53 CUANDO LLEGA UNA EDAD Y DEJAS DE CREER EN LOS MALOS MOMENTOS
Estela
Hay una edad en la que una deja de creer en los “malos momentos”. O quizá no dejas de creer. Simplemente dejas de respetarlos.
La puerta de casa de Armando la cerré con suavidad, la mía…
fue otra historia. El sonido del golpe resonó en el salón vacío como la conversación, que todavía seguía allí conmigo.
Me quedé quieta unos segundos en mitad de la entrada, con el bolso colgado del hombro y el corazón latiéndome en sitios incómodos.
No estaba enfadada. O sí. Pero no exactamente con él. Con Armando todo era complicado porque yo lo entendía. Ese era el verdadero problema. Que lo entendía demasiado bien.
Entendía que acababa de separarse. Entendía el vértigo.
Entendía la necesidad de sentirse libre después de pasar tantos años construyendo una vida con alguien.
Entendía el miedo a volver a entrar demasiado rápido en una relación seria, a perder otra vez partes de uno mismo intentando encajar dentro de una historia compartida.
Yo también había estado ahí. Veintidós años con Darío. Veintidós.
Dicho rápido parece incluso razonable. Una cifra elegante. Una vida estable. Pero veintidós años son muchísimas versiones de una misma persona. Muchísimos silencios. Muchísimos cambios. Muchísimos “ya hablaremos” que terminan convirtiéndose en una forma de vivir.
Y aun así, incluso después de divorciarme, yo nunca aprendí a querer a medias.
Lo había intentado. Claro que lo había intentado. Pero nunca ocurría. Porque llegaba un momento en que algo dentro de mí se apagaba. Y entonces me iba. Sin dramas. Sin grandes peleas. Simplemente… dejaba de estar.
Con Armando no estaba pasando eso. Todo lo contrario. Cuanto más lo conocía, más ganas tenía de quedarme.
Y quizá precisamente por eso me dolió tanto escucharlo decir que no buscaba novia. Que no éramos novios. Que no quería una relación. Porque las palabras fueron frías. Pero no lo era lo que hacía. Ahí estaba la contradicción. La parte que me rompía por dentro.
Uno no duerme abrazado a alguien de esa manera si no siente nada.
Al menos, yo no puedo. No aprende exactamente cómo le gusta el café a otra persona si le da igual.
No sonríe así al verla aparecer al final de una calle si solo quiere pasar el rato.
No te mira en silencio como me miraba él algunas veces…
si no hay algo más debajo. Y por eso me dolía todavía más.
Porque sentía que Armando estaba luchando contra sus propios sentimientos como si enamorarse fuera un error de cálculo.
Me quité los zapatos lentamente y caminé descalza por el salón intentando ordenar pensamientos que no querían ordenarse. Fuera se escuchaba el ruido lejano de un coche pasando y la televisión de algún vecino demasiado alta. Todo normal. Mientras yo tenía el pecho convertido en una guerra civil.
Lo más injusto del amor es que no aparece cuando conviene. Nunca. No pregunta si acabas de divorciarte. No revisa calendarios. No espera a que uno tenga las heridas perfectamente cerradas y la vida colocada en estanterías bonitas. Llega cuando quiere. Y ya está.
Yo no sabía querer desde la contención. Nunca había sabido.
Cuando alguien me importaba, me importaba entera.
Con miedo. Con intensidad. Con dudas incluso.
Pero entera. Y no entendía esa necesidad de Armando de pisar el freno constantemente cuando todo entre nosotros avanzaba solo.
Como si quisiera sentir… pero solo hasta cierto límite.
Como si estuviera intentando negociar con algo que ya le había explotado dentro igualmente.
Me senté en el sofá, apoyé la cabeza hacia atrás y cerré los ojos un momento. Y pensé algo que me dio muchísima tristeza. Que quizá Armando creía que protegerse consistía en ponerle nombre pequeño a cosas enormes.
No somos novios.
Como si cambiarle el título a lo que estaba pasando pudiera hacerlo menos real. Menos intenso. Menos peligroso.
Pero las cosas importantes no desaparecen porque uno las niegue. Solo se vuelven más confusas y dolorosas.
Y lo peor de todo era que ni siquiera podía odiarlo por eso.
Porque veía perfectamente el miedo detrás de sus palabras.
Lo veía cuando se callaba de repente después de ponerse demasiado cariñoso.
Cuando hablaba de libertad como alguien que acaba de salir de un incendio.
Cuando intentaba convencerse a sí mismo de que todavía estaba viviendo algo ligero mientras me besaba como si quisiera quedarse dentro de mi vida muchísimo tiempo.
Suspiré lentamente y miré el techo. Y ahí apareció la verdad más incómoda de todas.
Que yo ya sabía cómo iba a terminar esta historia.
Pero aun así… si Armando volviera a llamar a mi puerta en ese mismo instante, volvería a abrirle.
No porque fuera frágil ni me faltara personalidad ni dignidad, sino porque no me importaban las consecuencias, yo sabía sobreponerme con rapidez pasmosa, él me hacía feliz y había aprendido hacía mucho a disfrutar el momento sin pensar en el futuro.
