52 CUANDO MORIR LO SIENTES COMO UN ACTO DE AMOR DEL UNIVERSO
Estela
Para delincuente no he nacido, y reparé en ello desde que subía las escaleras del bloque del diablo para ir a casa de Armando. Trataba de no hacer ruido y hacía el doble de lo necesario. El bolso golpeaba la pared, las llaves sonaban demasiado, un escalón (que ni de madera era) crujía.
Acababa de cerrar la puerta de casa de mis padres y, claro, en vez de para abajo, tenía que dirigirme hacia arriba. Contuve la respiración y…
— ¡ESTELA! ¡NO TE OLVIDES LOS TUPPERS MAÑANA! —gritó mi madre.
Cerré los ojos.
—Matarme ahora sería un gesto precioso del universo —murmuré.
La risa de Armando sonó al otro lado de la puerta incluso antes de que abriera.
Y juro que el pecho me reaccionó de una forma completamente ridícula.
Porque una cosa era pasar tiempo con él.
Y otra muy distinta era esto. La sensación de que alguien te espera.
Abrió la puerta todavía sonriendo y sin camiseta.
—Estas son las bienvenidas que a mí me gustan. —Lo miré de arriba abajo, sin disimulo. Su cuerpo me gustaba, y mucho.
—Solo me quieres por mi cuerpo —soltó, sin perder el gesto divertido en el rostro.
—Te asustaría que te quisiera, sin más —recité sin pensarlo.
—Mucho. —Lo dijo con simpleza, pero fue una red flag (otra) en toda regla. Mea culpa.
—Menos mal que no es así.
—Entra, tonta. Este cuerpo es tuyo.
—¿Solo mío? —Fue una pregunta sin más, pero me hubiera gustado saberlo.
Me agarró por la cintura, me pegó a él y me besó. Qué rico estaba Armando y cómo me ponía. Con solo olerlo me calentaba.
—Tu madre da muchísimo miedo.
—Bah, no tanto.
—La he escuchado desde aquí.
—Estas paredes son de cartón.
—Pues no grites, porque pienso follarte como a ti te gusta.
—¿Y cómo me gusta?
—Fuerte. —Asentí y volvimos a besarnos—. Eso está hecho. Después no te quejes —susurró sobre mi boca, con la mano en mi cintura, apretándola.
—¿Has escuchado alguna queja por mi parte?
—Voy a escuchar gemidos.
—Tápame la boca con la mano.
Armando estaba descalzo. Tenía la cara relajada, esa que se le quedaba cuando permanecía tranquilo de verdad y, durante un segundo completamente irracional, pensé que ojalá pudiera verlo así siempre. Y sentir sus besos, sí, eso también.
—¿Y el café? —murmuré contra su boca.
—¿Qué café?
—El plan era tomar café.
—Claro. Importantísimo el café ahora mismo.
Me reí y él aprovechó para besarme otra vez, más despacio esta vez. Y ahí estaba. La sensación de perder un poco el sentido común cada vez que me tocaba.
Me atrapó contra la pared del recibidor.
Sus manos enmarcaron mi rostro mientras su boca devoraba la mía con una pasión que me dejó sin aliento.
Sabía a deseo contenido, a ese fuego que llevábamos alimentando desde hacía semanas.
Gemí suavemente contra sus labios y respondí con la misma intensidad, con mis dedos apretando su cuello.
—No puedo esperar —murmuró contra mi boca, su voz ronca y cargada—. Llevo todo el día pensando en ti.
Yo tampoco podía. El bolso se me cayó al suelo y mis manos volaron a su camisa, tirando de ella para acercarlo más.
Nos besamos como si el mundo se fuera a acabar, tropezando hasta caer en el sofá.
Armando se colocó encima de mí, presionando su cuerpo firme contra el mío.
Sus manos recorrieron mis curvas con avidez: bajaron por mis costados, se colaron bajo mi blusa y acariciaron la piel desnuda de mi cintura.
Desabrochó los botones con dedos hábiles y apartó la tela, exponiendo mi sujetador de encaje.
Su boca descendió por mi cuello, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos suaves que me hicieron arquearme contra él.
—Armando… —suspiré, sintiendo cómo mi cuerpo respondía al instante, calentándose y humedeciéndose.
Le quité la camisa y admiré su torso ancho, los músculos definidos que ya conocía tan bien pero que nunca dejaban de fascinarme.
Mis uñas recorrieron su pecho y su abdomen hasta llegar al cinturón.
Lo desabroché con prisa y bajé la cremallera, liberando su erección.
Estaba duro, caliente y listo. Lo acaricié con la mano, disfrutando del gruñido grave que escapó de su garganta.
Él, a su vez, subió mi falda hasta la cintura y apartó mis bragas a un lado.
Sus dedos me encontraron ya empapada. Dos de ellos se deslizaron dentro de mí con facilidad, moviéndose con ese ritmo experto que me volvía loca.
Su pulgar dibujaba círculos perfectos sobre mi clítoris mientras su boca succionaba uno de mis pezones por encima del encaje. El placer me atravesaba.
—Así… Sí…
No aguantamos mucho más. Me incorporé, lo empujé para que se sentara en el sofá y me subí a horcajadas sobre él.
Aparté mis bragas completamente y guie su miembro grueso hacia mi entrada.
Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba por completo.
