60 CUANDO LA FAMILIA ES LO MÁS IMPORTANTE
Estela
Mi padre considera que comer después de las tres de la tarde es una señal inequívoca del fin de la civilización occidental. Sostiene esa teoría aproximadamente desde mil novecientos ochenta y siete.
—¡Son las cuatro menos diez! —escuchamos gritar desde la cocina incluso antes de entrar en casa—. ¡Las cuatro menos diez! ¡En los restaurantes ya están fregando los platos!
Álvaro cerró la puerta detrás de nosotros.
—El abuelo está fuerte hoy.
—Ha visto el reloj.
—Pero si no ve.
—Ve lo que le interesa.
Mi madre surgió por el pasillo secándose las manos con un paño.
—No le hagáis caso. Lleva enfadado desde las dos y media.
—Porque las dos y media es una hora razonable para comer —siguió papá.
—Francisco, cállate.
—No me callo.
—Pues gruñe más bajito.
—No estoy gruñendo.
—Llevas toda la vida gruñendo.
—Estoy expresando una opinión.
—Con el mismo tono que un oso.
Álvaro y yo nos miramos.
—Están enamorados —murmuró.
—Muchísimo.
—Da miedo.
—Bastante.
Mi madre nos escuchó.
—Os estoy oyendo.
—Lo sabemos.
—Pues comportaos.
—Por fin —anunció mi padre, con la barba manchada de harina.
—Hola a ti también —le di un beso.
—A tu padre le das un beso. ¿Y a mí? —Mamá se quejó. Puse los ojos en blanco y la besé.
—La comida está lista desde hace dos horas.
—Pues estará más hecha —mencionó Álvaro.
—Lo que está es frío. No te vayas a quejar —le reprochó.
La cocina olía a ajo, a carne guisada y a infancia. Hay casas que nunca dejan de ser casa. Da igual la edad que tengas. Da igual cuántos años lleves viviendo fuera. Hay sitios que siguen sabiendo exactamente dónde guardas los recuerdos.
Mientras mi madre preparaba la mesa y Álvaro saqueaba el pan antes de tiempo, me acerqué a la encimera donde mi padre removía una olla.
—¿Necesitas ayuda?
—Estoy calentando el almuerzo —refunfuñó.
—Papá, sabías a qué hora íbamos a llegar.
—Cada vez más tarde.
—¿Estorbo?
—Un poco, sí.
Me apoyé en la encimera. Él siguió removiendo. Yo seguí observándolo. Y los dos supimos exactamente cuándo iba a empezar la conversación. Porque los padres tienen una habilidad sobrenatural para detectar cosas que uno preferiría esconder.
—Entonces... —Ahí estaba.
—Entonces, ¿qué?
—¿Qué pasa con el vecino?
Sonreí.
—Qué vecino.
—Estela. No me tomes por tonto. No me hagas repetir preguntas porque me hago mayor.
Acabé riéndome.
—¿Qué quieres saber?
—¿Tienes algo con el vecino?
—Sí.
Mi padre asintió despacio. Ni sorpresa. Ni interrogatorio.
—Ya.
—¿Lo sabe mamá?
—Tu madre es bruja.
—Eso lo sospecho.
—Y además te conoce mejor que tú misma.
—Eso también.
—Lleva semanas sabiéndolo.
Abrí mucho los ojos.
—¿Semanas?
—Meses igual.
—No exageres. No llevamos tanto saliendo.
—Tu madre detectó que te gustaba ese muchacho antes de que tú supieras cómo se llamaba.
Me reí, porque con probabilidad era verdad.
Mi padre bajó el fuego de la olla. Después se apoyó en la encimera frente a mí.
—¿Eres feliz? —No me sorprendió la pregunta. Era lo único que le había importado siempre. Papá no me juzgó cuando me separé ni cuando suspendí alguna asignatura en el instituto o la universidad, ni cuando me equivocaba.
—Sí.
—Pues ya está. —Sonrió.
—¿Ya está?
—Claro.
—Papá...
—¿Qué?
—Es más complicado que eso.
—La vida es compleja. No complicada. Sé lista y mira por dónde pisas.
—Ojalá fuera tan fácil.
Suspiró. Y señaló con la cuchara de madera hacia mí.
—Escúchame una cosa.
—Miedo me das.
—Tu madre y yo solo queremos que seas feliz.
—Mamá hubiera preferido que no me divorciara.
—Tu madre es de otra época.
—Tú también.
—Yo me eduqué, estudié, supe adaptarme. Tienes que entenderla.
—Ella no me entiende a mí.
—Ni lo hará jamás. Pero quiere que seas feliz. Da igual con quién. Nos da igual la edad. Nos da igual si vive arriba, abajo o en Australia. Solo queremos que quien esté contigo te trate bien. Que te quiera. Que te haga reír. Que te cuide cuando estés enferma. Y que no te haga daño.
Sentí un nudo extraño en la garganta porque… Armando me cuidaba, me hacía reír, me trataba bien, pero… ¿me quería? No lo sabía.
—Papá...
—Es verdad.
—No te pongas emotivo.
—No me estoy poniendo emotivo.
—Un poco sí.
—Es el vapor del guiso.
—Claro.
—Y además estoy cortando cebolla.
—No hay cebolla.
—Pues la compraré luego.
Le di un abrazo y Álvaro vino a recoger y llevar platos.
—¿Una conversación interesante? La abuela me ha pedido que me calle tres veces para intentar escucharos. —Mi padre preparó los platos y mi hijo los fue llevando al salón uno a uno.
—¡A COMER! —gritó mi madre desde el comedor.
—¡YA VAMOS! —contestó mi padre.
—¡SE ESTÁ ENFRIANDO!
—¡NO SE ENFRÍA!
—¡SE ESTÁ ENFRIANDO!
—¡NO!
—¡FRANCISCO!
—¡CARMEN!
—Os juro que algún día los grabaré y los subiré a TikTok. —Álvaro volvió y cogió las servilletas.
—Millones de visitas tendrían —aseguré.
—Mínimo.
Nos fuimos al salón. Y sentados alrededor de la mesa pensé que el amor de verdad se asemejaba a aquello.
A dos personas discutiendo sobre la temperatura del guiso cuarenta años después.
A seguir eligiéndose incluso cuando ya conocen todos los defectos del otro. A reírse mucho. A cuidarse. A quedarse.
Y mientras veía a mi madre regañar a mi padre, a mi padre hacerse el ofendido y a Álvaro robar croquetas convencido de que nadie lo veía, sentí calma.
Porque pasara lo que pasara con Armando, había una cosa que mi padre tenía razón.
La felicidad nunca ha sido una cuestión de lógica.
Y cuando aparece, aunque sea vestida de vecino complicado, merece al menos una oportunidad.