Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 57 CUANDO TE ACOMODAS
54%

57 CUANDO TE ACOMODAS

Estela

Lo primero que noté al despertar fue que alguien me acariciaba el pelo y que Álvaro no iba a ser, porque ese niño me quería, pero jamás lo hubiera hecho.

Lo segundo fue que seguía teniendo fiebre, menos, pero las décimas no se iban.

Lo tercero, que probablemente era lo más preocupante de todo, fue que me gustó muchísimo abrir los ojos y encontrarme a Armando allí.

Seguía sentado en el sofá. En la misma posición en la que me había quedado dormida sobre su hombro.

Tenía una pierna estirada, la otra doblada y el mando de la televisión apoyado sobre el pecho.

La pantalla mostraba un documental de tiburones que claramente ninguno de los dos había estado viendo.

Cuando vio que abría los ojos, sonrió. Y después hizo algo que no ayudó absolutamente nada a mi estabilidad emocional.

Me besó la frente. Así. Sin pensar. Sin darle importancia.

Y yo, que llevaba toda la vida presumiendo de mujer sensata, sentí algo desarmarse dentro de mí.

Porque los besos en la boca son maravillosos. Pero los de la frente son otra cosa.

—Hola, enferma favorita.

—¿Tienes muchas?

—Eres la única que me deja entrar en su casa con un botiquín.

—Error estratégico.

—Ya es tarde.

Me acomodé un poco mejor en el sofá. La cabeza me dolía menos. El cuerpo también. Pero el corazón seguía siendo un desastre.

Y mientras lo miraba allí sentado, despeinado, con cara de haber pasado una tarde entera cuidándome sin que nadie se lo pidiera, tuve que aceptar algo que llevaba semanas intentando negociar conmigo misma.

Estaba enamorada. Muchísimo. Y la parte complicada no era esa, sino no saber qué demonios sentía él.

—¿Todo bien? —Vi algo raro en su mirada.

—Sí, claro. Eres tú la que tiene fiebre.

—No… No me refiero a eso.

—¿Te refieres al moco que te cuelga de la nariz?

—¡¿Qué?! —Me llevé la mano hasta la cara.

—Jajajaja. Es broma. No tienes ningún moco. Jajajaja.

—Eres… —Arrugué el rostro—. Riéndote de una tullida.

—Oh, qué exagerada. Ven… —Me rodeó con sus brazos y me envolvió en su pecho—. ¿Así estás mejor?

Iba a decirle que no, que se marchara, que no tenía gracia, pero sí la había tenido y su pecho fue el lugar que necesitaba.

Olía bien, se sentía cómodo y perfecto. Estaba en casa dentro de mi casa.

Podría haberme horrorizado, percatarme de todo lo que sentía por él, sin embargo, me gustó y pensé que me merecía vivir algo bonito, sentir a lo grande y pasarlo bien y, después, cuando Armando desapareciera de mi vida solo le agradecería el haber estado durante unos meses.

—¿Has dormido? —musité sin apartarme, con los ojos cerrados.

—Tú has dormido por los dos.

—Tengo fiebre —me defendí sin muchas ganas.

—Te he hecho fotos. Una pena que no pueda subirlas a ninguna parte.

—Es mentira. No me has hecho. Y no, no te daría autorización para que las subieras.

—Nadie sabe que… —se calló unos segundos— quedamos.

—Sí… Quedamos. —Me dolió que dijera eso—. Puedes irte ya. —Me incorporé un poco—. Álvaro vendrá pronto.

—No voy a irme.

—Estoy mejor.

—No.

—Armando...

—No.

Nos miramos y terminamos riéndonos.

—Eres insoportable.

—Tú también y no me quejo.

—¿Soy insoportable? —Alcé las cejas. Él asintió sonriendo y a mí me desarmaba.

—Pero muy bonita.

—¿Bonita?

—Mucho.

—Supongo que es un cumplido.

