Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 52 CUANDO MORIR LO SIENTES COMO UN ACTO DE AMOR DEL UNIVERSO #2
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52 CUANDO MORIR LO SIENTES COMO UN ACTO DE AMOR DEL UNIVERSO #2

—¿Aquí no has pensado ordenar nunca? He encontrado tu talón de Aquiles.

—¡Lo hice hace dos meses!

—¿Y esto es ordenado?

—¡Para mí sí!

Volví a sonreír y me agaché. Había una caja grande apoyada contra la pared. La moví para mirar detrás. No estaba el cargador, pero sí otra cosa. Un marco grande, apoyado boca abajo sobre el suelo, cubierto por una funda fina de tela.

Fruncí el ceño y lo saqué despacio. Pesaba. Pensé que sería algún cuadro viejo. Retiré la funda y le di la vuelta.

El aire se me quedó detenido en los pulmones.

Era un collage. Decenas de fotografías. Nueva York.

Roma. Lisboa. Una playa. La nieve. Una cafetería.

Un aeropuerto. Un concierto. Y, en todas ellas…

Armando. No vi a Lucía al principio. Ni siquiera recuerdo haberla buscado.

Solo veía a Armando. Aquel Armando. Con una sonrisa abierta, despreocupada, luminosa.

La cabeza echada hacia atrás mientras se reía.

Los ojos llenos de una felicidad tranquila.

Había algo en su expresión que nunca le había visto conmigo.

No era una sonrisa más grande, sino otra cosa.

La sensación de estar completamente en casa.

En una de ellas, él debía de tener poco más de veinte años. Pensé, sin querer, que era muy guapo y después algo que me dolió todavía más… Que quizá debería luchar por ella, por Lucía. La idea apareció de golpe y me dio fuerte en el pecho.

Si alguna vez había querido así… Si alguna vez había sonreído de esa manera… Si había construido una vida llena de viajes, recuerdos y fotografías… Quizá aquello merecía otra oportunidad y yo solo había llegado demasiado tarde.

Sentí un nudo en el pecho. Estuve a punto de levantarme, de salir y decirle que no dejara escapar una historia así.

Pero entonces otro pensamiento empujó al primero.

Más lento y sereno. Verdadero. Y es que yo también tuve eso.

Darío. Veintidós años. Una vida entera. Un hijo.

Vacaciones. Navidades. Cumpleaños. Miles de fotografías.

Y no volvería. Nunca. No porque hubiera dejado de respetar aquella historia. Sino porque había terminado.

Hay amores que no fracasan. Simplemente se acaban.

Respiré despacio y la culpa desapareció. Solo quedó otra cosa. Mucho peor.

Volví a mirar el collage. Esta vez sí vi a Lucía.

Pero apenas unos segundos, porque otra vez mis ojos regresaron a él.

A su manera de mirarla. A la paz de su cara.

A esa felicidad limpia. Y la pregunta llegó sola.

¿Por qué conmigo no? ¿Por qué conmigo todo tenía que pasar por el miedo?

¿Por qué a mí me quería escondiéndose? ¿Por qué conmigo nunca había existido una fotografía así? Ni una.

Dos meses. Cientos de mensajes. Miles de besos. Incontables caricias, infinitas sonrisas. Y ni siquiera habíamos pensado en inmortalizar un instante.

Sentí un pinchazo en el pecho, pequeño pero profundo.

—¿Estela? —La voz de Armando llegó desde el pasillo. Entró en la habitación. Y se quedó completamente quieto.

Su mirada fue del cuadro a mí. No dijo nada durante varios segundos—. Eh… ¿estás bien?

—Sí —mentí por costumbre. Pero mi voz sonó tan poco convincente que hasta a mí me dio pena escucharla.

Él cerró los ojos.

—No. No lo estás. —Yo seguía mirando el collage.

No a Lucía. A él. Al hombre que había sido.

Y supe que el dolor no consiste en descubrir el pasado de la persona que comienzas a amar, sino en preguntarte por qué tú todavía no has conseguido regalarle una sonrisa igual—.

No sé por qué lo guardo. Debería tirarlo.

—Me lo quitó de las manos y lo guardó. No lo tiró.

Lo guardó. Y eso también dolió, porque, aunque yo no era nadie para decirle lo que sentía ni lo que debía hacer, y eso… Eso me dejó noqueada.

Él me abrazó y me volvió a preguntar si estaba bien. Yo asentí y fui hasta la cocina, necesitaba beber agua fría. Después… fui hasta el dormitorio a buscar mi ropa interior, me sentí desnuda de repente, aunque llevaba horas así.

—No encuentro mi ropa interior —advertí, agachada bajo la cama, nerviosa.

—Mejor —dijo, desnudo frente a mí, al otro lado. Bizqueé y él lo vio—. ¿Qué haces?

—Nada. Tápate.

—Pero si llevamos horas desnudos.

—Ya, pero vas a coger frío.

—Toma. —Me lanzó una camiseta que me dio en la cara—. ¿Y esos reflejos?

—Están ocupados mirándote… —Señalé entre sus piernas. No le dije que las fotos rebotaban en mi cabeza.

—Te la has metido en la boca ya varias veces.

