Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 50 CUANDO A TU MADRE NO SE LE ESCAPA NADA
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50 CUANDO A TU MADRE NO SE LE ESCAPA NADA

Estela

Mi madre era capaz de convertir cualquier gestión administrativa en una película de suspense.

—Te digo yo que esto no está bien —insistió por cuarta vez, sentada frente a la mesa del salón con las gafas al borde de la nariz y tres carpetas abiertas—. Aquí falta un sello.

—Mamá, no falta ningún sello.

—Pues parece que falta.

—Porque tú crees que a todo en esta vida le falta un sello.

Mi padre levantó la vista del periódico.

—Tu madre sería feliz viviendo dentro de una gestoría.

—Y tú serías feliz viviendo dentro de un bar —disparó ella.

—Correcto.

No pude evitar reírme y me senté junto a la mesa a revisar por tercera vez unos papeles relacionados con no sé qué impuesto que mi madre llevaba dramatizando desde hacía dos semanas.

Mi madre daba vueltas por la casa, mi padre leía el periódico y se levantaba de vez en cuando porque preparaba la cena y yo trataba de concentrarme en número y documentos y miraba el móvil más veces de las necesarias.

Pero nada. Armando no había vuelto a escribirme.

Y me fastidiaba un poco más de lo que quería admitir.

No porque desconfiara de él. Era algo más incómodo.

La conciencia. Porque las exparejas no desaparecen simplemente cuando alguien firma un divorcio.

Siguen existiendo en sitios pequeños: bicis olvidadas, hospitales, llamadas inesperadas, costumbres que tardan en romperse.

Y quizá precisamente por eso yo tenía tan claro que intentar ser amigos justo después de separarse era peligrosísimo.

No imposible. Pero sí complicado. Sobre todo para quien todavía no hubiera terminado de irse emocionalmente.

Y no sabía si ese alguien era Lucía, Armando o los dos.

El problema era que no podía decirle nada de eso sin sonar celosa.

Además, sabía que esa parte de su vida no me concernía a mí.

—¿A ti te pasa algo? —afirmó mi madre, que había nacido bruja.

—¿Qué? —Levanté la cabeza.

—A mí no me engañas —siguió.

—Mamá, estás chocheando.

—¿Tú crees que esa es forma de hablar a tu madre? —No me dio una colleja de milagro—. Llevas mirando el móvil toda la tarde.

Mi padre ni siquiera apartó la vista del periódico.

—Tiene novio y no nos lo ha dicho.

—Papá.

—¿Qué? Tengo ojos.

—No tengo novio. —No mentí.

—Claro que sí —intervino mi madre inmediatamente—. ¿Quién es?

—Nadie. ¿Puedo seguir? Tengo que volver a casa.

—Pero… ¿estás bien? —se preocupó mi padre.

—Claro que sí. No pasa nada.

—Escúchame bien porque tengo experiencia. —Mi padre vino hacia mí—: cuando una mujer empieza a decir “no pasa nada” demasiadas veces, normalmente sí pasa.

Cuánta razón llevaba. Lo había dicho decenas de veces durante varios años, cuando me llovían hostias por todos lados, tantas que ni las veía venir.

Después de un divorcio, por muy bien que quieras hacer las cosas, te equivocas; por poco daño que desees hacer, lo haces; aunque evites que entren otras personas en el proceso, entran sin permiso, porque además hay amigos que creías que eran eso, amigos, y nada más lejos de la realidad.

Dije muchas veces eso de “no pasa nada” cuando pasaba de todo, me costaba respirar algunas mañanas y dormir por las noches.

Pero ser madre te da un superpoder: el de superar cualquier situación, no solo por ti, sino por esa otra persona. Porque es que no te queda otra.

—Tu padre lleva razón.

—Carmen, ¿me das la razón? —Se le cayó el periódico al suelo—. Tómate la tensión. A ver si te está dando otro ictus.

—Sois de lo que no hay.

—El amor es así —apuntó mi padre.

No pude discutirle eso.

Bajé un rato al portal para tirar unas cajas de documentación viejas porque mi madre decidió de repente que “acumulábamos demasiado papel” cinco minutos después de guardar recibos del año 2004 “por si acaso”.