Aquello me hizo sonreír más de lo que debería. Porque había algo tremendamente bonito en que quisiera quedarse. Aunque luego dijera esas cosas horribles sobre no buscar novia y que solo quedábamos. Aunque se empeñara en ponerle límites a algo que cada vez parecía más difícil de encerrar.

—¿Quieres agua?

—Sí, por favor.

Mi enfermero particular se levantó y me quedé mirando su culo, redondo y duro.

—Me estás mirando el culo —advirtió sin voltearse.

—¿Está prohibido mirar?

—Nada de sexo. Estás enferma. —Escuché movimientos en la cocina. Frigorífico, cristales. Y asomó la cabeza por el marco de la puerta. Yo estaba enfurruñada—. Sabía que tendrías esa cara.

—¿Me castigas sin sexo?

—Estás en baja forma.

—Podemos probarlo.

—Ni de coña. —Salió con el vaso de agua.

—Menos mal… —suspiré—. Porque quedaría fatal. —Rio.

No habían pasado ni diez minutos cuando escuchamos la llave girar en la cerradura. La puerta se abrió. Y apareció Álvaro. Con la mochila colgada del hombro, una pala de pádel en una mano y cara de adolescente hambriento.

—¿Mamá?

—Estoy aquí.

—Sigues viva.

—Por desgracia para ti.

—No te creas. ¿Quién me daría de comer?

—Y quién te haría la cama y recogería todo lo que vas dejando por ahí.

—No te mueras, por favor —bromeó—. ¡Hombre! —Vio a Armando.

—Buenas. —Armando levantó una mano.

—¿Qué pasa? ¿Te ha tocado cuidar a la enferma?

—Tu madre ha intentado morir de gripe y he venido a impedirlo.

Mi hijo dejó la mochila en el suelo. Yo no estaba nerviosa porque se conocieran oficialmente ni coincidieran en casa. Los conocía a los dos y sabía que se llevarían bien.

—Gracias, tío. —Se chocaron la mano—. Me ahorras trabajo.

—De nada.

—Gracias por no llamarme bró de repente.

—Gracias a tu madre por la educación que te ha dado y que odies lo de bró. —Rieron.

—Hombres… —balbuceé.

Y así, exactamente así, tardaron menos de treinta segundos en llevarse bien.

Álvaro se fue a la ducha y Armando me preguntó de nuevo si estaba bien.

—Sí, pesado. Puedes irte ya. No estoy sola.

—¿Me echas? Qué poca vergüenza. Llevo cuidándote horas.

—Perdona, yo… —Tragué saliva.

—Es broma, Estela. —Sonrió.

—Creí que Álvaro iba a hacerte sentir incómodo. ¿Quieres quedarte a cenar con nosotros?

—¿Eh? ¿Contigo y con tu hijo? ¿Después qué viene? ¿Una boda? —Supe que bromeaba.

—¿Boda? Puede. Mañana no, que me viene fatal. No voy a ir con gripe y moqueando. —Reímos.

—Me quedo, pero solo para encargarme de la cena.

—A lo mejor te doy un beso en el hombro y te asustas —solté sin pensar.

—¡¿Qué?! ¡¿Un beso en el hombro?! Me marcho.

—Fue hasta la puerta como alma que lleva el diablo.

Después, se volvió y vino hasta mí y me abrazó por la cintura—.

Me quedo, Estela, con beso en el hombro y donde tú quieras —aseguró sobre mi boca, y yo…

Oh, oh. Lo quería. Por todo. Por su forma de ser, bromear, saber llevar situaciones, por su sonrisa, el olor de su piel, su forma de tratarme, de tratar a Álvaro hacía un momento, por cuidarme, por estar.

Álvaro llegó poco después y se pusieron a hablar. Yo observaba la escena desde el sofá con ternura y vértigo. Porque los dos se parecían más de lo que imaginaban. Mismo humor absurdo. Misma facilidad para reírse de sí mismos. Misma tendencia a decir barbaridades con cara seria.

—¿Hacemos la cena? —preguntó Armando.

—¿Le preguntas a mí o a ella?

