Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 69 INTENTANDO SER AMIGOS
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69 INTENTANDO SER AMIGOS

Armando

Mi madre siempre ha tenido una habilidad inquietante para detectar problemas antes de que existan.

No sé si es experiencia, instinto, o simplemente que lleva cincuenta y ocho años observando a seres humanos tomar malas decisiones.

Aquella tarde me recibió con una mirada que ya anunciaba interrogatorio.

—¿Vas a recoger a Lucía?

—Una acusación en forma de pregunta. Has subido de nivel.

Menina salió disparada desde el salón y se lanzó contra mis piernas moviendo la cola como si llevara diez años sin verme. Vale, llevaba semanas. Había estado muy ocupado con el trabajo y casi se había mudado con ellos.

Me agaché para rascarle detrás de las orejas.

—Hola, pequeña.

—No cambies de tema.

—No estoy cambiando de tema.

—Estás acariciando a la perra para ganar tiempo.

—¿Funciona?

—Conmigo no.

Sonreí. Porque llevaba toda la vida perdiendo las mismas discusiones con la misma mujer.

Apoyó los brazos sobre la encimera de la cocina.

—¿Estás seguro de esto?

—¿De qué?

—De quedar con tu exmujer.

—Mamá...

—No, de verdad. ¿Estás seguro?

Suspiré.

Porque sabía exactamente por dónde iba.

—Quiere ver a Menina.

—Lleva sin verla meses.

—Porque no estaba preparada.

—¿Y ahora lo está?

—Parece que sí.

—Armando, yo no tuve un hijo tonto. Eres inteligente, aunque a veces dé la sensación de que no.

—Gracias —ironicé

—El perro es una excusa.

—Menina existe.

—No me tomes por tonta.

—Tú me has tomado a mí por eso mismo. —Reí solo. Mi madre se quedó callada unos segundos—. Vale. Intentamos ser amigos. Hemos quedado un par de veces.

—No vais a ser amigos.

—¿Por qué?

—Porque habéis estado casados.

—Eso no impide nada.

—Lo impide casi todo, Armando. No seas gilipollas.

—Ahora gilipollas. Te superas… —Me dejé caer en una silla—. Mamá, nos conocemos desde hace años. Hemos compartido media vida. No quiero que desaparezca de un día para otro.

—Eso es normal.

—Entonces…

—Lo que no es normal es creer que puedes pasar de marido a amigo sin atravesar el desierto.

—Qué dramática eres.

—Y tú demasiado optimista. —Se sentó frente a mí, dejó de hablar como una madre y empezó a hacerlo como una mujer que había vivido. Que era mucho peor.

—Solo ten cuidado.

—Lo tengo.

—No lo tienes.

—¿Cómo estás segura de eso?

—Porque te conozco. Tú no ves las malas intenciones.

—Lucía no es así.

—Sí, si sigue enamorada.

—No lo está.

—Oh, Dios mío. Este no es mi hijo —alzó las manos.

—¿Qué? ¿Quieres una prueba de paternidad?

—Tienes mis ojos y las orejas de tu padre.

—Y eso es suficiente para ser un López.

Asintió y aquello me hizo sonreír. Porque era exactamente igual que discutir con Estela. Y el pensamiento apareció sin permiso. Estela.

Mi madre lo notó. Por supuesto.

—¿Y la otra chica?

—¿Qué otra chica?

—La que hace que sonrías como un imbécil cada vez que miras el móvil.

Maldita madre.

—No estamos hablando de ella.

—Precisamente por eso.

Me quedé callado.

Y aquella vez fue ella quien suspiró.

—Armando, solo intenta no hacer daño a nadie.

—No es lo que pretendo.

—Pues no lo hagas. —Se levantó y abrió el horno, del que sacó un pastel. Lo cortó, dio un trozo a Menina y otro a mí—. ¿Cómo se llama?

—Estela…

—¿Sois novios?

—Mamá, no tengo novia.

—No es eso lo que he escuchado.

