59 EL BLOQUE, LOS VECINOS Y LA VERDAD
Estela
El problema de vivir en un bloque donde todo el mundo conoce la vida de todo el mundo es que los secretos tienen una esperanza de vida parecida a la de un cubito de hielo en agosto.
Y el problema de Susana era que llevaba años entrenando para el FBI sin saberlo.
Armando seguía allí, apoyado junto a la puerta del portal, hablando con nosotros de cualquier tontería.
De una oferta absurda del supermercado. De una señora que había intentado devolver una sandía porque “no transmitía alegría”.
Y yo me reía. Demasiado. Lo sabía. Lo sabía perfectamente.
Porque había una diferencia muy clara entre reírte de un chiste y reírte de quien lo cuenta.
Y yo estaba instalada en la segunda categoría.
—Bueno —interrumpió Armando—. Voy a subir antes de que la compra se convierta en compost.
—Cobarde —lo acusó Susana.
—Realista.
—Es lo mismo.
Armando se rio.
—Nos vemos luego. —Me miró.
—Hasta luego.
Entró en el portal y se cruzó con Rebeca, que salía de su casa con un café para llevar de medio litro y mucha prisa, o eso parecía.
—Hola —la saludó, sin embargo, ella ni contestó, y eso me extrañó. Yo seguía sonriendo porque sí, estaba enamorada como una tonta. ¿Estaba enamorada como una tonta? Llevabas días haciéndome esa pregunta. Y la respuesta dependía mucho de quién la respondiera.
Si se la preguntas a una persona práctica, probablemente te dirá que sí.
Que es una irresponsabilidad enamorarse de un hombre quince años más joven.
Que es una mala idea enamorarse de alguien que acaba de separarse.
Que es todavía peor hacerlo cuando ese alguien ya te ha dicho que no quiere una relación.
Que lo inteligente sería salir corriendo.
Protegerse. Levantar un muro. Ahorrarse el golpe.
La teoría siempre es maravillosa.
La teoría nunca tiene ojos. Ni sonrisa. Ni voz. Ni olor. Ni forma de mirarte cuando cree que no lo estás viendo.
Yo también conocía la teoría. Tenía cuarenta y cinco años, no quince.
Había amado. Me habían roto el corazón. Había roto corazones sin querer. Había estado casada más de media vida. Había firmado un divorcio. Había llorado en cocinas vacías. Había rehecho mi vida varias veces. Había tenido relaciones después.
No era una adolescente. Y precisamente por eso sé algo que a veces la gente olvida.
El amor no llega cuando es conveniente. Llega cuando le da la gana. No pregunta la edad. No pide certificados de disponibilidad emocional. No revisa calendarios. No espera a que las heridas estén cerradas. No comprueba si la diferencia entre dos personas encaja estadísticamente.
Llega.
Y después te apañas.
Por eso me hacía gracia cuando alguien hablaba de enamorarse como si fuera una decisión racional.
Nadie se enamora porque convenga.
Uno se enamora porque un día descubre que alguien ocupa demasiado espacio en sus pensamientos.
Porque sonríe cuando recibe un mensaje suyo.
Porque una tarde cualquiera se convierte en una buena tarde simplemente porque esa persona aparece.
Porque la vida pesa menos cuando está cerca.
Porque tu sistema nervioso se relaja si esa persona te acompaña.
Y eso no tiene nada de lógico. Nunca lo tuvo.
Quizá lo verdaderamente tonto no sea enamorarse.
Quizá lo verdaderamente tonto sea encontrar algo que te hace feliz y renunciar a ello por miedo.
Porque el miedo siempre tiene argumentos brillantes.
Siempre. El miedo es inteligente. Prudente.
Responsable. El miedo te recuerda todas las veces que salió mal.
Todos los riesgos. Todas las estadísticas. Todos los finales posibles.
Pero el miedo nunca te habla de lo que podrías perder si te marchas demasiado pronto. Eso se lo guarda.
Yo podría alejarme de Armando. Claro que podría.
Podría protegerme. Podría decirme que esto no tenía sentido.
Que él acababa de separarse. Que yo era mayor.
Que no buscaba lo mismo que yo. Que esto terminaría mal.
Podría hacerlo. Y probablemente… dormiría peor.
Porque hay una cosa que había aprendido después de cuarenta y cinco años viviendo.
Las personas nos arrepentimos más de lo que no vivimos que de lo que salió mal.
Las heridas terminan cerrando. Las dudas no siempre.
Por eso no creo que estar enamorada de Armando me convirtiera en una tonta, sino en una mujer viva.
Y hay una diferencia enorme. Las tontas se lanzan sin mirar.
Las valientes miran perfectamente el precipicio.
Y aun así deciden saltar. No porque crean que son inmortales.
