Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 46 BESOS ININTERRUMPIDOS Y ROPA CAYENDO
43%

46 BESOS ININTERRUMPIDOS Y ROPA CAYENDO

Estela

Le quité la camiseta con lentitud y él levantó los brazos.

—Qué obediente eres cuando quieres.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde. —Me reí contra su boca y terminamos moviéndonos torpemente por el sofá, chocando con cojines, con la manta, con nuestras propias piernas. En un momento dado intenté levantarme y terminé tropezando con la alfombra.

—Joder.

Armando soltó una carcajada.

—Ven aquí.

—Estoy perdiendo muchísimo misterio.

—No tenías mucho desde lo de los yogures caducados.

—Eso fue un momento de vulnerabilidad.

—Eso es terrorismo alimentario.

—¡Pero si tú has dejado que comiéramos pepinillos caducados!—Lo empujé riéndome y él me agarró de la cintura acercándome otra vez hasta dejarme pegada a su cuerpo—. El final es morirnos.

—Y el de todo el mundo.

—Vamos a aprovechar mientras estemos vivos.

—Estoy de acuerdo con eso. —Nos besamos de nuevo.

No sé exactamente cuándo dejamos de bromear. Solo recuerdo sus manos recorriéndome la piel sin prisas.

Llegamos al dormitorio entre besos interrumpidos y ropa cayendo por cualquier sitio.

Mis vaqueros terminaron junto a la puerta.

El suyo en algún punto del pasillo. Y en medio de todo aquello seguíamos riéndonos a ratos, mirándonos demasiado, tocándonos como si todavía estuviéramos descubriendo algo nuevo.

Y quizá era eso precisamente. Que el deseo cambia cuando empiezas a conocer a alguien de verdad.

Se vuelve más íntimo, más preciso, más difícil de olvidar.

Armando me tumbó despacio sobre la cama y me observó unos segundos en silencio.

—No me mires así… —lo parafraseé.

—No puedo mirarte de otra manera —me imitó también.

Esa miniconversación me puso más nerviosa que si me desnudara.

Lo besé para romper el momento antes de empezar a pensar demasiado. Porque conmigo el problema siempre había sido ese: cuando pensaba demasiado, terminaba huyendo un poco de todo. Pero con Armando cada vez costaba más escapar.

Me di cuenta de que a la habitación la envolvía la luz de una luna plateada y que las sábanas eran de lino egipcio.

—Estás sábanas son caras… —musité, porque a veces pienso en voz alta.

—¿Qué más da?

—Yo las compro en el chino de la esquina.

—Cállate ya. —Reímos.

Armando y yo ya nos habíamos entregado varias veces antes, pero aquella noche todo era distinto, al menos a mis ojos. Cada mirada me rozaba la piel diferente, igual que a él, lo había verbalizado.

Él estaba encima de mí, sosteniendo su peso sobre los antebrazos para no aplastarme. Sus ojos oscuros me miraban con una intensidad que me desnudaba el alma. Me puse seria, nerviosa y deseosa al mismo tiempo, y enredé los dedos en su cabello negro y espeso, atrayéndolo hacia mí.

Nuestros labios se encontraron en un beso lento, cargado de familiaridad y nueva urgencia.

Sabía exactamente cómo besarme: primero suave, casi reverente, y luego más profundo, con su lengua explorando la mía con maestría.

Gemí contra su boca, arqueando la espalda para sentir su cuerpo firme pegado al mío.

Sus manos descendieron por mis costados, delineando mi cintura y mis caderas.

Enganchó los dedos bajo mi camiseta y la subió con lentitud deliberada, como si estuviera desenvolviendo un regalo que ya conocía pero que aún le fascinaba.

Cuando la tela desapareció, sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo con hambre y adoración.

—Estás buena —su voz ronca me provocó un escalofrío. Lo que dijo, una risa.

—Qué romántico.

—Es verdad.

Bajó la cabeza y capturó uno de mis pechos con la boca.

Su lengua cálida trazó círculos alrededor de mi pezón antes de succionarlo con esa presión perfecta que él ya sabía que me volvía loca.

Jadeé, clavando las uñas en sus hombros anchos.

Su otra mano atendía mi otro pecho, pellizcando y enviando descargas directas a mi vientre.

Ya estaba húmeda, preparada para él, pero Armando nunca tenía prisa.

