Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 65 AMIGOS
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Armando

Hay personas que pertenecen a una parte tan importante de tu vida que, incluso cuando todo termina, siguen teniendo una llave invisible de algunas habitaciones.

No para volver a entrar. Solo porque estuvieron allí durante demasiado tiempo.

Y Lucía había vivido en todas las habitaciones posibles de mi vida.

Por eso aquella tarde me costó tanto sentarme frente a ella.

Una cafetería tranquila, un sitio pequeño, de esos donde la gente va a leer, a trabajar o a tener conversaciones que no sabe muy bien cómo empezar.

Lucía ya estaba allí cuando llegué. Sentada junto a la ventana.

Con un café delante. Miraba al frente, a un punto fijo y se quitó un mechón de pelo de la mejilla.

La recordaba así, en el salón de casa, con un libro entre las piernas y absorta en la lectura.

Sonreí, porque sí, porque había sido una parte muy importante de mi vida, una en la que fui feliz muchos años.

—Hola. —Me quedé de pie a su lado un segundo.

—Hola. —Me miró y sonrió. También conocía esa sonrisa.

Se levantó y nos dimos dos besos. Olía como siempre. A ese perfume que tanto le gustaba y yo le compraba en fechas señaladas. Ella fingía que se sorprendía, me daba las gracias y me daba un beso, otra clase de beso.

Una vida que… ahora eran dos. Dos vidas y dos personas intentando saludar como se saludan quienes ya no se pertenecen. Y seguía doliendo. No el no tenerla, sino el hecho de que yo durante años creí que sería para siempre. Supongo que por eso te casas, si no, ¿qué sentido tendría hacerlo?

Me costaba aceptar, en el fondo, que aquello se había terminado, aunque estaba seguro de que así era.

A pesar de esto, los primeros minutos fueron fáciles. Hablamos de trabajo, su padre, los míos, la dichosa bicicleta, la mudanza… Temas seguros, territorios donde nadie podía hacerse daño.

Hasta que se acabaron.

Porque siempre se acaban.

Y entonces llegó el silencio.

—Me alegra que seas feliz —musitó.

—Es complicado, Lucía, ya lo hemos hablado. —La miré directamente.

—Es fácil.

—La felicidad nunca es una respuesta simple. No cuando acabas de divorciarte, cuando tratas de reconstruir tu vida… —Respiré, y pensé: No cuando empiezas a enamorarte de alguien que no esperabas. No cuando todavía quieres a la persona que tienes delante.

—No quiero ser feliz sin ti.

—Pues tienes que serlo.

—Tampoco quiero que tú lo seas. ¿Soy egoísta por ello?

—Sí, Lucía… —Suspiré.

—Lo sé… Lo siento… Es que… Yo todavía te quiero…

Me dio pena, de verdad. Pena de verdad. No de ella. De nosotros. Porque el divorcio tiene una parte cruel de la que nadie habla. No pierdes solo una relación. Pierdes un futuro entero. Uno que construiste durante años. Uno que creías garantizado.

—¿Te arrepientes?

La pregunta me pilló desprevenido. Muchísimo. Porque llevaba meses haciéndomela yo mismo. A veces al despertar, al conducir, cuando la casa estaba demasiado silenciosa, cuando recordaba una tarde cualquiera con ella.

—No lo sé. —Bajé la mirada hacia la taza.

—Yo me arrepiento de muchas cosas, pero no de quererte.

—Jamás me arrepentiré de quererte ni… —Cogí aire—. Ni de nosotros.

Me rompí un poco, porque estábamos siendo honestos y la verdad duele cuando te importa.

La conversación se volvió más difícil. Hablamos de las cosas que no habían funcionado.

De las veces que dejamos de escucharnos.

De las discusiones que nunca terminamos.

De los silencios. De las renuncias. Y en algún momento terminamos discutiendo.

No gritábamos, estábamos… cansados. Dos personas que se habían querido mucho intentando entender por qué ya no habían sabido seguir haciéndolo.

—Yo no era feliz, Lucía. No del todo. Me faltaba mucho. Y tú ya no lo eras tampoco.

—Eso es mentira.

—No lo es y lo sabes.

—No lo es. Llevas razón, pero no por lo que piensas, sino porque te alejaste.

—No hablemos de quién tuvo la culpa. —Me revolví el pelo, porque me sentía muy culpable.

—Duele igual.

—Claro que duele.

—Pues ya está.

Nos quedamos callados. Agotados. Di dos vueltas a la taza, con la mitad del café, y me levanté. Necesitaba aire, salir de allí. Y la sensación me fue familiar. Eso me pasaba los meses antes de separarnos. Me asfixiaba.

En cuanto pisé la calle, escuché la puerta abrirse detrás de mí. No había tanta gente transitando el lugar.

—Armando.

Me giré y se detuvo frente a mí. ¿Qué decir? Ya no nos quedaban argumentos. Solo la verdad.

—Te echo de menos —dijo muy bajito. Y la entendí, porque yo también la echaba de menos de vez en cuando. Lucía era costumbre, confianza, vida compartida, referencia, hogar, tranquilidad, años… Hasta que dejó de serlo.

