62 ZOA, DAVID, ARMANDO Y ESTELA. AMIGOS
Estela
Si alguien me hubiera dicho un año antes que iba a terminar una noche de viernes jugando a los dardos con un hombre quince años menor que yo, riéndome de tonterías y sintiéndome tan feliz que hasta me daba miedo pensarlo demasiado, probablemente le habría recomendado cambiar de medicación.
Y sin embargo allí estaba. Con una cerveza en la mano.
Armando a mi lado. Y David intentando convencer al dueño del bar de que los dardos tenían un componente filosófico profundo.
—No lo tienen —dijo Zoa.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
Discutían como casados desde hacía treinta años.
—David.
—¿Qué?
—Llevas demasiadas cervezas.
—Precisamente ahora es cuando mejor pienso.
El camarero soltó una carcajada. Yo también.
Y Armando me miró. Una mirada que duró un segundo, pero la sentí como un abrazo de una hora.
Porque una mirada a veces no es solo una mirada, sino una historia que no se cuenta del todo y te deja la sensación de que ha visto dentro de ti más de lo que debería.
Mucho más de lo que tú misma enseñas. Porque las personas creemos que nos enamoramos de los besos, de las palabras bonitas o de los grandes gestos.
Pero nos enamoramos de la mirada con la que alguien nos observa cuando no sabe que lo estamos viendo.
Ahí no hay estrategia ni seducción ni intención.
Solo verdad. Y las verdades suelen durar muy poco. Quizá por eso son tan valiosas.
Me preguntaba qué veía Armando cuando me miraba así. Porque todos vemos cosas distintas cuando observamos a alguien. Hay personas que miran una sonrisa y solo ven una sonrisa. Otras ven todo lo que costó llegar hasta ella.
Yo ya tenía una edad para saber que nadie llega a los cuarenta y cinco años intacto.
Todos cargamos historias. Todos tenemos cicatrices invisibles.
Todos hemos perdido algo por el camino. Personas.
Versiones de nosotros mismos. Sueños que creíamos eternos.
Planes que no llegaron a ninguna parte. Y aun así seguimos.
Y me gustaría que Armando no viera solo a la mujer que tiene delante, sino a todas las que fui antes.
La joven que se enamoró creyendo que el amor duraba para siempre.
La esposa. La madre. La mujer que lloró cuando nadie la veía.
La que aprendió a empezar de nuevo cuando no tenía ganas.
La que se equivocó. La que acertó. La que sobrevivió.
La que seguía teniendo miedo. Y la que seguía apostando por la vida a pesar de todo.
Hay algo profundamente humano en sentirse visto.
No admirado ni deseado. Visto. Que alguien mire más allá de la superficie y encuentre a la persona que vive debajo.
La verdadera. La imperfecta. La cansada.
La valiente. La que a veces duda. La que se rompe.
La que sigue adelante aunque no sepa exactamente hacia dónde.
Esas miradas te hacen sentir comprendida. Y una mujer puede olvidar muchos cumplidos. Pero jamás olvida la sensación de haber sido entendida de verdad por alguien.
Tal vez el amor empiece exactamente ahí.
No cuando alguien te dice que eres maravillosa.
Sino cuando te mira y te hace sentir que conoce también tus sombras...
y aun así decide quedarse un segundo más observándote.
Porque hay miradas que duran apenas un instante.
Y otras que te acompañan durante años. Incluso después de cerrar los ojos.
El bar era pequeño, cálido y ruidoso. Sonaba música de fondo. Había grupos de amigos repartidos por las mesas y una pareja discutiendo amistosamente sobre quién había olvidado reservar un hotel para unas vacaciones que todavía no tenían planeadas.
Vida normal.
Y yo llevaba horas intentando convencerme de que aquello también era normal. Porque, cuando estaba con Armando, todo encajaba demasiado bien. Demasiado fácil.
—Vamos a jugar —anunció David señalando la diana.
—No sé jugar —respondió Zoa.
—Nadie sabe jugar. Esa es la gracia.
Zoa suspiró.
—Por favor, que alguien lo silencie.
—Es imposible —indicó Armando.
—Yo ni pienso intentarlo. Me cae bien así. —Levanté las manos en señal de defensa.
Acabamos levantándonos. Y diez minutos después descubrí que los dardos eran una actividad peligrosa para la humanidad. Sobre todo cuando David participaba porque él los lanzaba hacia la barra, tratando de saltar un ojo al camarero.
—Has apuntado al veinte y has dado en la pared —sostuvo Zoa.
—La pared son cincuenta puntos —se defendió.
—La pared no cuenta, David, por favor.
—Vale, gorda, pero pídeme otra cerveza.
—¿Le ha llamado gorda? —Armando alzó una ceja.
—Yo también lo he escuchado —advertí.
—Estos se casan este verano.
—Que lo dejen para octubre o noviembre. Hace calor en agosto.
—Esto es serio. David solo llama gorda a su madre.
—Se ha enamorado.
—Como tú —me miró.
—¿De qué hablas?
—Te has enamorado de mí —sonrió—. No te culpo, es normal —bromeó.
—Qué más quisieras tú.
—No pasa nada. Acéptalo.
—Yo lo aceptaría. El que se volvería loco serías tú.
He de decir que llevábamos varias cervezas y un par de chupitos.
—A mí me caes bien. —Me dio un beso en los labios.
—Tú a mí también.
Otra vez con lo mismo. Era cierto, pero era mucho más que eso.
Zoa seguía riñendo a David porque se hizo amigo de un guiri y quería enseñarle a hablar español.