—Qué vas a escuchar tú…

—Tengo amigos…

—Y mucha imaginación. —Fui hasta ella y le di un beso en la mejilla—. Me marcho.

—¿Así?

—Lucía debe estar ya esperando. ¡Menina! ¡Vamos! —La perra vino corriendo hasta mí.

—Ten cuidado, Armando.

—Me hablas como si fuera un niño.

—A veces lo eres.

Recogí a Lucía una hora más tarde. Cuando la vi salir del portal sentí algo extraño. La sensación de estar viendo una fotografía antigua. Una muy bonita. Una que todavía te importa. Pero que ya no pertenece al presente.

—Hola.

—Hola.

Nos dimos dos besos.

Menina casi derriba a Lucía de la emoción. Y durante unos minutos todo fue sencillo.

—Hola, preciosa. —Dejó que le lamiera la cara y eso me extrañó, porque lo odiaba.

Paseamos por un parque cercano. Menina corría delante de nosotros feliz de tenernos juntos otra vez. Y pensé que, probablemente, la perra era la única que creía que aquello tenía sentido.

—La he echado mucho de menos. —Lucía observaba a Menina mientras hablaba.

—Ella también a ti.

—¿Tú crees?

—Lo digo en serio. Sería lo normal.

—Me ha dicho Inma que pasa mucho tiempo con ellos.

—Tengo mucho trabajo. Y ahora no tengo ayuda con ella… En fin. —Suspiré—. ¿Hablas con mi madre?

—La llamo para ver cómo están. ¿Te molesta?

—No, no. Es solo que… no lo sabía.

—No pensé que debía decírtelo.

—Claro que no —solté, sin embargo, algo dentro de mí se removió. ¿Por qué Inma no me lo ha dicho nunca? Acababa de hablar con ella, de estar con ella, de aguantar que me insultara a su manera. Y… ¿Lucía conocía a Estela y había sido ella la que había informado a mi madre?

Nos sentamos en un banco y todo fue natural. El cariño seguía allí, aunque yo sospechaba que Lucía no lo veía igual que yo.

La conversación fue derivando hacia otros temas. Trabajo. Familia. Planes. Hasta que ella mencionó algo que me pilló completamente desprevenido.

—He conocido a alguien.

Menina perseguía una pelota.

—¿Ah, sí? —intenté sonar normal.

—Sí. —Sonrió. Y aquella sonrisa me provocó dos emociones completamente incompatibles.

La primera fue alivio. Un alivio enorme.

Porque Lucía merecía ser feliz, volver a ilusionarse, construir algo nuevo.

La segunda emoción fue mucho más incómoda.

Y mucho menos noble. Porque también sentí una punzada. Pequeña. Egoísta. Pero real. Celos.

La mujer con la que había compartido media vida estaba mirando hacia otro lado. Y una parte de mí no estaba preparada para verlo. Aunque fuera exactamente lo que quería para ella.

—¿Y qué tal?

—Bien.

—¿Te gusta?

—Sí. —La respuesta llegó demasiado rápido.

—Eso está bien… —Hubo un silencio incómodo.

Menina regresó corriendo y se sentó a nuestro lado. El sol empezaba a caer. Y entonces ella me miró de una forma que no me gustó. Porque conocía perfectamente esa mirada. La había visto cientos de veces.

—Armando.

—Dime.

—Si tú me dijeras que volviera...

Sentí el estómago encogerse.

—Lucía...

—Déjame terminar, por favor. Si tú me dijeras que volviéramos a intentarlo, dejaría a esa persona.

Así. Sin más. Como quien confiesa una verdad que llevaba demasiado tiempo guardando.

Me quedé inmóvil. No porque estuviera dudando de la respuesta, sino porque la respuesta ya la sabía.

Lo que me dejó sin aire fue comprender algo mucho peor.

Mi madre tenía razón. Nos habíamos equivocado.

Los dos. Creyendo que podíamos convertir aquello en amistad antes de tiempo, que bastaba con quererse para reorganizar una historia tan grande, que podíamos caminar por encima de las ruinas sin cortarnos.

