61 Y OTRA VEZ LA DICHOSA BICICLETA
Armando
Estaba abrumado, no con Estela, sino con lo que me hacía sentir ella.
Tranquilo, bien, feliz. Y yo no esperaba eso ni en años.
Llevaba hablando con Estela todo el día, todos los días desde hacía ya más de dos meses, y eso…
Eso me ponía nervioso. Por suerte, tenía un amigo de esos que te acompañan en las malas, y David era todavía más que eso.
David te llamaba por teléfono cuando intentabas centrarte para asegurarse de que eso no ocurriera.
Desmontaba la bicicleta por tercera vez porque necesitaba hacer algo con las manos, aunque Estela diría que soy un perfeccionista obsesivo.
—Dime.
—Tengo una pregunta importante.
—No puedes ponerte los calzoncillos del revés y decir que eres una persona limpia.
—¿La tortilla de patatas cuenta como verdura?
—No.
—Pues entonces llevo dos meses sin comer verduras.
—Eso explica muchas cosas.
Escuché cómo se reía al otro lado.
—¿Qué haces?
Miré las piezas de la bicicleta repartidas por medio salón.
—Mantenimiento.
—¿Otra vez con la bici?
—La bici y yo estamos atravesando un proceso.
—Lo que atraviesas tú es una crisis.
—También.
—Perfecto. Entonces sal de casa.
—No me apetece.
—¿Rechazas una propuesta de tu mejor amigo?
—Sí.
—Me da rabia que no me conozcas.
—A mí me da rabia haberte conocido. —Me dejé caer en el sofá— ¿Qué quieres?
—He quedado con Zoa.
—¿Y?
—Y he pensado que podríais veniros.
—¿Quiénes?
—Tú y Estela. —Ocurrieron dos cosas. Una: sonreí. Dos: me asusté—. Oh, oh… Silencio incómodo.
—Cállate.
—Has sonreído.
—No puedes verme.
—Te conozco.
—Desgraciadamente.
—¿Entonces?
Miré hacia la ventana.
La tarde caía sobre Madrid y pensé en ella. Otra vez. Como todos los días demasiadas veces.
—Voy a preguntarle.
—Eso es un sí.
—Eso es un "voy a preguntarle".
—Eso es un “estoy enamorado, pero no quiero reconocerlo”.
—Tú eres gilipollas.
—Pero tú más. Avísame cuando lo sepas.
Estela contestó al segundo tono. Y eso me gustó más de lo razonable.
—Hola, ¿todo bien?
—Hola, desastre. ¿Qué haces?
—Intentar convencer a mi madre de que una persona adulta no necesita llevarse tres táperes para cenar.
—¿Cómo va?
—Va ganando ella.
—Era previsible. —Escuché su risa. Y automáticamente me relajé—. Oye.
—Dime.
—David ha quedado con Zoa.
—Mi más sentido pésame.
—¿Quieres venir?
—Eh… Espera un segundo. —Sonaron ruidos amortiguados a través de la línea—. Perdona, Álvaro me estaba diciendo algo. ¿Cuál es el plan?
—Cenar. Pero conociéndolo, terminamos en San Petersburgo vendiendo pulseras.
—Jajajaja. —Soltó una carcajada y me encantó escucharla.
Mierda, ¿cuándo había pasado todo eso?—. Vale. Pero necesito… ¿Media hora?
—Te recojo a las nueve y media.
Qué fácil es todo con ella, pensé.
—De acuerdo.
Hubo un silencio.
—Estela.
—¿Qué?
—¿Te sabes el chiste del camello?
—No.
—¡Pues te jorobas!
—Jajajaja. ¿Se puede ser más tonto?
—Me encanta hacerte reír.
—No sé ni por qué me río. Es malísimo.
—Porque te hago gracia yo.
—Mucha.
—Eso me gusta. Tú me gustas.
—Qué bonito. Voy a ponerme a llorar.
—No llores. Te recojo en un rato.
Media hora después la esperaba frente a su portal.
La vi salir antes de que llegara a la puerta.
Y durante un segundo me olvidé de respirar.
No iba especialmente arreglada. Ni espectacular.
Ni preparada para conquistar a nadie. Precisamente por eso.
Vaqueros. Una chaqueta clara. El pelo suelto.
Y esa sonrisa. Siempre esa sonrisa. La que aparecía justo antes de decir alguna barbaridad, después y mientras la pensaba.
Estaba jodido.
Bajé del coche. Ella se acercó. Y lo natural habría sido besarla.
Porque llevaba días haciéndolo, porque me apetecía y porque sí.
Pero la abracé, y justo cuando el abrazo empezó a sentirse demasiado bien, demasiado familiar, demasiado íntimo...
Le di dos palmadas en la espalda. Dos. Palmadas. Estúpidas.
Ella se separó inmediatamente, me miró y levantó una ceja.
—¿Qué ha sido eso?
—¿Qué?
—Eso.
—¿Qué cosa?
—Las palmadas.
Intenté aguantar la risa.
—Somos amigos.
—¿Amigos?
—Claro.
—¿Ese abrazo se lo das a David?
—Depende del día.
—Armando.
—¿Qué?
—Tú y yo somos bastante más que amigos. —Lo dijo sonriendo, sin reproche y sin tensión, pero ahí estaba. La verdad. Suspendida entre nosotros. Yo me rasqué la nuca.
—Sube al coche.
—No has respondido.
—Porque vamos a llegar tarde.
El bar estaba en una calle pequeña cerca de Chamberí. De esos sitios donde las servilletas acaban inevitablemente en el suelo y el camarero te llama jefe aunque no hayas dirigido nada en tu vida.
David ya estaba allí. Gesticulando y hablando. Ocupando más espacio del físicamente posible. Y Zoa intentaba mantener una conversación normal mientras él desarrollaba una teoría absurda sobre por qué los calamares eran el animal más infravalorado del planeta.
—Ahí vienen los novios —anunció.
Yo cerré los ojos. Estela se echó a reír.
—Eres imbécil. —Zoa le dio un golpe en el brazo.
Me senté junto a Estela. Ella apoyó la rodilla contra la mía debajo de la mesa. Un roce mínimo. No me aparté y ella tampoco.
Y mientras David seguía defendiendo los derechos fundamentales de los calamares y Zoa amenazaba con abandonarlo allí mismo, me descubrí observando a Estela cuando ella no miraba.
Escuchándola hablar. Riéndome antes de que terminara las frases. Pensando que estaba guapísima, que me gustaba demasiado, que aquello se estaba complicando y que no estaba seguro de querer simplificarlo.