—A ti. Tu madre está enferma.

—Estoy bien.

—Mentira.

—Eso no es verdad —contestaron casi al unísono.

—Ya estáis los dos contra mí.

—¿Siempre es tan quejica? —cuestionó Armando mirando a Álvaro.

—Uff. No la conoces aún.

—Estoy planteándome si seguir conociéndola.

—No te lo recomiendo.

—¡Álvaro! —le regañé sin perder la sonrisa.

—Mamá, es mejor que te conozca ya. Y si tiene que irse, que se vaya.

—Me gusta tu hijo.

—Sí, es un sol —puse los ojos en blanco.

Se metieron en la cocina y los escuché hablar sobre comida sana, deporte y el instituto. Al cabo de un rato, fui a acompañarles y me acomodé en un taburete.

—Estás mejor —anotó Armando. Y me acarició el hombro sutilmente mientras Álvaro cortaba la pizza que habían hecho.

—Sí. Gracias a ti.

—Vaya, años cuidándote y todo el mérito se lo lleva un tío que acabas de conocer —satirizó Álvaro.

—Te refieres a que yo te cuido a ti —apunté.

—Soy un hijo ejemplar.

—Disiento.

La conversación derivó rápidamente hacia el bloque. Porque era imposible vivir cerca de mis padres y no acabar hablando del zoológico humano que era aquel edificio.

—Hoy Susana ha dicho que la vecina del bloque cinco trafica con Avon —comenté—. La abuela me lo ha dicho.

—La semana pasada creía que era espía rusa. —Álvaro ni siquiera pestañeó.

Cenábamos en la cocina.

—Va cambiando la teoría según el día.

—Susana podría ser guionista.

—Le iría bien.

Rebeca también apareció en la conversación. Y después Rafaela. Y después Antonella. Y después Manuel, que llevaba tres meses intentando arreglar una persiana. Y después mi madre. Y toda la comunidad.

Hasta que Armando acabó apoyado en la encimera de la cocina riéndose mientras Álvaro le explicaba las complejas relaciones diplomáticas existentes entre los vecinos.

—Espera —dijo Armando de repente—. ¿Tú sabes todo esto?

—Claro.

—¿Todo?

—Todo.

—¿Y también sabes...? —Miró hacia mí. Yo levanté una ceja. Álvaro sonrió.

—Sí.

Armando abrió mucho los ojos.

—¿Todo todo?

—Mi madre me cuenta todo.

—Estela...

—¿Qué?

—Eso no es normal.

—Claro que sí.

Álvaro levantó una mano.

—Voy a aclarar una cosa. —Los dos lo miramos—. Yo sé más cosas de vosotros de las que vosotros sabéis el uno del otro. —Se marchó al salón dejándonos callados.

—Me da miedo tu hijo —expuso Armando.

—A mí también a veces.

—Es muy inteligente.

—Ha salido a su madre.

—Pobre chaval.

Le tiré un pepinillo y lo esquivó.

—Gracias por tratar así a Álvaro.

—Gracias a vosotros por hacerme sentir en casa.

—Esta es tu casa. —Abrió los ojos y la boca—. No te asustes. Eres imbécil. Nuestra casa es la de todos nuestros amigos.

—Claro… No sé si ofenderme.

—Somos amigos, ¿no? Porque novios no somos.

Hizo una mueca con la cara y me tocó la frente con la mano.

—No tienes fiebre.

—Me has drogado bastante.

—Soy un buen camello.

Habían estado los dos, uno junto al otro, riendo, bromeando, moviéndose por mi cocina de manera natural.

Y había sentido algo extraño. No una fantasía ni un futuro ni una película romántica.

Fue algo más sencillo. Fue paz, una paz pequeña y cotidiana.

De esas que aparecen de esperarlo y que, cuando lo hacen, recuerdas cuánto la echabas de menos.

El sonido de risas a unos metros, de movimiento, de cosas en otro lugar.

Y supe que las echaría de menos también cuando volvieran a desaparecer.