Y ahí estaba el bloque. El ecosistema salvaje de Chamartín. Susana sentada en una silla plegable con una cerveza en una mano y un cigarro en la otra. Y Rebeca apoyada contra la pared mirando el móvil con el ceño fruncido.

—¡Nena! —gritó Susana en cuanto me vio—. No te he visto llegar.

—Es raro, pero esto estaba muy solo.

—Muy poco vigilado. Se me pasan las mejores —soltó, y sonrío.

—A ti no se te escapa nada.

—Eso es muy cierto. —Me guiñó un ojo y dio un trago a la cerveza—. Tómate una.

—Voy a tirar esto y vuelvo. —Tres minutos después, seguían en el mismo sitio, pero ahora tenían más cervezas. Susana me dio una—. Gracias, la necesito.

—¿Están tus padres bien? Estuve con tu madre esta mañana.

—Sí, sí. Trabajo y más trabajo. Y vengo aquí y me hacen trabajar. Supongo que estoy pagando lo mal que me porté de pequeña —ironicé.

—¿Cómo te va?

—Bien, por qué voy a quejarme. —Señalé a Rebeca—. ¿Qué le pasa? —Se alejó con el móvil en la oreja.

—Está quedando con alguien. Creo que van a verse esta noche. Por lo visto… Armando pasa de ella de verdad. Desde hace un tiempo ya. Está enfadada, no le ha hecho mucha gracia. Pero luto… Luto no le guarda.

—No tiene por qué.

—¿Y a ti cómo te va? ¿Terminas viviendo con cinco gatos?

¿Cinco gatos? No estoy tan loca. ¿O sí?

—Bastante tengo ya con Álvaro.

—Acércate, que tengo que decirte algo —bajó la voz. Me agaché un poco a su lado—. Te he visto subir con Armando. No me tomes por tonta.

Lo único que me sorprendió fue que hubiera tardado tanto en enterarse.

—Hemos quedado, pero no digas nada. No quiero que Rebeca se entere.

—Deberías decírselo tú.

—Mi vida privada no es un boletín oficial.

—No es por eso. A ella le sigue gustando. Si se entera de que está contigo, se enfadará. Sobre todo porque no se lo has dicho.

—No somos amigas para eso.

—Para ella sí eres su amiga.

Fruncí el ceño.

—¿Lo sabe?

—Ella sospecha algo. Desde la noche que nos tomamos los cuatro las cervezas en las escaleras. Es que se os notaba desde lejos. No eráis desconocidos. Me ha preguntado. Le he dicho la verdad, que no sabía nada.

—Vas a seguir sin saberlo. Más por ti que por mí.

Rebeca volvió y me preguntó cómo me iba. Ella estaba rara, y no me extrañó después de la pequeña conversación con Susana.

—Bien, por fortuna. ¿Y tú?

Me contó que había cambiado de trabajo, que ahora ganaba un poco menos pero tenía más tiempo libre. Mientras hablaba, un chico de unos treinta años giró la esquina, nos vio y se detuvo a unos metros.

—Me marcho —indicó Rebeca—. Tengo planes.

—Va a follar —bromeó Susana.

—Hace bien. Disfruta. —La despedimos, entraron y los perdimos de vista.

—¿No se lo vas a decir? —inquirió.

—No —afiancé mi respuesta con la cabeza—. Lo de Armando no va a durar —dije la verdad—. Es una tontería —mentí—. Y no voy a crear un problema en el bloque por algo sin importancia.

—Haz lo que creas más oportuno. Ya sabes que no voy a decir nada.

—Lo sé. —Brindamos.

En ese momento apareció Armando al final de la calle. Y juro que el cuerpo me reaccionó antes que la cabeza.

Lo vi acercarse hablando por teléfono, con una bolsa colgada del hombro y empujando una bicicleta.

Susana sonrió como una hiena que acaba de detectar sangre.

Y yo pensé una cosa horrible. Que quizá el amor empieza exactamente ahí.

En el instante preciso en que alguien aparece a lo lejos…

y tú ya no consigues actuar completamente normal.