Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 68 NADA EVIDENTE, PERO SE NOTA
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68 NADA EVIDENTE, PERO SE NOTA

Estela

Lo noté antes incluso de subir al coche.

No había nada evidente, Armando sonrió cuando me vio al salir de la oficina.

Se bajó del coche, me dio un beso y me preguntó qué tal el día.

Todo estaba exactamente donde debía estar y, sin embargo, no tuve que rascar para saber que algo se había movido.

Nada perceptible para cualquier otro ojo, pero sí para el mío.

Había aprendido su idioma. No el que hablaba, sino el otro, el invisible.

Sus pausas, sus silencios, sus miradas, sus respuestas, las rápidas y las tardías.

Y aquella tarde Armando estaba allí, pero… no del todo.

—Estás guapo.

—Tú lo estás siempre.

Me senté en el coche y él arrancó mientras sonaba una canción que ninguno escuchaba.

—¿Qué tal el trabajo?

—He sobrevivido.

—Eres una optimista.

—Soy funcionaria emocional. Cobro por aparentar estabilidad. —Aquello normalmente le habría hecho reír más. Esta vez solo sonrió y volvió a mirar a la carretera.

Yo apoyé el brazo en la ventanilla y observé Madrid desfilar detrás del cristal. No pregunté nada. Todavía. Porque a veces las personas necesitan tiempo para llegar solas a las conversaciones, aunque, he de reconocer que tuve me morderme los carrillos.

Habíamos quedado con Zoa y David en una taberna moderna de esas que intentan parecer tradicionales mientras te cobran ocho euros por una croqueta. David ya estaba allí cuando llegamos. Naturalmente. Hablaba con un camarero.

—Te digo que es una idea brillante.

—Señor...

—Me llamo David.

—David, no podemos poner un futbolín en mitad de la terraza.

—¿Y por qué no?

—Porque es una terraza.

—Precisamente.

Zoa se tapó la cara con las manos cuando nos vio llegar.

—¿Ya está haciendo amigos? —rio Armando.

—Llevamos quince minutos aquí. No puede estar sentado y tranquilo.

—¿Ya ha intentado emprender?

—Dos veces.

David se giró hacia nosotros.

—La segunda era mejor.

—¿Cuál era?

—Alquilar suegras por horas.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué?

—Hay gente que necesita una suegra puntual para determinados eventos.

—No existe esa necesidad.

—Porque nadie la ha cubierto todavía.

Armando soltó una carcajada. Una buena y auténtica. Y por un instante pensé que quizá me había equivocado.

La comida fue divertida. Mucho. Porque David tenía la extraordinaria capacidad de convertir cualquier conversación en una catástrofe controlada.

Empezamos hablando de vacaciones. Terminamos discutiendo sobre si una cabra podría dirigir una empresa mejor que algunos jefes.

La respuesta de David era sí. Por supuesto.

—Una cabra no convocaría reuniones innecesarias.

—Tampoco sabría leer un informe.

—Detalles.

—Son informes, David.

—La cabra delegaría.

—La cabra es más lista que tú.

—Eso ya lo sé —debatían Armando y él.

Me percaté de cuánto se adoraban los dos, eran amigos, de esos que encuentras y te quedas.

Nos reímos muchísimo. Zoa y David pidieron vino blanco.

—Míralos, y hasta beben los mismo. Al final se casan de verdad —bromeó Armando.

—Oh, me encantaría ser dama de honor —ironicé.

—¿No lo serías si te lo pidiera? —Zoa alzó una ceja.

—Soy un poco mayor para eso, pero… ¿me lo estás preguntando de verdad? —Yo levanté las dos—. Esto va demasiado rápido.

Armando y yo optamos por unas cervezas. Y durante casi una hora todo pareció normal. Hasta que empecé a fijarme. De verdad. Porque cuando dejas de escuchar las palabras y empiezas a mirar a una persona descubres muchas cosas.

Descubrí que Armando miraba el móvil más de lo habitual.

Que en ocasiones se quedaba unos segundos ausente.

Que sonreía cuando tocaba sonreír. Que participaba en la conversación.

Pero que había una parte de él ocupada en otra parte.

No sabía dónde. Solo sabía que no estaba sentado completamente en aquella mesa.

Después de comer salimos a caminar. David decidió que necesitaba fotografiarse con absolutamente todas las estatuas que encontrara. Zoa dejó de intentar impedírselo aproximadamente en la tercera.

—¿Sabes lo peor? —me dijo mientras él abrazaba un monumento dedicado a un militar muerto hacía cien años.

—Que aún queda tarde.

—Y que te has enamorado de él.

—No voy a negártelo —reímos, y seguimos caminando.

Escuché el nombre de la exmujer de Armando de casualidad. Porque los chicos se quedaron detrás y charlaban.

—Cuando quedé con Lucía... —Fue lo único que escuché, porque un niño se tropezó conmigo y cayó al suelo. Zoa y yo lo levantamos y le preguntamos si estaba bien. Asintió y se marchó. Pero mi amiga también había escuchado a Armando. Lo supe porque la vi levantar la vista durante un segundo.

Más tarde, mientras ellos discutían sobre qué es más rentable, si vender huevos en la puerta de un gimnasio o golosinas frente a un colegio, Zoa me dijo:

—No le des vueltas.

La miré.

—¿A qué?

—Ya sabes a qué.

Suspiré.

—No le estoy dando vueltas.

—Estela.

—Vale. Un poco.

—Quedaron para tomar café.

—Tiene sentido.

—¿Te da igual?

—Se han llevado años juntos. Una vida. Una historia. Lo raro sería que no volvieran a hablar.

—¿Y no te molesta?

—No me molesta —dije. Y era verdad. O casi.

—¿Pero?

—Pero me extraña que no me lo contara.

—Quizá no sabía cómo hacerlo.

Ahí quedó la conversación. Porque no quería convertirme en una de esas personas que buscan fantasmas donde todavía no existen.

Porque no quería opinar sobre Lucía. Porque no quería entrar en una historia que empezó mucho antes de que yo apareciera.

Porque una cosa era querer a alguien. Y otra muy distinta creer que tienes derecho a su pasado.

Volvimos a alcanzarlos. David seguía explicando una teoría absurda.

Armando me pasó un brazo por los hombros de forma automática.

Natural. Instintiva. Y yo apoyé la cabeza un segundo contra él.

Lo suficiente para sentir su respiración y para recordar por qué todo aquello era tan complicado.

Porque cuando alguien empieza a ocupar demasiado espacio dentro de ti, cualquier pregunta pesa más de la cuenta.

Y lo peor de todo era que no tenía miedo de la respuesta, sino de lo mucho que me importaba ya.