Porque yo estaba hablando con Lucía desde un lugar. Y ella seguía hablando desde otro.

Miré hacia el parque. Hacia Menina. Hacia los niños jugando.

Hacia cualquier sitio excepto sus ojos. Y pensé en Estela.

En su risa. En la nota del frigorífico. En los mensajes de por la mañana.

En la facilidad con la que había empezado a ocupar espacio dentro de mí.

Y comprendí algo que llevaba semanas negándome.

No era Lucía quien me estaba impidiendo avanzar. Era yo.

—Lo siento. —La frase salió muy despacio. Porque sabía exactamente cuánto iba a doler. Y porque aquella vez ya no quedaba ninguna duda. Ninguna esperanza. Ninguna puerta entreabierta.

Vi cómo algo se rompía detrás de sus ojos. Y odié ser la persona que provocaba aquello. Pero también comprendí que seguir alimentando una ilusión era mucho más cruel.

—¿Qué siente realmente?

—No seguir queriéndote como lo hacía.

—Pero… Me quieres, Armando. Contestas a mis mensajes. Estás cuando te necesito. Hemos quedado… Estamos bien.

—¿Y eso te parece suficiente?

—Sí, sí para volver a empezar.

—Lucía, me cuesta mucho decirte esto… Yo… Me he equivocado.

—Yo también. Muchas veces. Pero nos debemos una oportunidad.

—Nos la dimos estando casados, Lucía. ¿No te diste cuenta?

—No quiero perderte.

—Ya nos perdimos. —Llené de aire los pulmones. Aquello me daba una pena enorme.

Mientras regresábamos al coche, con Menina a nuestro lado, tuve la sensación de que nos habíamos perdido demasiadas veces ya y que no podía volver a ocurrir.

Y quizá esa era la prueba definitiva de que algunas historias no terminan cuando te marchas.

Terminan cuando dejas de imaginar que todavía podrían volver a empezar.

Conduje sin poner música. No porque quisiera pensar. Precisamente porque no quería hacerlo.

Hay momentos en los que uno se pasa años persiguiendo una respuesta y, cuando por fin la encuentra, descubre que tampoco le gusta.

La conversación con Lucía seguía dando vueltas dentro de mi cabeza. Su voz. Sus ojos. Aquella frase: Si tú me dijeras que volviéramos, dejaría a esa persona.

Y lo peor era que no me había sorprendido.

Quizá porque una parte de mí ya lo sabía, porque llevaba demasiado tiempo intentando convencerme de que aquello podía convertirse en una amistad normal.

Una amistad adulta y civilizada. Madura.

Qué palabra tan peligrosa es madura. La gente la utiliza para justificar cosas imposibles.

No todas las historias pueden transformarse sin dejar cicatrices.

No todos los amores pueden reciclarse en amistad de la noche a la mañana.

No después de tantos años. No después de una vida.

Lucía y yo habíamos crecido juntos. Literalmente. Yo no sabía quién era sin ella porque durante demasiado tiempo nunca había tenido que averiguarlo. Nos habíamos conocido cuando yo era casi un niño. Habíamos aprendido a ahorrar. A discutir. A hacer planes. A equivocarnos. A ser adultos.

Durante años pensé que aquello era el amor.

Y seguramente lo era. Lo que pasa es que a veces el amor no basta para seguir caminando en la misma dirección.

Porque llega un momento en que te miras al espejo y descubres que llevas tanto tiempo siendo parte de un nosotros que ya no recuerdas quién demonios eras tú.

Y esa fue una de las razones por las que me marché.

No la única. Pero sí una importante. Necesitaba averiguar qué había debajo de todas las capas.

Quién era yo cuando no era marido de nadie.

Cuando no tenía que consultar planes. Cuando podía equivocarme solo, decidir solo, construir una vida que me perteneciera por completo.

Me separé para eso. Para vivir. Para respirar.

