54 CUANDO UNA ENFERMEDAD TE OBLIGA A SENTIRTE MAL Y BAJAR LA GUARDIA
Estela
El cuerpo tiene maneras muy raras de avisarte de que algo no va bien. Y aquella mañana lo hizo con fiebre.
Me desperté cansada. No “he dormido mal”. No “necesito café”. Cansada de verdad. La cabeza me latía un poco y tenía esa sensación incómoda de frío interno que ninguna manta consigue arreglar del todo.
Y aun así fui a trabajar. Porque las mujeres de mi generación hemos convertido ignorar el malestar en una habilidad funcional.
La oficina olía a café recién hecho y a personas inestables, como Samuel, que discutía con alguien por teléfono sobre unos presupuestos imposibles; y como Zoa, que tecleaba tan fuerte que iba a saltar las teclas.
—Buenos días, Barbie trastocada —me saludó Samuel al verme entrar.
—Buenos días, Ken hipotecado.
— Touché.
Intenté sonreír normal. Creo que incluso lo conseguí durante unos diez minutos.
Hasta que el cuerpo empezó a pasarme factura.
Recordaba la conversación con Armando, el “no somos novios” y me daba ardor, pero no era eso lo que me impedía trabajar, sino el sudor que empezó a caer de mi frente y las manos frías.
Pasé la mañana entera corrigiendo textos con una concentración ridícula y automática. Línea tras línea. Campañas. Correos. Reuniones absurdas sobre colores corporativos que se consideraban importantes hasta que recordabas que la humanidad tiene guerras y enfermedades incurables.
A las doce estaba tiritando. A las doce y media me dolían las piernas. A la una, Samuel se detuvo delante de mi mesa con cara de médico de guerra.
—Vale. ¿Qué te pasa?
Levanté la vista del ordenador.
—Nada.
—Estás blanca.
—No me he maquillado mucho hoy.
—No. Pareces una señora victoriana a punto de morirse de tuberculosis.
Zoa levantó la cabeza inmediatamente desde el otro lado.
—Es verdad.
—¿Sabéis? Gracias a los dos.
Samuel abrió el pequeño botiquín de la oficina.
—¿Ibuprofeno o paracetamol?
—No necesito nada.
—Eso dicen todas las personas antes de desmayarse en Recursos Humanos.
Me reí un poco y tosí
Zoa se levantó de su mesa y vino hasta mí. Ya no evaluando, sino dispuesta a reparar daño.
—Estela.
—Estoy bien.
Apoyó la mano en mi frente.
—Estás ardiendo.
Samuel dejó el botiquín sobre mi mesa.
—Sabía que no era una exageración mía. Esto es histórico.
—Vete a casa —indicó Zoa.
Negué con la cabeza.
—Tengo que terminar esto.
—No tienes que terminar nada. Tienes fiebre.
—El cliente necesita la propuesta hoy.
—El cliente puede esperar y tú necesitas ibuprofeno industrial.
Volví a mirar la pantalla intentando concentrarme y pasar de ellos, sin embargo, el móvil vibró y mi corazón dio un saltito al ver de quién se trataba.
Suspiré.
Armando:
¿Cómo estás?
—Te acaba de escribir tu novio —bromeó Zoa.
—No es mi novio.
—¿Seguro? —insistió Samuel.
—Segurísimo —zanjé, y recordé por décima vez la dichosa conversación.
Yo:
Bien.
Lo típico, la costumbre, siempre estaba bien, da igual lo que pasara. Y tampoco le importaba a él, precisamente.
Armando:
¿Seguro?
Yo:
Estoy trabajando.
Armando:
Eso tampoco responde.
Negué con la cabeza sonriendo un poco más. Porque seguía haciéndome sentir bien incluso cuando estaba enfadada con él.
Armando:
¿Vas luego a casa de tus padres a comer?
Me dolía la cabeza muchísimo ya.
Yo:
No. Creo que voy a irme a casa.
Esta vez respondió demasiado rápido.
Armando:
¿Qué pasa?
Suspiré mirando el ordenador borroso delante de mí.
Yo:
No me encuentro muy bien.
Creo que estoy enferma.
El siguiente mensaje tardó exactamente tres segundos.
Armando:
¿Estás sola?
Y ahí estaba otra vez. La contradicción que iba a terminar conmigo.
Yo:
No, no.
Con mis compañeros.
Que además hacen de enfermeros.
Armando:
Estela, tienes que irte a casa.
Leí el mensaje y algo dentro de mí se ablandó inmediatamente. Porque se preocupaba muchísimo. Más de lo que decía. Más de lo que admitía. Más de lo que se permitía reconocer incluso a sí mismo.
Armando:
¿Quieres que vaya a por ti?
Armando:
¿Necesitas algo?
Armando:
Te llevo al médico.
Armando:
O voy a la farmacia.
Cerré los ojos un segundo. Por el dolor de cabeza y el pellizco en el corazón. Se preocupaba demasiado por mí para que esto no significara nada para él. Pero luego recordé su voz diciendo “no somos novios” y me endurecí.
Yo:
No necesito nada, de verdad.
Solo dormir un poco.
Tardó un momento más esta vez.
Armando:
Avísame cuando llegues a casa.
Por favor.
Me quedé embobada en el mensaje sin escuchar a Zoa regañarme por no irme inmediatamente y Samuel gritar que no encontraba el termómetro. Estaba agotada, pero no por la fiebre, sino por empezar a querer a alguien que se empeña en no quererte.