55 CUANDO QUIERES MORIRTE UN RATO LARGO
Estela
A las siete de la tarde ya no sabía si tenía fiebre o me estaba derritiendo lentamente por dentro.
Me sentía fatal y tenía demasiadas cosas que hacer, sin embargo, imposible.
Había intentado levantarme para poner una secadora y me había mareado.
Disimulé porque Álvaro debía entrenar y si me veía, se quedaría.
Tenía un torneo de pádel importante el fin de semana.
Ya se encargaría él de la ropa cuando volviera. Hoy, también de la cena.
Llevaba dos horas tumbada en el sofá con una manta hasta el cuello y una serie en la televisión que no veía. Salón a oscuras y mucho silencio.
—No hace falta que te quedes —le dije a mi hijo antes de que saliera.
—Mamá, tienes fiebre.
—Y tú un torneo el sábado. Vete.
—Puedo faltar un día.
—Y yo puedo sobrevivir a una gripe.
—¿Por qué no llamas a la abuela?
—La abuela ya no está para cuidar a nadie.
—¿Ves? Necesitas que te cuiden.
—No, pesado. Anda, vete, que vas a llegar tarde.
Mi móvil había vibrado en varias ocasiones sobre la mesa, pero ni fuerza para alcanzarlo me quedaban. Mi cansancio se había multiplicado por la gripe, no obstante, sabía que no era solo eso. Además, cuando una está cansada de verdad, hasta responder mensajes se convierte en un esfuerzo físico.
Cerré los ojos un momento intentando dormir un poco, pero justo entonces sonó el timbre.
Abrí un ojo lentamente. Después el otro. Y durante unos segundos valoré seriamente fingir mi propia muerte.
Pero el timbre volvió a sonar.
—Joder… —murmuré apartando la manta.
Me levanté despacio porque el cuerpo me pesaba muchísimo. Crucé el pasillo arrastrando los pies, convencida de que Álvaro se había dejado las llaves otra vez.
Abrí la puerta todavía medio dormida.
—¿Por qué no te has llevado las lla…? —Me callé, porque era Armando el que estaba delante de mí, con una bolsa enorme en la mano y el ceño fruncido.
—Hola, enferma —saludó.
Parpadeé un par de veces.
—No estoy…
—Sí lo estás.
—¿Qué haces aquí?
Levantó la bolsa.
—Como no me respondes y no sé exactamente si tienes gripe, peste bubónica o un colapso multiorgánico… he traído provisiones.
—¿Qué hay ahí? —Miré la bolsa.
—De todo. Ibuprofeno. Paracetamol. Termómetro. Pastillas para la garganta. Vitamina C. Hasta antibióticos para anginas.
—¿Dónde has robado eso?
—Lo tenía guardado para una emergencia.
—¿Y esto te parece una emergencia?
Me recorrió la cara con la mirada y asintió.
—Tienes muy mala cara.
—Gracias. Eso anima muchísimo a una mujer enferma.
Llevó su mano a mi frente y… sentí su piel. Ahí estaba. Sentía mucho cuando él estaba cerca.
—Estela, estás ardiendo.
—Qué exagerado eres…
Intenté apoyarme un segundo en el marco de la puerta porque el pasillo empezó a darme vueltas ligeramente y Armando cambió la expresión inmediatamente.
—Vale. Aparta.
—¿Qué?
—Voy a entrar porque claramente no estás en condiciones de sobrevivir sola.
Y sinceramente… no tenía energía suficiente para discutir, así que me hice a un lado.
Cinco minutos después yo estaba otra vez tumbada en el sofá con una manta encima y Armando había convertido mi salón en un hospital de campaña improvisado.
Escuchaba ruido desde la cocina. Cajones abriéndose. Vasos. El microondas.
—¿Qué haces? —pregunté sin moverme.
—Buscar algo que no sea yogur caducado. Estos huevos llevan aquí desde el verano pasado.
—No critiques mi estilo de vida ahora mismo.
Apareció con un vaso de agua y una caja de ibuprofeno.
—Tómatelo.
—No quiero.
—Estela.
—No me mandes.
—Te estoy cuidando.
Eso me hizo gracia. Poquísima. Pero suficiente para sonreír un poco antes de tomarme la pastilla.
Armando se sentó a mi lado observándome en silencio unos segundos. Y luego apoyó el dorso de la mano sobre mi cuello. El gesto fue tan natural que me dolió un poco el pecho.
—Joder… —murmuró—. Estás fatal.
—Estoy guapísima. La fiebre potencia mis rasgos.
—Pareces un fantasma.
—Qué bonito todo lo que me dices. —Cerré los ojos y me arrullé con la manta.
Se rio bajito. Y ahí estaba otra vez. La contradicción imposible. Ese hombre diciendo que no quería novia mientras aparecía en mi casa con un botiquín entero porque no le respondía mensajes.
El cuerpo me pesaba muchísimo ya.
—Puedes irte si quieres —farfullé casi dormida—. Estoy bien. —Mentira otra vez.
Noté cómo él se acomodaba mejor a mi lado.
—No pienso dejarte sola así hasta que llegue Álvaro.
—No hace falta…
—Sí hace falta. —Lo dijo tranquilo. Sin dramatismo. Como quien afirma algo completamente lógico.
Abrí los ojos apenas un segundo para mirarlo.
Y fue peor. Porque estaba preocupado de verdad. Sin esas bromas que utilizaba para esconder lo que sentía.
No discutí más porque no tenía fuerza ni ganas.
Apoyé la cabeza sobre su hombro casi sin pensar y Armando me rodeó automáticamente con el brazo acercándome un poco más hacia él.
Olía a colonia limpia, a calle y a café. A casa.
Creo que me quedé dormida escuchando su respiración. Y pensando que nadie cuida así a alguien que no le importa.