Ambos gemimos al unísono. La sensación era exquisita: esa plenitud profunda, el roce íntimo, la calidez de su piel contra la mía.
Empecé a moverme. Primero lento, saboreando cada subida y bajada, girando las caderas para sentirlo en todos los ángulos.
Armando sujetaba mis caderas con fuerza, guiándome, levantando las suyas para encontrarse conmigo en cada embestida.
Mis pechos rebotaban delante de su rostro y él los atrapaba con la boca, succionando y mordiendo suavemente mientras yo aceleraba el ritmo.
—Dios, Estela… estás tan apretada, tan mojada —gruñó contra mi piel.
El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el salón: húmedo, obsceno y excitante.
Mis gemidos se volvían más altos, más desesperados.
Sentía el orgasmo acercándose, tensando cada músculo de mi interior alrededor de él.
Armando debió notarlo, porque una de sus manos bajó hasta mi clítoris y lo frotó con rapidez.
Me corrí con fuerza, contrayéndome alrededor de su pene mientras el placer me recorría.
—Armando… —Grité su nombre, temblando sobre él, pero Armando no se detuvo. Me sostuvo con fuerza y siguió embistiéndome desde abajo, prolongando mi orgasmo hasta que casi no pude respirar.
Sin salir de mí, se levantó del sofá conmigo en brazos.
Mis piernas rodeaban su cintura y su miembro seguía enterrado profundamente.
Caminó unos pasos hasta la mesa del salón, amplia y sólida de madera oscura, y me sentó sobre ella.
Apartó un jarrón de un manotazo y me tumbó de espaldas.
La madera fría contra mi piel caliente contrastó deliciosamente.
—Van a escucharnos —apunté.
—Me da igual.
Me abrió más las piernas, sujetándolas por los muslos, y volvió a penetrarme con una embestida.
Desde este ángulo entraba más profundo, rozando puntos que me hacían ver estrellas.
Sus caderas golpeaban contra mí con un ritmo firme y constante, cada vez más rápido.
Mis pechos se movían con cada impacto y él los miraba fascinado, y subió una mano para pellizcar mis pezones.
—Quiero verte correrte otra vez —dijo con voz ronca, sin dejar de follarme con esa intensidad controlada y elegante que lo caracterizaba.
Sus dedos volvieron a mi clítoris, frotando con precisión mientras su pene entraba y salía de mí una y otra vez.
El placer era abrumador. Me agarré al borde de la mesa, mis nudillos blancos, y sentí cómo el segundo orgasmo se construía con rapidez.
Cuando llegó, fue aún más intenso: grité, arqueándome sobre la mesa, mi cuerpo convulsionando alrededor de él.
Armando no aguantó mucho más. Con unas cuantas embestidas profundas y poderosas, se derramó dentro de mí con un gemido largo y gutural, pulsando con fuerza mientras su placer se mezclaba con el mío.
Se dejó caer sobre mí, apoyando los antebrazos a ambos lados de mi cabeza, y me besó con ternura, aún dentro de mí.
Nuestras respiraciones agitadas fueron calmándose poco a poco. Sus dedos acariciaban mi cabello con suavidad y yo recorría su espalda con las yemas de los míos, sintiendo los músculos aún tensos.
—No llegamos ni al café —murmuré con una risa entrecortada, besando su mandíbula.
Armando sonrió contra mi piel y me miró a los ojos con esa calidez que me derretía.
—Podemos tomarlo después… y quizás repetir esto en la habitación más tarde —susurró, rozando sus labios contra los míos.
Me besó de nuevo, más lento esta vez, lleno de esa emoción creciente que ambos sentíamos. Sobre la mesa del salón, con la falda aún subida y el cuerpo lleno de él, supe que, por mucho que intentáramos controlar lo que sentíamos, cada encuentro se volvía más intenso, más profundo y más nuestro.
Me miró, me miró como se mira algo que te gusta mucho, que te atrae y estás desando tocar, disfrutar, acariciar, quedártelo. Nosotros siempre empezábamos bromeando, pero después todo cambiaba. Debajo de lo ligero, fácil y divertido había otra cosa más profunda.
El problema nunca fue acostarme con él, sino lo feliz que me hacía antes y después también.
—¿Me haces un favor? —preguntó Armando desde el baño.
—Depende. —Alcé la cabeza sentada en el sofá, casi desnuda—. No voy a bajar así a comprar cervezas.
—Ah ¿no? —Asomó la cabeza por la puerta.
—¡No!
Se echó a reír.
—Necesito el cargador del portátil. Está en la habitación de invitados.
—¿Dónde?
—En el armario. Creo que detrás de unas cajas.
—Creo… Eso está muy bien. —Me levanté.
—Es que soy un hombre. Bastante hago con saber que existe un armario.
Negué con la cabeza sonriendo, porque él no era así. Lo tenía todo controlado.
—Algún día morirás porque no encuentres algo delante de tus narices.
—Ese día también te llamaré.
—Estarás muerto. —Pasé por la puerta del baño y lo vi poniendo crema de dientes en el cepillo.
Entré en la habitación todavía riéndome.
Era pequeña. La utilizaba casi como un trastero.
Estaba la bicicleta cubierta con una camiseta, una maleta abierta, varias cajas de herramientas y un armario donde convivían, sin ningún orden aparente, ropa de invierno, cables, una mochila de montaña y una pelota de fútbol.
Empecé a apartar cosas.