Me reía tanto que me dolía la cara. Y hacía muchísimo tiempo que no me pasaba.
No de esa forma. Olvidé durante unas horas todas las preguntas importantes.
Porque sí, porque estar con Armando me hacía muy feliz.
Y él lo sabía a ciencia cierta. Y le ocurría lo mismo conmigo, pero no me lo decía.
En un momento dado, mientras Zoa intentaba enseñar a David conceptos básicos de coordinación motora, sentí una mano rozar la mía.
Miré hacia abajo. Armando. Ni siquiera me estaba mirando.
Seguía observando la partida. Pero sus dedos buscaron los míos debajo de la barra.
Y se quedaron ahí. Entre los míos. Sentí algo cálido subir desde el estómago hasta el pecho.
—Os estoy viendo —avisó David.
—Tú no ves nada ya —destacó Zoa.
—¿Qué? —Armando se separó. No me molestó, pero algo feo caló dentro de mí.
—Las manitas. —En realidad dijo “las maritas”.
—Nadie te ha preguntado. Zoa, llévatelo —pidió el que no era mi novio (en ese momento lo recordé).
—Lo intento desde hace una hora. Es imposible. Él cierra el bar o no se queda tranquilo.
—Ya lo conoces bien.
—Demasiado, pero… me gusta.
—Me alegra escucharte decir eso. —Armando apoyó una mano en mi rodilla, otro gesto pequeño, después de desenredar sus dedos de los míos. Pero lo entendía. Porque yo también lo hacía sin darme cuenta.
No nos comportábamos como dos personas que empezaban a conocerse, sino como dos personas que llevaban un tiempo eligiéndose, a pesar del miedo por parte de él y la falta de seguridad para con la relación por la mía.
Más tarde salimos a la calle para tomar un poco el aire. Madrid estaba bonita. Luces encendidas, gente caminando sin prisa, terrazas llenas, risas, conversaciones, brisa fresca.
David y Zoa caminaban unos pasos por delante discutiendo sobre quién había ganado la partida de dardos.
—He ganado yo.
—Has dado en una lámpara.
—Porque quería dar en esa lámpara.
—No te lo crees ni tu.
Armando y yo nos quedamos detrás. Íbamos abrazados.
—¿Sabes una cosa? —dije.
—Supongo que no.
—Creo que David y Zoa terminarán casándose.
—Dios nos libre.
—Imagínate la boda.
—Imagínate el divorcio. —Nos reímos y apretó su brazo sobre mi hombro—. ¿Tú quieres volver a casarte?
—Yo quiero lo que me depare la vida. No voy a perderme nada.
—¿Eso es que sí?
—No lo descarto.
—¿Conmigo?
—Ni siquiera somos novios, ¿cómo voy a imaginar una boda contigo?
—Sería divertida.
—Mucho, pero no sé ni qué pasará mañana.
—Mañana vamos a ir al cine.
—¿Otra cita? ¿Estás preparado para eso?
—Me preparo mentalmente todos los días.
—¿Para qué?
—Para esto.
—¿Esto?
—Para lo nuestro.
—Admites que hay algo nuestro.
—Lo admito. Es más que evidente.
—Pues deja de decir que no tenemos una relación.
—Yo dije que no somos novios.
—Nos estamos conociendo, Armando. Estamos saliendo. Tú no quieres ponerle nombre y me parece perfecto, pero no le quites la importancia que tiene.
—Para mí eres muy importante.
—Tú para mí también.
—Pues ya está. Estamos bien así.
Apoyé la cabeza contra él y caminamos sin hablar más, sin necesidad de hacerlo.
Lo observé de reojo. La sonrisa. La barba.
La otra mano en el bolsillo. La tranquilidad que tenía cuando dejaba de luchar contra sí mismo.
Y sentí algo tan bonito que casi dolía. Porque había momentos en los que olvidaba todas las complicaciones.
La diferencia de edad. Su separación. Sus miedos.
Las palabras que a veces utilizaba para poner distancia.
Había momentos en los que solo veía esto. Una calle de Madrid. Una noche cualquiera. Una cerveza compartida. Un hombre abrazándome mientras caminábamos. Y una felicidad tan sencilla que daba vértigo.
De pronto, David saltó a un jardín, cogió dos rosas y le entregó una a Zoa. También vino hacia mí y me dio la otra.
—Esta de parte de Armando. —Lo miró a él—. Qué poco romántico eres, tío.
—Y tú eres un cabrón.
—Gracias. —La cogí.
—Vámonos cagando hostias. No quiero que me detengan otra vez.
—¿Te han detenido antes? —Abrí los ojos con una sonrisa.
—Por una tontería. —Volvió con Zoa.
—¿Lo han detenido? —Armando encogió los hombros—. ¿Por qué?
—Se subió a una farola y se negó a bajarse hasta que pusieran en libertad todos los animales del zoo.
—No puede ser verdad. Jajajaja.
—Lo es.
—¿Estabas con él?
—Yo llamé a la policía. Porque iba a matarse. Pero no se lo digas. No me perdonaría.
Cuando llegamos a la siguiente terraza, David ya estaba explicando a un desconocido por qué había revolucionado el juego de los dardos.
Zoa pedía perdón en nombre de la humanidad.
Armando me rodeó la cintura y me acercó hacia él.
—¿En qué piensas?
Lo miré. Sonreí. Y mentí un poco.
—En nada.
Porque la verdad era demasiado grande. La verdad era que, durante unas horas, había olvidado todo lo que nos separaba, sobre todo sus miedos, y eso, para mí, ya era una forma de felicidad.