64 UN COCHE, LA NOCHE Y EL DESEO
Estela
La luz de las lámparas del aparcamiento subterráneo proyectaba sombras alargadas sobre el coche negro de Armando.
Ambos aflojábamos barreras. Yo tiraba de su camisa mientras nuestras bocas se comían con urgencia.
Fue un beso profundo, hambriento, cargado de todo lo que habíamos estado conteniendo durante la noche.
Me empujó suavemente contra el lateral del coche, enmarcó con sus manos mi rostro y nuestras lenguas se enredaron con pasión.
Gemí contra sus labios, y enredé los dedos en su cabello.
—No puedo esperar a llegar a tu casa —susurré, jadeante, mordiendo ligeramente su labio inferior.
—Ni yo —gruñó Armando, con la voz ronca—. Sube atrás.
—¿Estás loco?
—Mucho. Por ti. —Obvié lo que acababa de decir por motivos logísticos.
Abrió la puerta trasera y prácticamente me arrastró dentro con él. El espacio era estrecho e íntimo. En cuanto la puerta se cerró, me subí a horcajadas sobre él y el vestido se me subió por los muslos. Nuestras bocas volvieron a fundirse, más desesperadas ahora.
Las manos de Armando recorrieron mis piernas, subiendo por la piel suave hasta apretar mis nalgas con fuerza posesiva. Me froté contra él, sintiendo cómo su erección crecía bajo los pantalones.
—Estela… —murmuró contra mi cuello, besándolo y mordiéndolo—. Desde que te vi esta noche solo pienso en esto. En tenerte así.
Eché la cabeza hacia atrás, dándole mejor acceso, mientras mis caderas se movían en círculos lentos y provocadores.
—Ya me tienes…
Con dedos hábiles y urgentes, bajó la cremallera de mi vestido y lo deslizó por mis hombros, dejando al descubierto mis pechos.
Los tomó con ambas manos, acariciándolos, pellizcando los pezones hasta que solté un gemido entrecortado.
Desabroché su camisa con prisa, recorriendo con las uñas su pecho firme y marcado.
Nos miramos a los ojos un instante. Y me sentí vulnerable. Armando me miró como si fuera la única persona en el mundo que realmente lo veía más allá de la fachada.
—Eres increíble —susurró él, sincero—. No solo esto… tú.
Lo besé de nuevo, más lento esta vez, saboreándolo.
Luego aceleré. Bajé la mano y liberé su miembro duro y caliente, acariciándolo con firmeza desde la base hasta la punta.
Armando gruñó y deslizó una mano entre mis piernas, apartando las bragas.
Sus dedos me encontraron empapada. Acarició mi clítoris hinchado, introduciendo dos dedos en mí con movimientos precisos que me hicieron temblar.
—Estás tan mojada… tan lista para mí —jadeó contra mi boca.
—No puedo más —supliqué.
Me levantó ligeramente por las caderas y me guio sobre él. Descendí lentamente, sintiéndolo entrar centímetro a centímetro, estirándome, llenándome por completo. Ambos soltamos un gemido largo y compartido cuando estuvo totalmente dentro.
Empezamos a movernos. Primero con ritmo lento y profundo, saboreando cada roce, cada respiración.
Yo subía y bajaba, girando las caderas, mientras Armando empujaba hacia arriba para encontrarse conmigo.
El coche se mecía suavemente con nuestros movimientos.
Sus manos apretaban mi cintura, guiándola, y las mías se clavaban en sus hombros.
El placer crecía rápido, intenso. Aceleré, cabalgándolo, mis pechos rebotaban contra su torso. Llevó una mano entre nuestros cuerpos y frotó mi clítoris con el pulgar en círculos rápidos y firmes.
—Mírame, Estela —me pidió con voz ronca—. Quiero ver cómo te corres. Córrete para mí.
Obedecí. Mis ojos se clavaron en los suyos mientras el orgasmo me atravesaba como una ola violenta.
Me contraje alrededor de él, temblando, gimiendo su nombre una y otra vez.
Armando me siguió poco después, embistiéndome profundamente y derramándose dentro de mí con un gruñido gutural, abrazándome con fuerza contra su pecho.
Nos quedamos así, abrazados, jadeando, con las frentes pegadas y los corazones latiendo al unísono. Armando acariciaba mi espalda con ternura, trazando líneas suaves con las yemas de los dedos. Yo besé su mandíbula, su cuello, sintiendo una calidez que iba más allá del placer físico.
—No sé qué estamos haciendo —susurré—, pero contigo siento que todo encaja.
Armando la apretó más fuerte contra él.
—Yo tampoco lo sé. Pero no quiero que termine.