Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 47 CUANDO LA SONRISA COMIENZA A PREOCUPARTE
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47 CUANDO LA SONRISA COMIENZA A PREOCUPARTE

Armando

¿Qué es eso? ¿El edificio se está quemando? ¿Vienen los bomberos? Es lo primero que pensé al abrir los ojos, lo juro, me saltó una alarma en el cerebro. Después entendí que algo sonaba a todo volumen, que además ardía, pero el fuego estaba dentro.

Tardé en entender que era mi despertador.

Mi móvil sonaba y vibraba sobre la mesita de noche con una insistencia criminal mientras yo intentaba recordar dónde estaba exactamente y por qué tenía el brazo dormido.

Noté a Estela encima. Literalmente encima.

Medio abrazada a mí, con una pierna cruzada sobre mi cintura y el pelo completamente desordenado tapándole media cara.

Dormía profundamente, respiraba despacio, ajena al sonido infernal del móvil y al hecho de que me había dejado sin circulación sanguínea desde aproximadamente las tres de la mañana.

Sonreí. Y eso ya empezó a preocuparme.

Apagué la alarma a tientas tratando de no moverme demasiado, pero en cuanto levanté un poco el brazo, Estela frunció la nariz y abrió un ojo.

—¿Qué hora es? —murmuró.

—Muy temprano.

—Entonces no me hables.

Volvió a cerrar los ojos inmediatamente.

Me reí bajito.

—Tengo que estar en el trabajo en una hora.

—No te vayas —soltó sin drama, aún dormida, sin intención, y eso me atravesó más de la cuenta.

La miré unos segundos. El rímel ligeramente corrido de la noche anterior, la marca de la almohada en la mejilla, la boca hinchada todavía de besos y sueño.

No había nada espectacular en ese momento.

Nada de película. Y aun así me pareció una de las imágenes más bonitas que había visto en mucho tiempo.

Porque la intimidad de verdad probablemente se parece más a esto que a cualquier otra cosa, más que mantener sexo, más que follarla como anoche, más que sentir su piel caliente contra la mía y su humedad envolviéndome.

Estela abrió otra vez un ojo.

—¿Por qué me miras así? Soy un oso panda, no me lo digas.

—Eres un payaso.

—Gracias.

—Estoy pensando…

—No lo hagas tan temprano. Es peligrosísimo.

No sabía ella cuánto.

Me reí otra vez y estiró una mano buscando mi cara a ciegas hasta tocarme la barba. Luego bajó por el pecho, el vientre y se detuvo entre mis piernas.

—Armando ya está armado.

Solté una carcajada que retumbó en las paredes, el suelo y volvió a mi cuerpo.

—¿De verdad tienes cuarenta y cinco años?

—Pero no pierdo el talento. —De nuevo, me hizo reír—. ¿Cuándo se le ocurrió a tus padres que llamarte Armando era una buena idea?

—Yo también me lo he preguntado a veces.

—Normal. Pobesito… ¿Has crecido traumado?

—Mucho, como tu hijo.

Estela rio tanto que movía la cama con las convulsiones. Me acordé de unas horas antes, de sus orgasmos, de sus mejillas sonrojadas, de su boca abierta, de sus pechos redondos y su cintura estrecha. De sus gemidos, de su piel caliente… Aún olía a sexo entre nosotros.

Se incorporó un poco para besarme y aquel beso supo exactamente a lo que era: madrugada, sueño y demasiada confianza acumulándose demasiado rápido. Y ahí volvió esa sensación. La peligrosa. La de estar demasiado cómodo.

Fue la primera vez que me dio vértigo. Porque aquello no había conllevado esfuerzo, tampoco fue amor a primera vista, aunque me había fijado en ella desde el primer momento y, como tengo una gran confianza en mí mismo, dejé que pasara el tiempo, que llegara el momento adecuado, sin perder la esperanza de conocerla de manera íntima, y lo había conseguido, sin embargo…

Besos y risas, ¿hay algo mejor que eso? Yo creo que no, y me aterraba. Porque nos besábamos, pero sin dejar de bromear, a pesar de que yo trataba de ponerme serio.

—Estoy a punto de decir algo profundo —dijo Estela.

—Te empujo fuera de la cama y salgo corriendo.

—¿Asesinato exprés?

—La fuga será aún más rápida.

—Jajaja. Eres muy idiota.

—Lo sé.

—Y no haces nada por evitarlo.

—A ti te gusto así.

—A mí me gusta tu cuerpo. —Lamió mi cuello y lo encogí haciendo una mueca. Ella me miró y se partió de la risa.

—Pareces un meme. Jajaja.

La agarré de la cintura y la coloqué a ahorcajadas sobre mi pelvis, su sexo rozó el mío, erecto.

Insisto, qué peligroso alguien que consigue hacerte reír y estremecer al mismo tiempo.

La observé con atención, a ella y a su desnudez.

—Ahora eres tú el que va a decir algo intenso —anotó bromeando.

—Eso quisieras tú.

—Pues avisa antes y me preparo, que no me lo espero. A ver si va a darme un infarto.

La besé para callarla y noté cómo se acercaba inmediatamente más a mí, buscando calor, contacto, cercanía…

como si llevara haciéndolo toda la vida.

Y eso fue lo que terminó desordenándome entero.

La naturalidad y… la paz. Porque entendía el deseo y el sexo, y lo quería, pero lo otro…

Ni me atrevía a hablarlo conmigo mismo. Estela se había convertido, de pronto, en un lugar bonito y seguro.

Despertarme en casa de alguien y sentir que no me sobraba nada. Que no estaba incómodo. Que no tenía ganas de salir corriendo inmediatamente después. Al contrario. Quería quedarme. Y no estaba seguro de qué coño significaba eso.

Follamos otra vez, o hicimos el amor, ¡yo qué sé!

Casi ni hablamos, todavía atrapados en esa calma extraña que tienen las mañanas cuando nadie tiene prisa real por volver al mundo.

La luz sutil del dormitorio, las sábanas desordenadas, su risa pequeña cuando le besé el hombro y dijo que odiaba madrugar, pero conmigo “hacía excepciones históricas”.

Y yo pensé algo todavía peor. Que empezaba a conocer exactamente qué cosas decirle para hacerla sonreír. Y que me gustaba demasiado descubrirlo.