Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 45 ARMAGEDDON
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45 ARMAGEDDON

Estela

La película llevaba empezada más de media hora y Armando seguía diciendo cada diez minutos que Bruce Willis tenía “cara de hombre agotado de pagar facturas”. Estábamos en mi casa.

—Tiene cara de señor que sabe cambiar una rueda y arreglar una tubería —corregí.

—Eso es exactamente lo que he dicho.

—No. Tú has dicho “padre divorciado que desayuna ibuprofeno”.

—Porque es verdad.

Sonreí mientras me acomodaba mejor en el sofá con la manta sobre las piernas y la cerveza fría entre las manos. Armageddon avanzaba en la pantalla: explosiones, música épica y gente guapísima sufriendo muchísimo en cámara lenta.

Pero debajo de todo aquello había otra cosa. El amor. El miedo a perder. La necesidad absurda de salvar a alguien aunque el mundo entero se estuviera rompiendo. Y quizá por eso me gustaba tanto esa película.

—A mí esta parte me mata —murmuré cuando el personaje de Bruce Willis miró a su hija antes de quedarse atrás.

Armando dejó la cerveza sobre la mesa.

—Es dura. Pero bonita.

—Es traumática.

—Te gustan las historias tristes. —Rio bajito.

—No me gustan tristes. Me gustan reales.

—¿Salvar el planeta perforando un asteroide te parece real?

—No hablo de eso.

La pantalla iluminaba el salón a ratos. Azul.

Naranja. Sombras moviéndose sobre las paredes.

Armando estaba medio tumbado a mi lado, con una pierna doblada y el brazo apoyado detrás de mí.

Había confianza en la postura. Cotidianidad.

Y descubrí que esa clase de intimidad era mucho más peligrosa que cualquier escena apasionada.

Porque el deseo puede ser momentáneo. Pero la comodidad… se queda.

—A mí lo que me descoloca —manifestó sin apartar la vista de la película— es que el tío sabe perfectamente que no va a volver. Y aun así se queda.

—Supongo que cuando quieres mucho a alguien haces cosas desproporcionadas.

—Incoherentes. —Frunció el ceño y le di un codazo—. Vale, vale —rio—. ¿Cómo cuáles?

—¿Ves incoherente dar tu vida para salvar el mundo?

—Digo… reales.

—Qué sé yo… renunciar a cosas, perdonar demasiado, aguantar más de la cuenta.

—Eso no siempre es amor.

—¿Qué es entonces?

Tardó un poco en responder.

—Miedo a perder. —Nuestro mundo se detuvo mientras en la pantalla seguía explotando.

Supongo que esto no quería verbalizarlo, pero con Armando me sentía libre de hablar… sin más.

—Quizá todas las historias de amor importantes tienen un poco de Armageddon dentro.

Esa sensación constante de estar acercándote a algo precioso y peligroso al mismo tiempo.

Algo capaz de salvarte… o destrozarte entera.

—Me toqué el pecho. Él no me quitaba la vista de encima, sorprendido por mi disertación, supuse.

—¿Sabes qué pasa?

—¿Qué?

—Que si el mundo fuera a acabarse mañana, tú serías de las personas que intentarían seguir viviendo como si no pasara nada.

—Eso es mentira. —Me reí.

—Se te olvidaría que viene un meteorito y que, con total seguridad, caería sobre tu casa. —Reíamos.

—Pero… ¡¿por qué piensas eso?! —Levanté las cejas, divertida—. Y tú organizarías algo. Harías listas. Ordenarías los zapatos.

—Jajaja. ¿Y eso es malo?

—¿Por qué lo harías? ¿Para qué? ¡Si nos vamos a morir! Mejor vivir los minutos que nos quedan. —Soltamos algunas carcajadas más.

—Buscaría a las personas que quiero. Sí. Eso es lo que haría en realidad —aseguró cuando las risas se fueron apagando. Y yo tuve que mirar otra vez la televisión para disimular que algo dentro de mí acababa de desordenarse un poco. ¿Yo estaría entre esas personas? Casi acabábamos de conocernos.

La película terminó y el salón quedó en silencio unos segundos mientras empezaban los créditos. Sonaba aquella canción triste gigantesca de los noventa I Don`t Want to Miss a Thing y yo sabía perfectamente que Armando iba a burlarse. No me decepcionó.

—¿Quién escucha esto voluntariamente sin querer cortarse las venas?

