66 CUANDO SONRÍES CON LA VIDA ENTERA
Estela
Armando sonreía con la vida entera y por eso me resultaba fácil detectar cuando algo no iba bien. No porque estuviera triste ni enfadado. Ni siquiera porque hubiera cambiado su forma de hablar. Era algo más sutil. Más difícil de explicar.
Estábamos en su casa con la televisión encendida sin que ninguno de los dos le prestara atención. Habíamos pedido comida para llevar porque Armando había anunciado solemnemente que cocinar era incompatible con su dignidad masculina, de broma, claro, porque le encantaba y lo hacía muy bien.
—Puedo cocinar yo —me había ofrecido.
—Prefiero comer heno.
—Jajajaja. Eres tonto.
—Ya…
—Idiota.
—También.
—Lo que pasa es que no aprecias mis talentos.
—¿Cuáles?
—¡Muchísimos! ¡Eres gilipollas!
—Nombra dos.
Me quedé pensando.
—Tengo buena letra.
—Eso es muy importante —ironizó.
—¡Lo es! —reí.
—Dime otro.
—Eh…
—Siguiente.
Me mordí el labio.
—Sé montar muebles.
—Ah, ¿sí? Puedes montar mi bicicleta.
—Estás obsesionado con esa bici —solté, y su semblante mutó a uno más serio.
—Es una víctima de guerra.
—Pobrecita. Con lo bonita que es…
—Como tú. —Me miró y había una sombra bajo sus ojos.
Lo observé mientras recogía las latas vacías de cerveza. Mientras se acercaba a la cocina. Mientras volvía. Mientras sonreía. Y terminé preguntándolo. Porque siempre he sido incapaz de hacerme la distraída cuando alguien me importa.
—¿Te pasa algo?
Se detuvo un segundo. Solo uno. Pero yo lo vi.
—No.
—Armando.
—De verdad.
—¿Seguro? Puedes contarme lo que sea.
—Sí. —Lo sostuvo bien. Demasiado bien. Y eso tampoco me gustó. Porque cuando alguien aprende a esconder lo que siente es porque lleva mucho tiempo practicando.
Me acerqué, le rodeé la cintura con los brazos y apoyé la barbilla sobre su pecho.
—Puedes confiar en mí.
Sus ojos bajaron hasta los míos. Y durante un instante tuve la sensación de que estaba a punto de hacerlo. De que iba a abrir una puerta. Una importante. Pero no ocurrió. Simplemente sonrió. Y me besó la frente.
—Lo sé.
No insistí. Porque el amor consiste precisamente en eso. En quedarse cerca sin obligar a nadie a hablar antes de estar preparado.
La noche siguió avanzando entre bromas, risas y la facilidad absurda que teníamos para convertir cualquier conversación en algo divertido.
Hablamos de David, de Zoa, de Susana. De una teoría delirante de Álvaro según la cual los profesores se reunían por las noches para decidir colectivamente cómo fastidiar a los alumnos. Y poco a poco la tensión desapareció. O al menos dejó de verse.
Más tarde nos quedamos tumbados en el sofá. Yo tenía las piernas encima de las suyas. Él me acariciaba distraídamente el tobillo mientras hablábamos de nada importante.
Y pensé que había algo profundamente íntimo en las cosas pequeñas. Mucho más que en los grandes gestos. Porque cualquiera puede organizar una sorpresa espectacular. Lo difícil es que alguien te siga gustando en lo simple.
Lo observé de perfil. La curva de la sonrisa. La barba de una semana. La forma en que se concentraba cuando escuchaba. Y sentí ese vértigo dulce que aparece cuando el corazón ya ha tomado una decisión antes que la cabeza.
Hicimos el amor, al menos para mí fue eso. Sexo, pero con amor, aunque ninguno de los dos hablábamos de ello. Armando dormía a mi lado sobre su cama. Me removí para marcharme y me abrazó más fuerte.
—Quédate —susurró.
—Tengo que irme.
—Álvaro ya es mayor.
—No me digas… —Le di un beso en los labios—. Sigue durmiendo. Hasta mañana.
Refunfuñó, pero antes de vestirme ya roncaba.
Sonreí y salí del dormitorio. Fui hasta la cocina a por un vaso de agua antes de marcharme y lo vi.
El bloc de notas. Colgado con un imán en la puerta del frigorífico.
Lleno de listas absurdas. Cosas pendientes.
Recordatorios. La compra. Otra que decía: Llamar a David por lo de las entradas.
Y una tercera que solo ponía: Arreglar la bici de una vez.
Me reí sola.
Cogí el lápiz que lo acompañaba y escribí sin pensar demasiado, porque algunas verdades salen mejor cuando no les das tiempo a esconderse.