51 CUANDO RECOGER UNA BICICLETA SE CONVIERTE EN OTRO ADIÓS
Armando
La conversación con Lucía terminó bastante mejor de lo que empezó.
Lo cual no era difícil, teniendo en cuenta que empezó con ella diciéndome que llevaba meses sintiendo que yo “desaparecí incluso antes del divorcio” y yo respondiendo que esa frase sonaba exactamente a alguien que llevaba demasiado tiempo yendo a terapia.
No fue una discusión fea. Solo triste. De esas donde dos personas intentan explicarse cosas que probablemente llegan demasiado tarde.
La bicicleta seguía apoyada en el trastero, cubierta de polvo y con una rueda desinflada. La miré unos segundos mientras Lucía rebuscaba unas llaves y pensé que aquello se asemejaba bastante a nosotros: algo que había funcionado durante mucho tiempo y que un día simplemente dejó de avanzar.
Antes de irme nos abrazamos. Yo lo hice por cariño, ella por amor, y esa diferencia nos hizo daño a los dos. Nos conocíamos demasiado bien como para fingir indiferencia.
Cuando salí de allí, sentí alivio, y eso me dijo muchas cosas.
Llegué al barrio todavía pensando en todo aquello, con la bicicleta metida a presión en el maletero y la cabeza llena de conversaciones pendientes conmigo mismo. Hablaba con David por teléfono y escuchaba cómo me contaba que Zoa le gustaba y no pensaba negarlo.
—Pues no lo niegues, tío —reí.
—¿Qué haces? ¿Nos tomamos una cerveza? ¿Por qué no has ido al gym? Ni me has avisado.
—Quedé con Lucía.
—¿Ya estás metiendo la pata otra vez? —Él pensaba que no debía quedar con ella, que la confundía, que, aunque yo tenía las cosas claras, ella no tanto.
—No es eso. Me llamó para que fuera a recoger la bici. La estoy sacando… —La levanté—… del puto coche.
—Pero si hace años que no la coges.
—Le molestaba en el cuartillo.
—Armando, Lucía quería verte y no sabía cómo. Eso lo sé hasta yo que soy retrasado en el amor.
—Ojalá Zoa te enseñe bastante. —Reímos de nuevo. Cerré el coche y me dirigí hacia el portal.
—¿Y la cerveza?
—Es lunes. Tengo cosas que hacer.
—¿Poner una lavadora?
—Eso también. —Fue entonces cuando la vi. Estela estaba de pie junto a Susana. Y fue ridículo el vuelco que me dio el cuerpo.
Ridículo y demasiado evidente.
Porque llevaba toda la tarde sintiéndome raro, dándole vueltas a cosas que no quería pensar demasiado… y bastó verla riéndose de algo, moviendo las manos mientras hablaba con una cerveza en la otra, para que se me relajara el pecho.
Eso no podía ser normal.
O sí.
No tenía ni puta idea ya.
Intenté disimular la sonrisa cuando me acerqué, pero fracasé estrepitosamente.
—Mira quién viene —cantó Susana inmediatamente—. El vecino sexi.
—Buenas tardes para ti también —respondí.
Estela levantó la vista hacia mí. Y ahí estaba otra vez esa sensación. La de llegar a un sitio y encontrar exactamente a la persona que querías encontrar sin habértelo dicho siquiera.
—Qué bici más bonita —anotó ella.
Solté una risa.
—Ha vivido demasiadas cosas esta bicicleta.
—Como nosotras —intervino Susana de manera muy dramática llevándose la mano al pecho—. Mujeres rotas por el patriarcado.
—Habla por ti.
—No me dejes sola en esta lucha.
—Revélate.
Apoyé la bici contra la pared e intenté comportarme como una persona normal ante Susana, que hablaba sin respirar prácticamente. Pero era imposible concentrarse demasiado teniendo a Estela delante mirándome así. Con esa sonrisa pequeña medio contenida.
—¿Entonces ya sois novios o todavía seguís haciendo el ridículo? —interpeló Susana de repente.
Estela soltó una carcajada inmediata. Yo casi me atraganto.
—Susana, por favor —protestó ella.
—¿Qué? Si en este edificio sabemos todo antes que Hacienda.
Me reí bajando la cabeza un momento. Y noté a Estela mirándome.
—Relájate —propuso divertida—. No hace falta que disimules delante de Susana. Ya lo sabe.
—¿Lo sabe exactamente o lo intuye y se ha inventado el resto?
Susana levantó la cerveza.
—Tengo imaginación y tiempo libre. Mala combinación.
Estela empezó a reírse otra vez y yo me descubrí haciendo exactamente lo mismo solo porque ella se reía.
Mierda.
—Nos vio subir el otro día —explicó Estela.
—Fuimos muy ruidosos.
—Nunca os he escuchado follar. Podéis estar tranquilos. —Casi se le cae la cerveza al suelo con los aspavientos de las manos.
Estuvimos un rato hablando los tres. Hasta que el móvil me volvió a sonar y me disculpé.
—Es mi madre. ¿Me llamas ahora y nos tomamos ese café? —manifesté a Estela.
—Tengo que despedirme de mis padres y subo.
—¡Yo la cubro! —Susana se levantó de golpe y casi se cae.
Entré en el bloque descolgando el teléfono y riéndome.
—Dime, mamá. —Cogí la bicicleta en peso y subí los escalones.
—¿Encontraste eso?
—¿Qué? —No sabía de qué me hablaba.
—Armando, para una cosa que te pido. Tener un hijo para esto.
—Mamá, tengo mil cosas en la cabeza y…
—Y una mujer.
—¿Qué? —No supe a qué se refería. Porque si me hablaban de mi mujer, mi mente asociaba a Lucía. Normal, supongo.
—Si has conocido a alguien.
—Eh…
—¡Y no me lo cuentas!
—No hay nada qué contar. —Sí había, pero verbalizarlo, y encima a mi madre, lo convertía en algo mucho más real, y no es que no lo fuera, es que yo me negaba a verlo.
Fui un necio y bastante idiota. Abrí la puerta y metí la bici en el salón.
Vi las gafas encima de la mesa y lo recordé—. Mamá, sí, las gafas las tengo yo.
—Pues tráelas mañana. Cenas y me cuentas.
—¿Que te cuente qué?
—Lo de esa mujer.
—Puede ser una chica joven.
—Tú las prefieres mayores.
Me hizo reír.
Hablamos unos minutos sobre mi padre y sus ganas de irse a vivir al campo y criar ovejas y cerdos y nos despedimos. El timbre sonó cuando me cambiaba de ropa. Abrí a Estela sin camiseta.
—Estas son las bienvenidas que a mí me gustan. —Sonrió.
—Solo me quieres por mi cuerpo.
—Te asustaría que te quisiera, sin más.
—Mucho.
—Menos mal que no es así.
—Entra, tonta. Este cuerpo es tuyo.
—¿Solo mío?
La agarré por la cintura, tiré hacia mí y la besé. Me gustaba su boca, su sabor, su olor y… cómo me hacía sentir. Y pensé algo muy simple: Con Lucía había compartido vida. Con Estela sentía ganas de vivirla.