—Yo también.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y sentí una presión horrible en el pecho. Porque no quería hacerle daño. Nunca había querido.

—Entonces ¿por qué no podemos intentarlo otra vez?

La pregunta. La única que importaba. Y no tuve respuesta inmediata. Porque una parte de mí todavía dudaba. Claro que dudaba. Habían sido demasiados años. Demasiada vida. Demasiada historia.

Lucía dio un paso hacia mí. Yo lo di hacia ella. Y de repente estábamos demasiado cerca. Recordando. Sintiendo. Dolidos. Humanos.

Vi sus ojos. Su boca. La mujer que había sido mi casa durante tantos años. Y durante un segundo pensé que quizá... Quizá.

Lucía posó su mano en mi pecho y se inclinó para darme un beso.

Yo cerré los ojos y sentí cómo sus labios rozaban los míos.

Y dios… aquello sí que fue complicado, porque un millar de sentimientos se juntaron en mi pecho, ya comprimido, y me ahogaron.

Lucía seguía siendo tan real como siempre, pero yo me desdibujaba ante ella. La veía; era yo el que desaparecía.

Y de golpe apareció Estela en mi cabeza.

Riéndose por nada y por todo, discutiendo con sitckers de una tontería, bromeando, hablando con mis amigos, mirándome como si me quisiera y jamás me lo había dicho, viviendo sin importarle el mañana.

Porque eso hacía ella. VIVIR. Y entendí algo, de repente, con una claridad brutal.

El hombre que había amado a Lucía seguía existiendo.

Pero el hombre que quería construir un futuro solo…

estaba enamorándose de otra persona. Y esto sí que era un problema, pero… para mí.

Retrocedí un paso. Suficiente para que Lucía lo entendiera. Y fue terrible. Porque yo también lo entendí.

—Lo siento. —Cerró los ojos y se limpió un par de lágrimas que rodaban por sus mejillas.

—Siento tanto esto…

—¿Qué sientes en realidad?

—Que tengamos que despedirnos una segunda vez.

—Está bien… Lo entiendo, pero… No tenemos que despedirnos. No del todo. Podemos… podemos ser amigos.

—Lucía…

—Armando, podemos hacerlo, somos adultos…

Lo pensé. No quería hacerle más daño.

—Vale, está bien. Si tú quieres…

—Quiero, Armando.

—De acuerdo. —Nos abrazamos y… tuve que respirar para no llorar.

Lo hice cuando llegué al coche, sentado en el asiento, despidiéndome de todas las versiones de mí que existieron a su lado.

Del chico que fui cuando nos conocimos, del hombre en el que me convertí, de las navidades juntos, de los domingos en el sofá, de las discusiones absurdas que terminaban en reconciliaciones, de los planes que nunca llegaron a hacerse y de los recuerdos que ya nadie más conoce exactamente como yo.

Eso es lo cruel. Que el amor no desaparece el día que termina una relación.

Se rompe, se mueve de sitio, se transforma…

, pero no desaparece. Por eso algunas despedidas tienen que ocurrir dos veces.

La primera cuando te marchas. La segunda cuando entiendes que no vas a volver.

Y esa segunda siempre duele más. Porque ya no hay enfado ni orgullo ni esperanza.

Solo verdad. La verdad de mirar a alguien que fue tu casa durante media vida y comprender que seguirá siendo importante para siempre, pero que ya no será tu hogar.

Y no importa quién tomó la decisión. Ni quién se fue primero. Ni quién tuvo razón.

Hay dolores que no entienden de culpables, solo de pérdidas, y por eso resulta tan difícil despedirse de quien fue tu universo.

Porque nadie sale ileso de una historia tan larga, de una explosión de estrellas…

Porque nadie comparte años de su vida con otra persona y después cierra la puerta sin llevarse cicatrices. Porque amar de verdad deja huella.

Siempre.

Y sabía que aquello no estaba bien, que no podíamos ser amigos y que debimos despedirnos de verdad, porque hay despedidas que son necesarias.

No porque haya desaparecido el cariño. Precisamente porque sigue existiendo.

Porque se merece. Porque querer a alguien también consiste en aceptar que ya no podéis daros aquello que necesitáis.

Que el amor que os unió no es el mismo amor que os haría felices ahora.

Y llega ese momento terrible.

Ese instante en el que os miráis por última vez sabiendo que ninguno de los dos es el enemigo.

Que nadie ganó. Que nadie perdió. Que simplemente se terminó.

Y duele. Duele muchísimo. Duele despedirte otra vez de la mujer que fue tu refugio.

De la persona que conocía tus miedos antes de que los nombraras.

De quien fue tu rutina, tu familia, tu costumbre favorita.

Duele aceptar que seguirá ocupando un lugar en tu corazón, pero ya no en tu futuro.

Y quizá la verdadera prueba de que un amor fue real no sea cuánto duró.

Sino cuánto cuesta decir adiós incluso cuando sabes que es lo correcto.

Porque hay personas que dejan de caminar a tu lado.

Pero nunca terminan de irse del todo. Y aprender a vivir con esa ausencia… también forma parte del amor.