Para recuperar terreno. Para volver a conocerme.

Y ahora resultaba que la vida tenía sentido del humor.

Porque justo cuando empezaba a encontrarme...

apareció Estela. Ni la estaba buscando ni la necesitaba ni entraba en ninguno de mis planes.

Pero las cosas que llegan sin permiso suelen ser las que más espacio ocupan después.

Suspiré mientras esperaba un semáforo. La luz roja iluminó el interior del coche.

Y me obligué a ser completamente sincero conmigo mismo.

Estela ya no era una mujer con la que me lo pasaba bien.

Ya no era una aventura ni una historia ligera.

Había dejado de serlo hacía bastante tiempo.

La prueba era sencilla. Cuando algo bueno me ocurría, quería contárselo.

Cuando algo malo me preocupaba, pensaba en ella.

Cuando me despertaba, sonreía al ver sus mensajes.

Cuando me acostaba, era la última persona en la que pensaba.

Y eso no era casualidad. Era amor. O el principio de algo muy parecido. Y precisamente por eso me aterraba. Porque yo no había pedido enamorarme. No tan pronto. No ahora. No de ella. No de nadie.

Había imaginado otra cosa para mí.

Años de independencia. Viajes. Amigos. Tiempo. Silencio. Libertad.

Había imaginado una vida sin horarios, sin explicaciones. Sin la sensación constante de que alguien podía hacerte daño.

Y ahora una mujer de cuarenta y cinco años, con una sonrisa imposible y una forma de mirar que desarmaba cualquier defensa, había aparecido para desmontar el plan entero.

Lo peor era que ni siquiera podía enfadarme por ello.

Porque Estela no me había quitado nada. Al contrario.

Había añadido cosas. Color. Risas. Calma.

Ganas. Había conseguido algo que nadie lograba desde hacía mucho tiempo.

Que volviera a ilusionarme. Y eso era maravilloso.

Y terrible. Porque la ilusión siempre lleva escondido el miedo.

No puedes tener una sin aceptar el otro.

Amar a alguien es entregarle, sin darte cuenta, la capacidad de hacerte feliz y de romperte un poco.

Y yo todavía no sabía si estaba preparado para volver a darle ese poder a otra persona.

Recordé las palabras de mi madre: Ten cuidado.

Recordé la conversación con Lucía.

Recordé la nota en el frigorífico: Contigo todo es más bonito.

Y me di cuenta de que quizá el problema no era Estela.

Ni Lucía. Ni mi madre. El problema era yo.

Yo intentando correr en dos direcciones al mismo tiempo.

Queriendo ser libre y queriendo quedarme.

Queriendo enamorarme y queriendo protegerme.

Queriendo avanzar y mirando todavía de reojo el camino que había dejado atrás.

Apoyé las manos sobre el volante. Y apareció una idea que no me gustó.

Quizá debía ir más despacio. No porque quisiera alejarme de Estela.

Eso era lo último que quería. No porque hubiera dejado de sentir lo que sentía.

Cada día sentía más. Precisamente por eso.

Porque empezaba a importar demasiado. Porque cuando una persona se vuelve importante de verdad, las decisiones dejan de afectarte solo a ti.

Y Estela no merecía pagar las dudas que todavía estaba resolviendo dentro de mí. Ni las heridas. Ni los restos.

Se merecía una versión de mí mucho más clara, más valiente, más segura.

Y yo todavía estaba intentando encontrarla.

El semáforo se puso en verde, aceleré y miré alrededor.

Y pensé que crecer quizá consistía en esto.

En aceptar que el amor no siempre llega cuando estás preparado.

Llega cuando le da la gana. Te cambia los planes.

Te desmonta las certezas. Te obliga a replantearte todo aquello que creías saber sobre ti mismo.

Y después te deja solo frente al espejo para que decidas qué hacer con ello.

Solo sabía una cosa, que Estela no me quitaba todo aquello que anhelaba. Me daba libertad, esperanza, tiempo, espacio, independencia, risas… felicidad.