Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 49 CUANDO NADA ES NORMAL
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49 CUANDO NADA ES NORMAL

Estela

Descubrí que Armando me gustaba demasiado mientras corregía una campaña de yogures probióticos (y me recordó a él) y Samuel discutía con la impresora y la maltrataba (y me acordé de cuando follábamos -sin comentarios-).

—Te estoy diciendo que esto no es normal —protestó él, y golpeó la máquina—. Tiene algo personal contra mí.

—La impresora sabe cosas —murmuró Zoa sin apartar la vista de la pantalla.

—¿Qué cosas?

—Que llevas pantalones beis, un gusto pésimo.

Samuel giró la cabeza lentamente.

—El beige es elegancia europea.

—El beige te lo pones cuando vas a firmar un divorcio amistoso.

Solté una risa sin querer mientras removía el café ya frío que llevaba olvidado casi una hora encima de la mesa.

La oficina estaba especialmente caótica aquella mañana.

Teléfonos sonando, gente entrando y saliendo de las salas de reuniones, alguien gritando desde el otro lado que “el cliente no puede querer más azul porque ya parece un anuncio de dentífrico”.

Y yo ahí sentada pensando en cómo Armando había salido de mi casa aquella mañana besándome el hombro antes de irse. Porque los recuerdos importantes no siempre se quedan de escenas grandes, sino de una mano en la espalda al pasar por la cocina, una risa, un “te veo luego”, “pasa un buen día”…

—Vale, te pasa algo —notó Zoa de repente.

—¿Qué?

—Llevas sonriendo sola diez minutos. No lo niegues, por favor. Darío y yo llevamos observándote desde hace rato como si fueras un documental de apareamiento.

—Confirmo. —Nuestro compañero levantó la mano.

—Estáis enfermos.

—Y tú enamorada —disparó Zoa directamente.

El pecho me dio un golpe pequeño y molesto.

—¡No estoy enamorada!

Zoa arqueó una ceja.

—Vale. Entonces dime una cosa.

—¿Qué?

—¿Cuántas veces has mirado el móvil en la última hora?

—Porque tengo conversaciones con clientes.

Zoa soltó una sonrisa lenta, de amiga que ya sabe exactamente lo que está pasando antes incluso de que tú lo admitas.

—Ahí está. El engaño. Hacia ti misma y hacia nosotros, tus amigos y compañeros.

Me dejé caer contra el respaldo de la silla.

—Es que… no sé qué me está pasando.

—Claro que lo sabes.

—No, Zoa. Hablo en serio.

—¿Te hace feliz?

—Sí —suspiré.

Zoa apoyó el codo sobre la mesa.

—Pues ya está.

—No, no está. Armando acaba de separarse. Yo le saco quince años. Él dice que no quiere una relación seria. Yo sí sé cómo terminan estas cosas.

—¿Y cómo terminan?

Me reí sin humor.

—Fatal.

—Todas las historias terminan fatal si las analizas suficiente tiempo.

Samuel apareció entonces con la impresora derrotada detrás.

—¿Estamos hablando del vecino sexi?

—Estamos hablando de que Estela está entrando en terreno pantanoso —respondió Zoa—. El hombre da igual.

—Y que voy a caerme con todo el equipo —parafraseé a mi hijo.

—A nosotros no nos hundes contigo —indicó mi amiga, y le lancé un bolígrafo.

—Me has entendido perfectamente.

Samuel se sentó encima de la mesa cruzándose de brazos.

—Yo solo quiero recordar una cosa importante.

—Temo preguntar.

—Que llevabas mucho sin mirar así el móvil. Sin sonreír como una tonta, sin suspirar cada cinco minutos.

—Yo no suspiro. Respiro. ¿Qué hago? ¿Me muero?

—No te mueras. Hoy nos pilla fatal —aseguró Samuel.

El teléfono vibró justo entonces. Y los tres miramos la pantalla como idiotas.

Zoa abrió muchísimo los ojos.

—¿Es él?

—Os odio.

—Es él —confirmó Samuel—. Mira la cara que ha puesto.

Cogí el móvil intentando parecer una persona estable.

Fracaso absoluto.

Armando:

Acabo de ver a un señor hacer abdominales en el parque fumando.

—Jajaja. —Se me escapó una risa y mis compañeros aplaudieron—. Sois gilipollas. Voy a despediros.

Yo:

Madrid sobrevive a base de gente mentalmente inestable.

Armando:

Te mando foto porque creo que es tu alma gemela.

Un sticker: un mapache gordo cayéndose de una silla.

Me tapé la boca riéndome.