—Respeta el arte. —Le di un golpe con el cojín, se removió, cogió otro y me cubrió la cara con él, tratando de ahogarme— ¡Déjame!

¡Me ahogo! —gritaba entre risas, pataleaba e intentaba quitármelo de encima, sin embargo, fue uno de esos momentos que no deseas que acaben nunca, de los que guardas en un rinconcito de tu alma, de bonitos recuerdos, de esos a los que volverías mil veces en cualquier silencio.

Cuando quitó el cojín, me estaba mirando y sonriendo.

Pero aquello fue cambiando, mutando, muy lento.

Sus pupilas se fijaron en las mías. Me apartó un mechón de pelo, y noté cómo mi respiración se desordenaba y durante un rato, ninguno pisó el freno.

Y me besó, suave, sin hambre todavía, sin querer romper el momento: La tensión, las ganas y un millón de cosas que ambos nos negábamos desde que abrí la puerta de casa.

Hay personas que besan bien. Y luego están las que besan como si escribieran un poema con una caligrafía perfecta.

Oh, oh…

Las cervezas terminaron olvidadas sobre la mesa cuando me acerqué más a él y acabé sentada sobre sus piernas casi sin darme cuenta. Sus manos recorrieron mi cintura lánguidamente mientras yo le besaba despacio y notaba cómo sonreía un poco cada vez que mi boca rozaba su cuello.

—No me mires así —murmuró.

—¿Así cómo? —suspiré sobre sus labios.

—Así…

—No sé mirarte de otra manera…

—Pues deja de hacerlo… —Y me besó otra vez antes de que pudiera responder.

Y mientras su boca era ahora la que recorría mi cuello, yo cerré los ojos, lo agarré de la camiseta y pensé algo que me removió por dentro: Que quizá Armando era exactamente eso de lo que una debería mantenerse lejos.

Mi Armageddon.

El tipo de historia que una vive sabiendo que puede acabar mal… y aun así no tiene ninguna intención de detenerlo.

—Tu salón es peligroso —dijo entre un leve gemido.

—¿Por qué?

—Porque uno se sienta aquí y ya no quiere irse.

—Eso es porque has bebido cerveza barata.

—Hablo en serio.

—Tú nunca hablas en serio.

—Ahora mismo sí.

—Estás borracho —sonreí sin despegarme de su boca.

—Llevas razón, pero yo también.

—¿En qué?

—En que contigo me siento en casa.

—Estás tonto.

—Muchísimo. —Me miró después de decirlo, sin bromear ya del todo.

Y yo sentí esa pequeña tensión bajo la piel que surgía cada vez que Armando dejaba de esconderse detrás del humor durante unos segundos.

Porque lo hacía, y mucho. Ya me había dado cuenta de que ese chico estaba muerto de miedo, aunque aún no hemos llegado a eso.

Me costó verlo y hasta entenderlo, porque yo soy una valiente, y los valientes mueren los primeros, pero a nosotros…

ni eso nos da miedo. ¿Miedo? Miedo perderte la vida, dejar escapar un sueño, no atreverte a sentir a lo grande, no besar con los ojos abiertos, no reír porque puedes ahogarte, no comerte el mundo a bocados por terror a atragantarte.

Los valientes no medimos consecuencias, tampoco nos importa el desastre.

Las heridas las curamos, pero no vamos a evitarlas por miedo a perdernos algo.

Y Armando me hacía sentir algo cautivador y extraño, estar con alguien que consigue que el tiempo se mueva distinto, más suave, más lento… De alguna manera, el mundo deja de empujar tanto, de moverse… para hacerse eterno.

—Esto está siendo muy intenso para un domingo.

—Cállate, no lo estropees. —Enmudecimos entre besos. Porque hay besos que se dan con hambre y otros que tienen memoria. Los nuestros empezaban a tener las dos cosas.

—Qué bien me caes —soltó, acariciándome la espalda, y no me pasó desapercibida la frase, porque para nosotros tenía otro sentido, uno diferente que para el resto, y eso me gustaba, tener algo solo nuestro, que nadie más entendiera ni utilizara, palabras dentro de nuestro pequeño universo.

No sabía si me quería ni necesitaba saberlo en ese momento, pero aquel “qué bien me caes” para mí se asemejaba mucho a un “te quiero”.

Lo sé, qué falta de ovarios y qué falta de huevos, qué poco valor querer a alguien y esconderlo.