Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 48 CUANDO PENSAR EN ELLA SE CONVIRTIÓ EN DEPORTE OLÍMPICO
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48 CUANDO PENSAR EN ELLA SE CONVIRTIÓ EN DEPORTE OLÍMPICO

Armando

Nos quedamos un rato más enredados entre las sábanas, respirábamos despacio, todavía medio dormidos. Estela tenía la cabeza apoyada sobre mi pecho y dibujaba líneas absurdas con el dedo sobre mi estómago mientras yo miraba el techo e intentaba no pensar demasiado.

Fracaso absoluto.

Con ella pensar demasiado se había convertido en deporte olímpico.

—¿Sabes qué he descubierto? —murmuró.

—Que soy increíble. —Me dio un pellizco—. Ilumíname.

—Roncas un poco. —Giré la cabeza lentamente hacia ella—. Roncas —reafirmó.

—Eso es mentira.

—Haces así —hizo un ruido extraño con la boca.

—Eso no es ronquido.

—Es que no me sale igual. Eres el Pato Donald.

—No quería decírtelo por ser elegante, pero tú eres un bulldog asmático.

Se rio tan fuerte que yo terminé riéndome.

Escondió la cara contra mi pecho y su aliento me calentó la piel.

Y otra vez esa sensación de felicidad simple y absurda, pequeña, muy pequeña.

Porque nadie te avisa de que enamorarte de verdad casi nunca ocurre en los grandes momentos.

Sucede aquí. En una cama deshecha un lunes a las seis y media de la mañana mientras una mujer se ríe de tus ronquidos.

—Tengo que levantarme ya —dije finalmente.

—No.

—Lamentablemente sí.

—Jo…

—Tengo trabajo.

—Yo también y mírame. Estoy priorizando el a…

—¿Vas a decir amor? —grazné.

—No, no. Iba a decir el a…

—Amorfa.

—¿Quééé?

—Jajaja. Estás loca. —Me incorporé—. Me voy, antes de que me des un anillo.

—Uy. —Levantó una ceja de inmediato.

—¿Qué?

—Te has asustado. No he dicho nada.

—Pero ibas a hacerlo. —Cogí los pantalones—. ¿Te importa que me dé una ducha? Me encanta tu olor, pero no voy a llegar así a la oficina.

—Por favor. —Alzó la mano e hizo un movimiento—. Cobarde —susurró.

—¡Te he escuchado!

Entré al baño con una sonrisa de oreja a oreja y abrí el grifo de la ducha para despejarme la cabeza.

De nuevo, erré en el intento. Porque Estela apareció dos minutos después completamente desnuda, despeinada y con cara de sueño, se apoyó en el marco de la puerta de manera muy natural, y con probabilidad fue porque empezaba a serlo.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Ahorrar agua. Soy una ciudadana responsable.

—Eso es mentira.

—Muy de mentira. —Entró en la ducha conmigo.

Su cuerpo contra el mío bajo el agua caliente, sus manos apartándose el pelo mojado hacia atrás, la calma con la que me besó y me abrazó.

Y… me llegó el golpe, el de verdad. La imagen completa de ella en mi vida.

No una noche, no un lío, no algo pasajero.

Ella. En mi rutina. En mis mañanas, en mis domingos, en mis días…

No me disgustó, pero… me agobié un poco, y quizá fue por eso, ella me daba miedo, lo que me hacía sentir me aterraba, porque jamás me hubiera imaginado sentirme así de bien tan pronto con nadie ni plantearme otra cosa que no fuera follar de vez en cuando.

Apoyé la frente contra la pared fría de la ducha mientras Estela se reía porque acababa de tirarme el bote de champú al pie.

—Hostia.

—Perdón.

—Esto es maltrato.

—No exageres.

—Creo que me has roto un dedo.

—Qué sensible eres para medir metro noventa.

—No mido tanto. —Volví a besarla. Porque si seguía hablando iba a seguir haciéndome sentir exactamente eso que no quería sentir.

Casa.

Cuando salí del portal cuarenta minutos después, con el pelo todavía húmedo y el café que Estela me había obligado a llevarme quemándome la mano, me detuve un segundo en mitad de la acera.

El barrio despertaba despacio. Una señora paseaba un yorkshire histérico.

Un repartidor descargaba cajas. La persiana del chino subía con ruido metálico.

Me acordé de las sábanas. Sonreí. Vida normal.

Vida corriente. Y de repente me faltó el aire un instante.

Porque entendí algo que llevaba semanas intentando no mirar de frente.

Yo me había separado para recuperar mi vida.

Para sentirme libre otra vez. Para no volver a vivir atrapado dentro de una rutina que me hiciera olvidar quién era.

Y sin embargo… ahí estaba. Saliendo de casa de Estela después de pasar la noche con ella, desayunar juntos y ducharnos y reír como una pareja que llevaba años compartiendo mañanas.