—Madre mía… —murmuró Zoa—. Estás perdidísima.

—Y tú despedida.

Yo:

Respeta al mapache.

Está luchando por sus sueños.

Armando:

Igual que yo cuando intento entender las reuniones de mi trabajo.

Otro sticker. Esta vez un pingüino golpeándose contra una pared.

Solté una carcajada tan fuerte que Samuel señaló mi móvil.

—Ahí. Ahí está el enamoramiento. Cuando alguien te manda animales humillándose y tú quieres casarte.

—No quiero casarme con nadie.

—Todavía.

—Tú también estás despedido.

Zoa seguía observándome. Y cuando Samuel volvió a pelearse con la impresora, habló más bajo.

—¿Te da miedo porque te gusta mucho? —Miré otra vez el móvil. La conversación absurda. Los stickers ridículos. La facilidad con la que Armando conseguía hacerme reír incluso en mitad de un lunes de trabajo—. Estela. ¿Puedo decirte algo?

—Suéltalo.

—Las personas peligrosas nunca llegan haciendo daño, sino haciéndote sentir bien.

El móvil volvió a vibrar mientras Samuel seguía intentando imprimir algo que claramente la impresora había decidido no imprimir jamás.

Armando:

Acabo de salvar al señor de los abdominales inexistentes. Estaba haciendo flexiones al lado de una fuente ornamental.

Negué con la cabeza riéndome.

Yo:

Madrid necesita más psicólogos y menos gimnasios.

Armando:

Y tú menos mala leche los lunes.

Yo:

Imposible. Es mi personalidad.

Armando:

¿Qué haces esta tarde?

La pregunta me hizo sonreír de una forma un poco más tonta de la necesaria. Porque últimamente empezaba a pasarme eso: que cualquier plan con él mejoraba automáticamente el día aunque fuera algo tan simple como un café rápido.

Zoa seguía observándome.

—No soy un documental de la dos.

—Mejor, no me gustan. No los he visto nunca. Esto es mucho mejor.

—No pienso darte detalles.

—No te los he pedido.

Volví al chat.

Yo:

Voy a casa de mis padres luego.

Podríamos tomarnos un café rápido si sobrevivo a mi madre criticando algo de mi vida durante dos horas.

Armando:

Planaz o .

Aunque esta tarde tengo que pasar antes por casa de Lucía a recoger mi bici.

Y ahí ocurrió. Algo pequeño. Breve, pero incómodo.

No exactamente celos. O quizá sí. No supe ponerle nombre.

Solo sentí una especie de pinchazo absurdo debajo del pecho, rápido, molesto, completamente irracional y, aun así, real.

Porque ese es el problema de las relaciones sin nombre.

Que nadie te explica qué puedes sentir y qué no.

Qué límites se pueden cruzar y los que no.

Y automáticamente aparecieron imágenes en mi cabeza que ni siquiera quería imaginar: ellos hablando tranquilos, recordando cosas, moviéndose dentro de una intimidad antigua que yo no compartía.

Me molestó. Pero sobre todo me molestó que me molestara. Porque Armando no estaba haciendo nada malo. Absolutamente nada. Y aun así…

—¿Qué ha pasado? —inquirió Zoa.

—Eh… Nada. —Dejé el móvil a un lado sobre la mesa.

—Algo te ha molestado y finges que no.

—Me molesta que me conozcas tanto.

—Es lo que tiene llevarnos tantas horas juntas.

Miré otra vez el móvil. Y respiré antes de responder. Porque no quería convertirme en una mujer insegura por una relación que ni siquiera sabía qué era exactamente todavía. Aunque era precisamente por esto.

Yo:

Vale. Avísame si te apetece cuando termines y si sigo allí, nos lo tomamos.

Armando:

Tú quieres violarme.

Yo:

Tus ganas.

Armando: Envió dos stickers. Uno que decía “No, no, no” de Homer Simpson. Y otro del mismo personaje con la frase: “Bueno, sí”.

Yo:

Jajajaja.

Después hablamos.

Voy a currar.

Armando:

Yo también.

No pienses demasiado en mí.

Yo:

No lo hago.

Armando:

Sabes que sí.

Pero lo niegas.

Yo:

Te pasa a ti y crees que me pasa a mí.

Armando:

Porque es así.

Yo: Hasta luego.

Armando:

Hasta luego, desastre.

Miré el final de la conversación unos segundos. Aquello comenzaba a importarme de verdad, de una forma donde ya no todo me daba igual y eso cambiaba las reglas aunque ninguno de los dos hubiera hablado de ello todavía.