58 MENSAJES, STICKERS Y MÁS MENSAJES
Estela
Armando:
¿Ya no eres así?
Sticker de un mono estornudando.
Sticker de un bebé con dos velas de mocos.
Yo:
Ahora soy así.
Sticker de una princesa caminando.
Sticker de un pájaro volando.
Armando:
Me alegra que estés bien.
¿Te gustó la sopa que te hice anoche?
Yo:
Estaba muy buena.
Armando:
Mentira. ¿Te la tomaste?
Yo:
Me puse una pinza en la nariz para poder hacerlo.
Armando:
Sticker de una alpaca cayendo sobre una persona.
Yo:
Sticker de un niño formando un corazón con un gesto.
Armando:
Sticker de un monito corriendo a toda velocidad y alejándose.
Yo:
Corre todo lo que quieras.
Armando:
¿Vas a perseguirme?
Yo:
Así.
Sticker de Mort saltando. Un lémur ratón de la película Madagascar.
—Ya está la enamorada —parloteaba Zoa desde su mesa.
—¿Y a ti cómo te va con David?
—Seguimos saliendo.
—Lo has dicho como enamorada.
—Me gusta mucho.
—¿Las enamoradas pueden trabajar un poco y dejar los móviles y a los enamorados? —intervino Samuel, otra vez peleándose con la impresora.
—Armando no está enamorado —anuncié de golpe.
—Ese tío está enamorado, Estela.
—Tú qué sabes. Ni lo conoces.
—Te conozco a ti. Y sé que se separó hace poco. Ningún tío abandona su soltería después de tantos años si una mujer no le gusta mucho.
—Claro que le gusto.
—Le gustas demasiado. Y él también lo piensa. Está acojonado.
—¿Cómo sabes eso? —Las cejas me llegaron al techo.
—Porque todos somos iguales. Complejidad cero.
—Está fatal que digas eso —protestó Zoa—. Pero es cierto. Sois simples. —Reímos los tres.
La jornada laboral terminó y Armando y yo habíamos seguido hablando, incluso nos hicimos una videollamada. Lo reconozco, me cercioré de que estaba guapa antes de descolgar. ¡Había tenido pesadillas con lo que dijo de un moco saliendo por mi nariz!
Llegué al edificio de mis padres a las tres y media de la tarde.
A ese lugar donde la gente no se saluda, allí se participaba en la vida.
Llevaba una bolsa de naranjas que acaba de comprar en la frutería de la esquina porque mi madre había decidido que, después de la gripe, necesitaba vitamina C, buena comida y supervisión constante durante aproximadamente los próximos quince años.
La puerta del portal estaba abierta y eso significaba que alguien vigilaba. Y normalmente era Susana.
No me equivoqué.
La encontré sentada en una silla plegable junto a la entrada, con unas gafas de sol enormes, una cerveza y una autoridad moral completamente injustificada.
—Mírala.
—Hola, Susana.
—Ya está recuperada.
—Sí.
—Se te nota.
—Gracias.
—Aunque sigues tomando decisiones cuestionables.
—¿Todavía no he llegado y ya me estás juzgando?
—Claro.
—Perfecto.
Me senté a su lado.
—¿Y Armando?
Cerré los ojos.
Ahí estaba.
El motivo real.
—¿Qué pasa con Armando?
—Nada. Pregunto.
—Pues no preguntes.
—Eso es exactamente lo que diría una mujer enamorada.
—Y eso es exactamente lo que diría una mujer que necesita buscarse una afición.
—La tengo.
—¿Cuál?
—Vosotros.
Levanté la vista al cielo.
No había defensa posible.
En ese momento apareció Antonella saliendo del portal con dos perros, tres correas, una bolsa, un paraguas cerrado y una energía que recordaba a una revolución popular.
—¡Maldición! ¡Bastardo! ¡No! ¡No! ¡NO!
Uno de los perros intentaba montar al otro.
—Buenas, Antonella.
—¡No son buenos! ¡Este perro es un criminal!
—¿Qué ha hecho?
—¡Todo!
La italiana señaló al animal con indignación auténtica.
—¡Ha roto una maceta! ¡Ha mordido una zapatilla! ¡Ha intentado seducir a una perra casada!
—¿Casada?
—¡No me interrumpas!
Susana y yo empezamos a reírnos.
Antonella siguió caminando calle abajo maldiciendo en tres idiomas distintos mientras los perros la arrastraban.
—Este edificio merece un documental propio —destaqué.
—Yo lo protagonizaría.
Desde una ventana abierta del tercero se escuchó la voz de Rafaela.
—¡MANUEL!
La calle entera se quedó en silencio.
Porque todos sabíamos lo que venía después.
—¿QUÉ? —gritó Manuel desde dentro.
—¿HAS COMPRADO EL PAN?
—NO.
—¿POR QUÉ?
—PORQUE ME DIJISTE AYER QUE LO COMPRABAS TÚ.
—¡ESO FUE AYER!
—¡POR ESO!
—¡ERES INÚTIL!
—¡Y TÚ MANDAS MUCHO!
—¡PORQUE TÚ PIENSAS POCO!
Susana empezó a aplaudir.
—Llevan cincuenta años casados y siguen enamorados.
—Eso no es amor.
—Claro que sí.
—Eso es boxeo verbal.
—Lo mismo.
Yo seguía riéndome cuando vi aparecer a Armando al final de la calle y sentí ese pequeño vuelco absurdo que llevaba semanas empeñándome en ignorar.
Susana lo vio. Por supuesto. Susana veía hasta los pensamientos.
—Ahí viene.
—Cállate.
—Te has puesto roja.
—Tengo calor.
Me dio ganas de tirarle la cerveza encima.
Armando llegó hasta nosotros sonriendo.
—Buenas.
—Hola —respondí.
—Hola, vecino sexy —saludó Susana.
Armando ya ni protestaba.
—Hola, Susana.
—Hoy estás especialmente guapo.
—¿Qué quieres?
—Que me subas una maceta a la terraza.
—Lo sabía.
Yo me reí. Y Armando me miró. Solo un segundo. Pero suficiente. Lo justo para que los dos sonriéramos sin querer. Lo justo para que Susana pusiera cara de investigadora privada y para que yo supiera que estaba perdida. Otra vez.