Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 71 CUANDO EL SILENCIO EMPIEZA A PESAR
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71 CUANDO EL SILENCIO EMPIEZA A PESAR

Estela

No fue el tiempo lo que me inquietó. Fueron los huecos.

Habían pasado unos días desde la última vez que nos vimos. Nada que justificara una alarma, nada que mereciera una escena. Sin embargo, entre un mensaje y otro, entre una respuesta y la siguiente, apareció un espacio nuevo. Pequeño, pero persistente que antes no existía.

Armando había estado raro. Y yo también. Pero no de la misma manera. Estaba segura que por motivos diferentes.

Álvaro se fue con su padre el fin de semana y la casa quedó en silencio.

Al principio lo agradecí. Después empezó a incomodar.

Encendí música para llenarlo, bajita, un hilo que no molestara.

Abrí una botella de vino, probé un sorbo, la dejé.

Volví a la cocina, revisé el horno sin necesidad, moví un plato, lo devolví a su sitio.

Busqué tareas pequeñas para no quedarme quieta.

Esperar nunca se me ha dado bien. Esperar sintiendo lo que estaba sintiendo… menos.

El timbre sonó y respiré hondo antes de abrir. Un gesto inútil, pero necesario.

Ahí estaba. El mismo. Y no del todo.

—Gigoló a domicilio —bromeó, y no sé calibrar cuánto gracia me hizo.

—Hola. —No me dio tiempo a pensar más en su saludo, que en otro momento, hacía mucho ya, me hubiera hecho gracia. Me besó. Nos besamos. Breve. Correcto. Sin esa inercia que antes nos llevaba a acercarnos un poco más. Entró, miró alrededor, se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de una silla.

—Qué paz —comentó.

—Demasiada.

—¿Tu hijo?

—Con su padre.

Asintió. Fui a la cocina, busqué dos copas.

—¿Cerveza?

—Sí.

Cogí dos. Nos quedamos de pie, frente a frente, con una distancia mínima que ahora se notaba.

—He traído música. —Sacó su móvil del bolsillo.

—¿Ah, sí?

—Para mejorar la tuya.

—Mi música es perfecta.

—Eso te crees tú. —Se rio. Durante unos segundos fue él, el de siempre, el que se reía sin esfuerzo y me arrastraba con él. Puso una canción. No la conocía, pero me gustó al instante.

—¿Qué es esto?

—Algo bueno.

—Muy técnico.

—Soy un hombre profundo.

—Se te nota —ironicé, y reímos de nuevo. Por un momento, todo encajó. Como antes.

Cenamos en el salón. La música de fondo, las cervezas, la conversación fácil. Hablamos de trabajo, de planes que no haríamos, de una serie que ninguno seguía. Todo fluía y, al mismo tiempo, no. Había una capa debajo, una tensión fina que no rompía nada, pero lo tensaba todo.

Le miré mientras hablaba de un concierto.

Movía las manos, sonreía, buscaba palabras.

Reconocí los gestos, el ritmo, la manera de conversar.

Y, aun así, algo no estaba en su sitio, algo se había alejado, se estaba conteniendo.

Pero yo no era así, a mí me gustaba vivir, sentir, respirar sin miedo.

Y así llegó la verdad, sin avisar. Lo quería.

Lo quería con simplicidad, porque Armando me hacía feliz, porque me convertía en mejor persona, porque él coloreaba un mundo que se había vuelto gris.

Me había enamorado… Y ya no sabía ni debía negármelo. No me lo merecía. Porque, además, todos merecemos vivir y sentir el amor a lo grande, con ganas, con fuego, y Armando era todo eso, aunque él ni siquiera quería serlo.

Me faltó el aire, un segundo, y tuve que contener las ganas de llorar, tragarme lágrimas que hubieran hablado más que cualquier charla porque…

No quería que supiera lo que sentía por él, porque de alguna forma habíamos firmado un acuerdo tácito en el que aquello era un juego sin importancia, sin futuro, con mucho presente, sexo y besos.

Pensé en lo que él ya había dicho. No quería una relación. No estaba preparado. No buscaba nada más. Lo había explicado con claridad, sin adornos. Y yo lo había aceptado. En ese momento me bastaba. Era suficiente.

Ahora no.

El problema no era lo que él me daba… era lo que yo empezaba a necesitar.

Ahí estaba el punto exacto en el que siempre me he ido. Cuando el equilibrio se rompe y aparece la diferencia entre lo que hay y lo que quiero. Podía levantarme, cortar, protegerme antes de que doliera más. Podía hacer lo de siempre, lo que me ha funcionado otras veces.

Pero no quería.

Porque me hacía feliz. Porque durante esos meses me había devuelto una versión de mí que echaba de menos. Me reía más. Pensaba menos. Me gustaba cómo estaba en su compañía.

A veces no te quedas por lo que es… te quedas por cómo te hace sentir. Y eso es un arma de doble filo.

Dejé la copa en la mesa, me levanté sin pensarlo demasiado y me detuve un segundo. Él dejó de hablar y me miró.

—¿Qué pasa?

—Nada —mentí, porque pasaba de todo. Pasaba que la había jodido, me había jodido bien porque, aunque sabía que la vida no terminaba con Armando, sí iba a dolerme terminar con aquello, porque me gustaba su sonrisa, su olor, su sabor, su piel, sus besos, sus mensajes, sus llamadas, su sentido del humor, sus abrazos, sus bromas, sus buenos días, la forma en que me miraba la mayoría de las veces, porque otras…

Otras lo hacía como si yo fuera algo que se prohibía tocar, vivir, sentir…

Y ahí estaba el problema, que yo quería ser todo eso para él y Armando no estaba preparado ni quería estarlo.

Me acerqué y lo abracé. Sin explicación. Sin motivo que pudiera decir en voz alta. Solo porque lo necesitaba. Me senté a horcadas sobre él y rodeé sus hombros con mis brazos.

Al principio se quedó quieto. Luego respondió. Sus brazos alrededor de mi espalda, firmes, naturales, conocidos.

Apoyé la cara en su pecho y cerré los ojos un segundo, dos, tres. Demasiado tiempo para no sentir nada, para sentir menos.

Armando no me había pedido que me quedara, pero yo ya no sabía cómo irme, aunque debía hacerlo. Sobre todo, porque no tenía ni idea de cómo quedarme y no romperme en mil pedazos.

—¿Estás bien? —insistió.

—Sí —volví a mentir. No lo estaba una mierda. O quizá sí, en ese momento y lugar exacto. Pero cuando se fuera, me haría mil preguntas que no tenían respuestas, o no las que yo quería, las que necesitaba.

Se separó lo justo para mirarme.

—¿Seguro?

—Sí. ¿Y tú? ¿Qué te pasa?

—Nada.

Nos quedamos en el punto intermedio. Cerca, pero sin avanzar. Los dos sabíamos que no era nada. Y que era todo. Había algo que no estábamos diciendo. Y, si lo decíamos, ya no sería lo mismo.

Ninguno quería cruzar esa línea. Porque los dos sabíamos qué había al otro lado.

Hay conversaciones que no se tienen porque sabes exactamente cómo terminan.

Volví a abrazarle. Más fuerte. Intenté fijar ese instante, sostenerlo un poco más.

Su respiración, el calor, la cercanía. Todo lo que todavía estaba bien.

Quería quedarme, de verdad, porque él era un lugar especial, maravilloso…

Y lo entendí con una claridad inexplicable.

El problema no era perderlo. El problema era querer quedarme. Pero… ¿a cualquier precio?