Siguió bajando, besando cada centímetro de mi piel: el valle entre mis pechos, mi abdomen, el hueso de mi cadera. Separó mis muslos y sentí su aliento caliente sobre mi sexo. Me estremecí. La primera pasada de su lengua entre mis pliegues siempre me arrancaba un gemido largo y profundo.

Lamió lentamente, saboreándome, concentrándose en mi clítoris hinchado con círculos precisos mientras dos de sus dedos largos se hundían en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

Mis caderas se movían por voluntad propia, buscando más fricción.

Lo agarré del cabello, sin saber si quería apartarlo o apretarlo más contra mí.

—Armando… —susurré su nombre como una plegaria.

El placer se fue acumulando en oleadas intensas.

Conocía mi cuerpo tan bien que supo exactamente cuándo acelerar.

Mis muslos temblaron alrededor de su cabeza y, de pronto, el orgasmo me atravesó con fuerza.

Me contraje alrededor de sus dedos mientras el placer me recorría, dejando mi cuerpo tembloroso y mi respiración entrecortada.

Armando subió por mi cuerpo, besándome a su paso, y probé mi propio sabor en sus labios cuando me besó.

Sentí su erección, dura y caliente, presionando contra mi muslo.

Lo deseaba con una intensidad que iba más allá del puro deseo físico; quería sentirlo dentro, unido a mí de la manera más íntima posible.

Bajé sus slips y liberé su miembro. Lo acaricié con lentitud y disfruté de cómo se tensaba bajo mi palma y del gemido grave que escapó de su garganta.

—No puedo esperar más… —murmuró.

Se posicionó entre mis piernas y frotó la cabeza de su pene contra mi entrada resbaladiza, provocándome. Lo miré a los ojos, transmitiéndole todo lo que sentía sin necesidad de palabras. Entonces, con una embestida lenta y profunda, se hundió completamente en mí.

Gemimos al unísono. La sensación de plenitud era exquisita; me llenaba por completo, estirándome de esa forma tan deliciosa y familiar.

Permanecimos así unos segundos, mirándonos, respirando el mismo aire.

En ese instante sentí con claridad que me estaba enamorando de él: de su fuerza, de su ternura, de cómo me hacía sentir.

Armando comenzó a moverse. Sus caderas se mecían con un ritmo elegante, saliendo casi por completo antes de volver a entrar con profundidad.

Cada embestida hacía que mi cuerpo vibrara.

Enredé las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más adentro, y él deslizó una mano entre nosotros para frotar mi clítoris con el pulgar mientras aceleraba el ritmo.

Nuestros cuerpos se conocían ya, pero aquella noche la conexión era más intensa.

Sus embestidas se volvieron más profundas, más urgentes.

El sonido de nuestra piel chocando, mis gemidos cada vez más altos y sus gruñidos graves llenaban el dormitorio.

Sentía cómo se tensaba dentro de mí, cómo su control empezaba a resquebrajarse.

—Juntos… —supliqué, sintiendo que el segundo orgasmo se acercaba como una tormenta.

Armando aumentó la intensidad, penetrándome con fuerza controlada y precisión. El placer explotó en mí con violencia dulce: me contraje alrededor de él.

—Armando… Armando… —Mi orgasmo desencadenó el suyo. Con un gemido ronco y prolongado, se hundió hasta el fondo y se derramó dentro de mí, pulsando con fuerza mientras su cuerpo temblaba sobre el mío.

Nos quedamos unidos durante un largo rato, respirando.

Armando rodó hacia un lado sin salir de mí y me atrajo contra su pecho.

Sus dedos acariciaban mi espalda con infinita ternura, trazando patrones invisibles sobre mi piel sudorosa.

Besé su cuello, inhalando su aroma masculino mezclado con el nuestro.

—¿Estás bien?—susurró contra mi cabello, con una vulnerabilidad que me derritió.

—Sí, ¿y tú? —Me acurruqué más cerca de él.

—Más de lo que imaginaba posible.

Fue sexo, pero también amor. Lo supe cuando sus manos me acariciaban sin necesidad de llegar a ningún sitio, cuando me besó la frente en la oscuridad, cuando la sensación de cercanía se volvió evidente.

Porque el sexo deja de ser solo sexo cuando alguien empieza a tratarte con cuidado incluso después.

Y Armando lo hacía. Sin darse cuenta. De manera natural.