Mi futuro éramos mi hijo y yo. Lo demás, gente que viene y va. ¿Frío? Puede, pero muy real.
Álvaro llegó casi una hora después. Escuché la puerta abrirse mientras yo seguía sentada en el sofá exactamente igual que veinte minutos antes, con la televisión encendida sin sonido y el móvil boca abajo sobre la mesa.
—¿Mamá?
Respiré hondo rápidamente antes de incorporarme.
—Aquí.
Entró quitándose la sudadera. Qué guapo estaba despeinado.
—¿Qué haces a oscuras? Pareces una viuda millonaria en una serie de Prime.
Se me escapó una risa pequeña.
—Estoy cansada.
—Huele a depresión.
—Es que se me ha quemado la cena.
—¿Pedimos al chino entonces?
—Elige tú.
Dejó la mochila en el suelo, me miró dos segundos más de la cuenta y arrugó el ceño.
—¿Qué ha pasado?
Negué con la cabeza automáticamente.
—Nada.
—Mamá. —No insistió más alto.
Y yo sentí ganas de llorar de repente, lo cual me pareció completamente humillante teniendo en cuenta que mi hijo todavía coleccionaba vasos sucios en su habitación.
Suspiré despacio.
—He discutido con Armando un poco.
Álvaro se sentó a mi lado inmediatamente.
—¿Por?
Miré mis propias manos antes de responder.
—Porque… supongo que yo estoy empezando a sentir cosas y él está asustado.
—¿Te ha hecho daño?
—No queriendo.
—Lo mato.
—No vas a matar a nadie. —Me hizo sonreír.
—Mamá, ¿qué ha pasado?
—Ha dicho algo. Algo que yo sospechaba, pero… No sé… No lo esperaba.
—¿Qué te ha dicho exactamente?
—Que no busca novia. Que no somos novios.
—Pero vosotros hacéis cosas de novios.
Ahí estaba el problema. Exactamente ahí.
—Ya… —murmuré.
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé.
Y era verdad. La verdad más absoluta.
—No quiero alejarme de él porque… me lo paso muy bien. Muchísimo. Me hace feliz. Pero tampoco quiero acercarme más si él va a seguir frenando todo el rato.
Álvaro apoyó los brazos sobre las rodillas mirando al suelo.
—A lo mejor tiene miedo.
—Sí. Lo sé.
—¿Y tú?
Sonreí sin humor.
—Yo también. Pero yo soy más de tirarme por el precipicio y ya luego gestionar la caída.
Eso le hizo reír a él.
—Eso explica muchas cosas de ti.
—Y todos mis problemas.
—Vivir no es un problema —soltó, con solo dieciséis años.
—Eres demasiado inteligente.
—Tengo a la mejor maestra del mundo.
—¿La de literatura? —bromeé. Me dio un golpe en el hombro y reímos más y mejor.
—Eres la mejor, mamá. No hay nadie como tú. No lo digo porque sea tu hijo. Es que es verdad. Te mereces a alguien que quiera ser tu novio.
—Dicho así… Suena fatal.
—Da igual cómo suene. Tú me gritas de vez en cuando.
—Porque no recoges nada. Eres un poco cerdo.
—Mamá… —Se levantó—. Voy a darme una ducha, pero antes me veo en el deber de decirte que, aunque no me preocupa tu bienestar sentimental, porque en día y medio lo olvidarás, prométeme una cosa. —Asentí—. En cuanto deje de hacerte feliz, te vas. Lo mandas a tomar por culo y no vuelves a verle.
—Esa boca —le regañé, y se marchó por el pasillo.
Me quedé sola otra vez y… Casa. Hogar. Normalidad. Vida. Aquella era yo. Yo en esa burbuja, que cerraba por las noches y nada me afectaba, hasta… ese segundo, en el que el corazón me latía como una adolescente idiota.
Cenamos tarde, hablando de cosas pequeñas. Del instituto. De una profesora nueva que Álvaro odiaba profundamente “porque utiliza PowerPoints con Comic Sans” cuando ahora existía Canva. De una chica de su clase que había dejado a un novio “porque le robaba el desayuno”.
—Esa chica tiene futuro —murmuré.
Intenté actuar normal. Y creo que más o menos lo conseguí. Pero aun así, cuando me fui a dormir, sentí el cansancio raro que dejan las conversaciones que remueven demasiado por dentro.
Me metí en la cama y miré el móvil tratando de convencerme de no esperar ningún mensaje. Pero no me dio tiempo ni a creérmelo yo misma, porque el móvil vibró casi inmediatamente. Y mi corazón, estúpidamente, también.
Armando:
Ya me he acostado.
Leí el mensaje demasiado rápido.
Y luego llegó el siguiente.
Armando:
Las sábanas huelen a ti.
No pienso cambiarlas nunca.
Cerré los ojos un segundo.
Armando:
Hasta mañana.
Sentía algo cálido y triste al mismo tiempo extendiéndose dentro del pecho. Porque ahí estaba otra vez la contradicción. La manera en que me alejaba con palabras… y me acercaba con todo lo demás.
Yo:
Hasta mañana.