Sino porque saben que hay vuelos que merecen el riesgo de la caída.
Y yo no sabía cuánto duraría esto. Si serían dos meses, dos años o dos semanas más.
No sabía si Armando terminaría sintiendo lo mismo que yo, ni siquiera si esto tendría sentido dentro de seis meses ni si acabaría bien.
Ni si ya se había desecho del dichoso collage.
Lo único que sabía es que cuando estaba con él me sentía más yo que nunca y, después de todo lo que había vivido, eso ya me parecía un milagro bastante grande.
Así que no. No estaba enamorada como una tonta. Estaba enamorada como una valiente.
—Nena, ¿adónde vas? ¿No has trabajado hoy? —expresó Susana.
—He llegado antes —explicó sin más Rebeca—. Hola —se dirigió a mí.
—Hola, Rebeca. —Y ahí empezó todo. Porque Rebeca miró hacia el portal. Después me miró a mí. Después volvió a mirar el portal. Y después sonrió mal.
—Una pregunta.
—No.
—Todavía no la he hecho.
—Da igual.
—¿Estáis juntos? —Directa. Sin anestesia. Sin rodeos.
Me quedé mirándola un segundo. Después dos. Y respondí exactamente lo que sabía que tenía que responder.
—No.
Rebeca sostuvo mi mirada. Yo sostuve la suya. Y durante unos segundos ninguna de las dos habló.
—Me estás mintiendo.
—No estamos juntos —no mentí, porque… “no éramos novios” ni estábamos juntos. No sabía lo que teníamos.
—Me mientes en la cara.
—Armando y yo somos amigos.
—Ya… —bufó—. Me voy, que he quedado.
—¿Con un tío? —preguntó Susana.
—Sí. Tendré que follar. ¿O va a follar solo Armando? —Lo dijo mirándome a mí.
—Claro que sí. Que te diviertas —le deseó Susana. Yo me callé.
—Siempre. —Y desapareció calle abajo con el café en la mano.
Esperé exactamente tres segundos. Tres. Porque conocía a Susana. Y sabía perfectamente lo que iba a ocurrir. No me decepcionó.
—¿Por qué le has dicho que no?
Cerré los ojos.
—Por favor...
—Lo pregunto en serio.
—Porque no estamos juntos.
—Eso no te lo crees ni tú.
Suspiré.
—Vale. Porque no quiero que nadie se entere.
—¿Por qué?
—Porque esto no va a durar —hablé con absoluta sinceridad.
Susana dejó la cerveza sobre la silla.
—Eso no lo sabes. —Volví a suspiré—. Vas a hiperventilar. —Se echó hacia delante—. Estela, no te enamores.
—Es tarde para esa advertencia.
—Ya lo sabía.
—Porque tú lo sabes todo.
—No. Porque sé cómo lo miras. Pero él no te mira a ti de manera diferente.
—Estoy loca.
—Sí, pero no es malo.
—Mira... él acaba de separarse. No quiere una relación. No quiere novia. No quiere nada serio. Yo lo sé. Él lo sabe. Todo el mundo lo sabe.
—Eso es verdad.
—Gracias.
—De nada.
—Así que esto durará un mes más.
—O no.
—O una semana más.
—O no.
—O tres días.
—O no.
La señalé.
—¿Ves? Por eso no te cuento cosas.
Susana se rio.
—¿Y si te equivocas?
Pensé en la fiebre. En el botiquín. En el mensaje de las sábanas. En cómo me miraba algunas veces. Y aun así negué con la cabeza.
—No me equivoco.
—¿Tan segura estás?
—Sí.
—Pues listo. Adivinas el futuro, como yo. Montamos un salón del tarot y nos hacemos ricas.
Solté una carcajada. Y ella también.
En ese momento apareció Álvaro al final de la calle con la mochila del instituto colgada de un hombro y los auriculares puestos.
Al verme levantó una mano.
—Hola.
—Hola.
—¿Ya estáis cotilleando?
Susana señaló a mi hijo.
—Este niño tiene alma de jubilado.
Álvaro llegó hasta nosotros y miró alternativamente a Susana y a mí.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Mamá.
—Nada.
—Entonces ha pasado algo.
—Ha pasado que tu madre es idiota.
—Eso ya lo sabía.
—Gracias, hijo.
—De nada.
Y mientras subíamos juntos hacia casa de mis padres, escuché a Susana gritar desde abajo:
—¡CUANDO TE CASES CON EL VECINO QUIERO SER TESTIGO!
Álvaro soltó una carcajada. Yo me llevé una mano a la cara. Y desde algún piso del edificio alguien gritó:
—¡YO TAMBIÉN!
Lo peor fue que reconocí la voz de mi madre.