—Pero no es lo mismo. —Colé la cabeza y los brazos y me la puse. Blanca con el logo de una marca bastante cara en el pecho.

—¿Estás bien? —insistió.

—Claro que sí.

—¿Por qué has mirado el cuadro?

—Porque…

—No te acuso de metomentodo. Solo es que… ¿Qué creías que era?

—No sé… Fotos de Menina —inventé, porque me lo había olido segundos antes—. Por cierto, ¿dónde está? —Cambié de tema.

—En casa de mis padres. —Salió del dormitorio y lo seguí hasta la cocina. Él se había cubierto con unos bóxeres negros.

—La casa tiene personalidad —comenté.

Y fotos de tu exmujer, pensé.

—No he podido traer casi nada.

Pero el cuadro sí, siguió mi mente traicionera e incontrolable.

—A eso me refiero. Y aun así es tuya. Tiene tu toque. —Me dio una nalgada—. ¡Ay!

—¿Ese?

—Eres idiota. —Dejé un beso en su hombro y él me miró muy raro—. ¿Me he pasado?

—Está a punto de darme un infarto.

A mí me acaba de dar, no te quejes tanto.

—Pues que te dé. No voy a cortarme porque a ti te dé miedo un poco de cariño sano. —Sus cejas llegaron al techo y me hizo reír, un poco—. A veces eres un niño.

—Este niño te encanta —sonrió.

—Un poquito. —Fruncí el ceño.

—Yo creo que bastante.

—Yo también te gusto.

—Me encantas en realidad.

—Pues dejemos de discutir por eso. Nos gustamos mucho. Y ahora dame de comer o te morderé.

—Estás deseando morderme. Puedes hacerlo.

—Que me quede claro. Podemos acostarnos juntos, puedo morderte, chupártela, que metas tu lengua entre mis piernas, pero… —arrugué la nariz—. No puedo darte un simple beso en el hombro.

—¡Eh! No he dicho eso.

—Tú no has dicho nada. Y no ha hecho falta.

—Claro que puedes, aunque… no me lo esperaba.

—¿El beso?

—El beso y… tú. —Trasteaba con la vitrocerámica. Un mutismo anómalo sobrevoló el lugar.

—Eh… ¿Estamos hablando de algo serio?

—Supongo que sí. —Le dio a un botón.

—¿Y qué quieres decir?

Me miró.

—No me esperaba esto, Estela. Ni lo quería. En realidad, no lo quiero.

—¿Qué exactamente?

—Tú y… Esto que está pasando.

—Estamos quedando. Lo pasamos bien.

—No es solo eso.

Otro silencio.

—No, no lo es. —Crucé los brazos—. ¿Te causa algún problema?

—Estela, casi acabo de divorciarme. Lo hice porque quería vivir mi vida, nunca lo había hecho. Nunca he estado perdido, pero quiero saber quién soy sin… una persona a mi lado.

—Sin mí.

—Eres una persona, sí. Una no muy normal. Pero persona. —Sonrió. Esta vez yo no. Me quedé de piedra. Lo sabía, lo tenía claro, sin embargo, escucharlo fue como un jarro de agua fría. Helada.

—Está bien. Hablamos en serio —repetí, y él asintió de nuevo—. Nos estamos conociendo, Armando. Yo no me acuesto con un tío y mañana no me acuerdo.

—No eres eso para mí.

—Me alegra que así sea.

—Estela. —Abrió el mueble y sacó una sartén verde, como el color de la esperanza.

Me cago en la esperanza, el amor y en su puta madre.

—Armando.

—Déjame explicarme.

—Lo has dejado muy claro.

—Lo único que tengo claro es que no quiero esto.

—No me quieres en tu vida.

—Me encanta que estés en mi vida, Estela, pero no quiero novia. —Yo tampoco quería un novio, no obstante, aquello me dio ganas de llorar y de irme a mi casa. Corriendo, como alma que lleva el diablo. Aquello y las putas fotos.

—Lo dijiste el primer día. No quieres responsabilidades.

—Y de eso hace… ¿cuánto? ¿Un mes y medio? ¿Dos meses?

—¿Soy una responsabilidad para ti?

—En algunos momentos sí. —Se me hundió el pecho—. Y tú esperas cosas de mí.

—¿Alguna vez te he pedido algo?

—Lo harás y yo… no te lo daré. —Tragué con dificultad—. No te voy a dar más de esto. —Di un paso hacia atrás—. Estela. —Me giré y fui hasta el dormitorio. Me vestí sin ropa interior. Que se la quedara—. ¿Qué haces?

—No me encuentro muy bien. He debido comer algo en mal estado.

—Estela… —Puso un brazo en jarra.

—Lo digo en serio.

—Estás huyendo.

Me puse los pantalones anchos grises y la blusa negra.

—No huyo, Armando. Tú no quieres que esté aquí. —Me guardé que su exmujer sí seguía en ese piso, dentro de un armario.

—Yo no he dicho eso.

—Da igual. —Pasé por su lado—. Hablamos mañana. U… otro día. No tenemos ninguna responsabilidad. —Cogí el bolso de la mesa del salón, abrí la puerta y salí sin dar un portazo.