Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 67 CAMBIAR, PARA MEJOR Y PEOR
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67 CAMBIAR, PARA MEJOR Y PEOR

Armando

Me desperté antes de que sonara el despertador, que últimamente era una costumbre tan absurda como inevitable.

Durante unos segundos me quedé tumbado mirando el techo, intentando averiguar por qué tenía esa sensación extraña en el cuerpo.

No era felicidad exactamente. Tampoco tranquilidad.

Había besado a Lucía y no se lo había contado a Estela.

Me sentía fatal, sin embargo, Estela cambiaba eso en un segundo, para mejor y para peor.

Aquella mañana fue para mejor y sonreí incluso antes de abrir los ojos del todo.

Aquello ya era preocupante. Porque últimamente me ocurría demasiado.

Me levanté, me puse una camiseta y fui hasta la cocina todavía medio dormido. Encendí la cafetera, abrí el frigorífico buscando la leche y entonces la vi. Una nota.

Contigo todo es más bonito.

Nada más. Ni corazones. Ni dibujos. Ni declaraciones imposibles. Solo siete palabras. Y, sin embargo, me quedé quieto. Con la puerta del frigorífico medio abierta, el café olvidado y el corazón tocado.

Volví a leerla. Porque hay frases que no impresionan por lo que dicen, sino por quién las escribe.

Si cualquier otra persona me hubiera dejado aquella nota habría pensado que era bonita, un detalle agradable.

Pero la había escrito Estela. Y eso cambiaba completamente el significado.

Porque conocía su forma de querer por como quería a Álvaro.

Su manera de observar a las personas. Su costumbre de encontrar belleza donde los demás solo veían rutina.

Estela tenía un talento extraño para iluminar las cosas sin darse cuenta.

No necesitaba hacer nada espectacular. Le bastaba existir.

Entrar en una habitación. Reírse. Contar una tontería.

Mirarte de esa forma que hacía que el mundo pareciera un sitio menos complicado.

Y quizá por eso aquella frase me golpeó tan fuerte.

Porque describía exactamente lo que me estaba pasando.

No era que mi vida hubiera cambiado. Seguía teniendo los mismos problemas.

Las mismas dudas. Las mismas responsabilidades.

Seguía sin saber qué demonios estaba haciendo con algunas partes de mi vida, despertándome algunas noches pensando en Lucía, preguntándome si había tomado decisiones correctas o equivocadas.

Y, sin embargo, algo era diferente. Porque ahora estaba Estela.

Y desde que ella había aparecido, incluso los días normales tenían otro color.

Cogí el móvil. Le hice una foto a la nota. Después otra porque la primera salió torcida. Y una tercera porque la segunda tampoco me convenció. Me apoyé en la encimera mientras pensaba qué escribir.

Había muchas opciones y ninguna sonaba bien. Porque cuando alguien empieza a importarte de verdad, las palabras se vuelven torpes.

Al final terminé escribiendo lo único que era cierto.

Armando:

Últimamente sonrío demasiado.

Después preparé el café. Y justo cuando iba a dar el primer sorbo llegó su respuesta.

Estela:

Buenos días a ti también.

Me alegra saberlo.

Sonreír alarga la vida.

No pude evitar reírme. Aquella mujer era incapaz de responder de forma normal a nada.

Armando:

Buenos días.

Estela:

¿Te ha asustado la nota?

Me quedé inmóvil. Levanté una ceja. Y miré la pantalla con indignación teatral.

Armando:

¿Cómo sabes eso?

Estela:

Porque te conozco.

Y ahí fue donde algo me dio un vuelco. Porque no hablaba de la nota.

Ni del frigorífico. Ni del mensaje. Hablaba de mí.

De verdad. De la persona que era cuando nadie miraba.

Y sentirse conocido tiene algo profundamente íntimo.

Mucho más que un beso. Mucho más que una noche juntos.

Que alguien conozca tus manías, tus silencios, tus miedos, tus gestos pequeños...

y aun así quiera quedarse cerca es una forma de cariño difícil de explicar.

Me llevé la taza a los labios. El café estaba demasiado caliente. Aun así sonreí. Otra vez. Como un idiota.

Armando:

Empiezo a sospechar que lees los pensamientos.

Estela:

No me hace falta. Eres bastante predecible.

Armando:

Eso es ofensivo.

Estela:

Y cierto.

Me eché a reír solo en la cocina. Porque la felicidad puede aparecer disfrazada de mensaje absurdo a las siete y media de la mañana. De una nota pegada en un frigorífico. De una mujer que consigue que sonrías antes incluso de haberte tomado el primer café.

Terminé de prepararme para salir. Cogí las llaves, la cartera y la mochila. Antes de cerrar la puerta, volví a mirar la nota una última vez.

Seguía allí. Pequeña. Simple. Ridículamente importante. Y pensé que quizá eso era lo que más me gustaba de Estela. Que nunca intentaba impresionarme. Nunca intentaba ser extraordinaria. Y precisamente por eso terminaba siéndolo.

Cuando ya estaba sentado en el coche, listo para arrancar, el móvil volvió a vibrar.

Estela:

Que tengas un buen día.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos. Eso también me gustaba de ella. Siempre deseaba cosas buenas. Y no esperaba a que yo escribiera para hacerlo. Si quería, lo hacía y ya está. Sin dobleces, sin intenciones, sin esperar nada de nadie ni de mí.

Después sonreí. Y escribí la verdad. La única posible.

Armando:

Va a ser difícil que sea malo.

Estela:

Entonces ya ha merecido la pena.

Arranqué el coche. Y durante todo el camino al trabajo fui sonriendo como un imbécil. Lo peor era que ella tenía razón. La culpable era ella.