63 DECISIONES BUENAS Y DECISIONES MALAS
Estela
Hay decisiones que se toman porque son buenas ideas. Y luego están las que tomas después de dos cervezas, unas palomitas gigantes y una película romántica que te deja emocionalmente indefensa. ¿Hace falta que diga cuál era esta? Sí, la segunda categoría.
La idea original era sencilla. Cine. Cena rápida. Casa. Una actividad adulta, razonable y perfectamente compatible con dos personas que supuestamente estaban intentando llevar las cosas con calma.
Lo que ocurrió después demostró que ninguno de los dos tenía especial talento para la calma.
La película empezó veinte minutos tarde porque Armando insistió en que llegar al cine con tiempo era una conspiración inventada por las grandes superficies.
—Vamos bien.
—Empieza en diez minutos.
—Hay diez minutos.
—Estamos aparcando.
—Por eso vamos bien.
—Armando...
—Confía.
—No.
—Qué poca fe tienes en mí.
—La justa.
Acabamos corriendo, riéndonos y discutiendo sobre quién era el responsable del retraso mientras subíamos las escaleras mecánicas. Un matrimonio que nos cruzó sonrió al vernos pasar. Y durante un segundo tuve la sensación extraña de que parecíamos una pareja de verdad.
La película era preciosa, pero también fue una trampa. Porque hablaba del tiempo, de las oportunidades, de las personas que aparecen cuando no las esperas. Y de todas esas cosas que una intenta no pensar cuando está sentada al lado de alguien que le importa demasiado.
En un momento especialmente emotivo escuché a Armando aclararse la garganta.
Lo miré.
—¿Estás llorando?
—No.
—Estás llorando.
—Hay polvo.
—En un cine.
—Muchísimo.
—Claro, claro. —Me reí tan fuerte que una señora delante de nosotros se giró—. Disculpe. Está llorando. —Señalé a Armando, que me dio un codazo.
Después llegaron las cervezas. La primera fue una idea razonable.
La segunda una consecuencia lógica. La tercera una decisión que ninguno de los dos debería haber apoyado.
Y, sin embargo, allí estábamos. Sentados en una terraza interior del centro comercial, compartiendo unas patatas bravas y hablando de viajes, música, películas horribles, los vecinos del bloque, la obsesión de mis padres por alimentarme y de la teoría de Armando de que David acabaría siendo detenido algún día por culpa de su exceso de entusiasmo.
—¿Sabes qué es lo peor? —Dio otro trago a su cerveza.
—¿Qué?
—Que David tendría amigos dentro de la cárcel.
—Eso es verdad.
—Y organizaría cenas.
—Y una liga de dardos.
—Y una asociación de cualquier cosa. —Nos reímos otra vez. Tanto que me dolía la barriga. Me sentía libre y feliz.
Bajamos al aparcamiento ya tarde, aquello estaba vacío y las tiendas cerradas hacía dos horas. Bromeábamos. Armando giraba las llaves alrededor del dedo mientras yo seguía riéndome por una tontería que había dicho cinco minutos antes. Un chiste horrible.
—¿Tenéis pastillas para el cansancio? Sí, pero están agotadas.
Nadie en su sano juicio se habría reído, pero, claro, yo lo había perdido hacía ya más de dos meses y, tal y como iban las cosas, no iba a recuperarlo pronto.
Nos quedamos callados y mirándonos. Al mismo tiempo.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Oh, mentira. Algo ha pasado.
Sonrió de lado.
—Te estás riendo mucho hoy.
—¿Eso es malo?
—No.
—Entonces deja de mirarme así.
—No puedo. —Me dio un beso corto y respiró. Mi corazón decidió dejar de colaborar con la situación y dio un salto.
Llegamos junto al coche. Y durante unos segundos ninguno abrió la puerta. Seguíamos allí. Uno frente al otro. Con el aparcamiento vacío alrededor.
—Deberíamos irnos —musité.
—Sí.
—Es tarde.
No nos movimos. Ni un centímetro. Y entonces empezamos a reírnos porque los dos sabíamos exactamente lo ridículos que éramos.
—Somos tontos.
—Muy tontos.
Me acercó hacia él por la cintura. Despacio. Apoyé las manos sobre su pecho y su olor se introdujo por mis fosas nasales. Y ahí estaba de nuevo. Esa felicidad simple que sentía con él.
Nos besamos bajo la luz artificial del aparcamiento mientras la noche seguía avanzando alrededor.
Y pensé algo que me hizo sonreír contra sus labios.
Que la vida tiene una manera muy curiosa de sorprenderte.
Te pasas años intentando controlar la historia.
Y de repente aparece alguien. Una cerveza se convierte en tres.
Una película se convierte en una conversación.
Una conversación se convierte en una noche.
Y una noche termina convirtiéndose en un recuerdo que sabes que guardarás para siempre. Aunque todavía no sepas por qué.