Me pasé una mano por la barba lentamente. ¿Qué coño estaba pasando? Porque aquello no era lo que había buscado. No era lo que quería encontrar. Y aun así… cuando pensaba en ella, el pecho no se cerraba. Se abría.

Joder, estoy acojonado.

El teléfono sonó justo cuando iba a arrancar el coche. Me quedé mirando la pantalla unos segundos.

Lucía.

Todavía había cosas suyas repartidas por mi vida de una forma extraña.

No físicas. Nada de camisetas ni cepillos de dientes en vasos.

Me refiero a costumbres, inercia, como la sensación automática de que debía responder siempre que llamara, de preocuparme si estaba mal, de reconocer incluso el silencio que hacía antes de decir algo importante.

Descolgué.

—¿Sí?

—Hola… Perdona. ¿Te pillo mal?

Miré un momento hacia el edificio de Estela. La ventana de la cocina seguía abierta. Desde abajo alcanzaba a verla moverse dentro de casa, seguramente recogiendo algo, poniendo orden mientras tarareaba canciones que nunca se sabía bien. Y de repente aquella imagen me dio una calma rarísima.

—No, dime.

Escuché ruido al otro lado. Una puerta metálica. Algo arrastrándose.

—He estado ordenando el cuartillo y he encontrado tu bicicleta.

Se me escapó una risa pequeña.

—Pensaba que había desaparecido.

—Hace mucho que no la coges. Pero sigue aquí. —Eso también me hizo gracia. Porque era verdad. Habíamos acumulado tantas cosas durante años que algunas ni siquiera recordábamos que seguían existiendo— ¿La quieres?

—Sí, claro. Paso esta tarde y me la llevo. Si te viene bien.

—Vale.

Hubo un silencio breve después de eso. No incómodo. Nunca había sido incómodo hablar con Lucía. Ese era precisamente parte del problema. Habíamos aprendido tan bien a convivir juntos que incluso separarnos necesitaba práctica.

—¿Cómo estás? —preguntó finalmente.

Levanté la vista otra vez hacia la ventana de Estela. Y pensé en ella descalza en la cocina, riéndose mientras me obligaba a llevarme un café “porque la gente que madruga sin cafeína se duerme sobre el ordenador y eso es poco profesional”.

Sonreí sin darme cuenta.

—Bien.

—Me alegro —dijo suavemente.

—¿Y tú?

—Mejor. Mi padre está más estable. Mi madre ya ha empezado a discutir con las enfermeras, así que supongo que eso significa que todo vuelve a la normalidad.

Me reí.

—Entonces ya podéis respirar.

—Sí… Supongo que sí. —Otra pausa pequeña. Después habló más bajo—. Gracias por ayer, Armando.

Apoyé la cabeza un segundo contra el respaldo.

—No hace falta que me des las gracias.

—Sí hace falta.

Y ahí apareció otra vez esa sensación complicada de explicar. Porque yo ya no quería a Lucía como antes. Eso era verdad. Lo sabía desde hacía mucho tiempo. Pero también era verdad que había sido mi familia durante años. Habíamos crecido juntos. Aprendido juntos. Equivocándonos juntos.

Hay personas que dejan de ser tu pareja sin dejar de importar nunca del todo. Y eso no convierte a nadie en mala persona. Solo en alguien que compartió demasiada vida contigo.

—Luego paso por la bici.

—Vale. Cuídate.

—Tú también.

Cuando colgué, me quedé unos segundos quieto dentro del coche.

Pensando. Lucía había sido buena conmigo.

Mucho. Me quiso de verdad. Y yo también la quise a ella.

A nuestra manera. Con la intensidad torpe de dos personas demasiado jóvenes intentando construir una vida antes incluso de entender quiénes eran.

Pero con el tiempo empecé a sentirme raro dentro de esa vida.

No atrapado exactamente. Perdido. Me dejé de escuchar a mí mismo durante demasiado tiempo.

Con Lucía todo terminó girando alrededor de responsabilidades, horarios, estabilidad, problemas pendientes.

Alrededor de ella. Y no era culpa suya. Tampoco mía del todo.

Simplemente ocurrió. La relación empezó a ocupar tanto espacio que un día me di cuenta de que llevaba meses sin hacer cosas que me hacían sentir vivo.

Y eso da muchísimo miedo. Porque hay rupturas que nacen del desamor.

Pero otras nacen de algo todavía más triste: dejar de reconocerte dentro de tu propia vida.

Con Estela me pasaba justo lo contrario.

Ella no me hacía más pequeño para entrar.

Me expandía la vida. Con ella no sentía que tuviera que dejar cosas atrás para quererla.

No me alejaba de mis amigos. No desaparecía dentro de una rutina que me pesara encima del pecho.

Al contrario. Me reía más. Dormía mejor.

Volvía a disfrutar de tonterías que había olvidado.

Con Estela la vida no era una lista de obligaciones, sino… vida.

Y quizá por eso me asustaba tanto. Porque yo me había separado pensando que necesitaba estar solo para volver a encontrarme. Y empecé a sospechar que podía encontrarme con ella al lado.