasta hacía nada, aquello me bastaba. Los mensajes, las risas, el juego, la facilidad. No pedir explicaciones. No hacer planes. No pensar en mañana. Disfrutar del momento sin más intención que ese mismo momento. Era cómodo. Era ligero. Era, incluso, perfecto.

Hasta que dejó de serlo.

Y ese fue el punto en el que algo cambió, aunque nada pareciera haber cambiado.

Con Armando nada encajaba en la teoría. Nada respondía a lo que, en principio, debería funcionar. Y, aun así, funcionaba. O, al menos, se sentía como si lo hiciera.

Sonreí otra vez. Sin darme cuenta.

—Es que no puedes evitarlo, ¿no? —murmuró Zoa, esta vez mirándome de reojo.

No respondí. Porque no podía. Porque no tenía una respuesta que no sonara ridícula.

Esa era la parte incómoda. La que no encaja en ninguna lógica. La que no puedes explicar sin sentir que te estás justificando delante de alguien que ni siquiera te ha preguntado.

No tenía sentido. Por eso funcionaba.

Me levanté para ir al baño, más por necesidad de moverme que por otra cosa. Cerré la puerta, me acerqué al lavabo y me apoyé con las manos en el mármol frío, me miré al espejo y me pregunté algo que ya sabía.

Ahí estaba. La misma mujer de siempre. La misma expresión. El mismo gesto cuando piensa demasiado. Y, aun así, había algo distinto. Algo que no terminaba de encajar con la versión de mí misma que había aprendido a mantener estos últimos años.

Me miré un poco más despacio. Con más honestidad de la que me apetecía. Había algo que no quería reconocer del todo.

El problema no era él… era que yo ya no estaba jugando.

Solté el aire despacio, dejando que esa idea se asentara sin intentar suavizarla. Porque ahí estaba. Claro. Sin adornos. Sin excusas.

No era un lío. No era una distracción pasajera. No era algo que pudiera encender y apagar cuando me conviniera. No era una historia de esas que sabes desde el principio cómo van a terminar.

Me importaba.

Y cuando algo te importa, deja de ser liviano. Deja de ser fácil. Deja de ser un juego en el que puedes entrar y salir sin consecuencias.

Volví a mirarme, esta vez sin esquivar la mirada.

Podía seguir fingiendo que no iba a más. Podía repetirme que ya sabía cómo terminan estas cosas. Podía anticiparme al golpe y salir antes de que doliera de verdad. Podía hacer lo que siempre había hecho cuando algo empezaba a complicarse.

Podía protegerme. O podía admitirlo. Aunque fuera solo para mí. Aunque no cambiara nada. Aunque supiera que, en el fondo, no había una solución cómoda.

No me había dado cuenta de cuándo había pasado… pero ya no era una opción no sentirlo.

Y eso, más que todo lo que ya había pasado, más que las risas, más que los mensajes, más que el beso y la forma en que me hacía olvidar lo demás… eso era lo realmente peligroso.