44 LAS CERVEZAS CAEN DESPACIO, COMO LA FUERZA
Estela
La cena terminó siendo exactamente lo contrario de una cena romántica sofisticada.
Y lo bonito y especial entre nosotros era que no intentábamos impresionarnos.
Surgía en las tonterías. En lo cotidiano.
En los momentos más absurdos. Como cuando se empeñó en abrir una cerveza usando un mechero inexistente convencido de que “los hombres de verdad saben hacerlo”.
—¿Dónde está el mechero? —preguntó mirando alrededor de la cocina.
—No tengo mechero.
—¿Cómo que no tienes mechero?
—No fumo desde 2009.
—Necesito uno para abrir esto.
—¿Y por qué no utilizas el abridor que tienes delante de la cara? —Se quedó mirándolo. Luego me miró a mí—. Te ha cambiado la cara cuando has visto el abridor, ¿eh?
—No voy a responder a eso. —Abrió el botellín. Se acabaron las latas que él trajo.
—Querías hacerte el duro.
—Deseaba que vieras otro de mis dones.
—¿Otro? ¿Debería conocer más?
—Eso ha sido un golpe bajo.
Terminamos cenando en el salón, sentados en el suelo porque Armando decidió que mi mesa era “demasiado adulta para un domingo”.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Que parece una mesa donde la gente habla de hipotecas.
—Yo hablo de hipotecas.
—Por eso digo que es demasiado adulta.
Le tiré una servilleta a la cabeza. Él me lanzó una aceituna. Esta sin caducar. Y así acabamos los dos, riéndonos como dos idiotas.
—Echo de menos a Menina.
—Ella a ti también. Pásate mañana a verla.
—Qué manera de decirme que nos veamos mañana.
—¿Ha sido tan poco disimulado?
—Eres malísimo disimulando.
—Has dejado un tenedor dentro del hummus. —Lo sacó.
—Eso no define a una persona.
—Define exactamente a una persona.
—¿Y cómo soy?
—Caótica.
—Y tú ordenado hasta la obsesión. Pero tranquilo, se te pasará cuando tengas hijos y vayan dejándolo todo tirado. —Lo dije sin más, pero… Daba por hecho de que los tendría y no sería conmigo. ¿Por qué lo pensaba si empezábamos a salir? Y peor… ¿Por qué me dolía un poco pensarlo?
Las cervezas fueron cayendo despacio. Sin exceso. Sin intención de emborracharnos. Nosotros solo estábamos bien. Disfrutando.
—Sí, sí. Y le dijo a la tía que era consultor emocional, que le contara por qué lloraba. Y… Clara, creo que se llamaba, lo abrazó y lloró sobro su hombro. Hasta le dejó los mocos. —Nos partíamos de la risa.
—¿Un moco?
—David se lo quitó con un pañuelo que le pidió a otra tía. No tiene vergüenza.
—¿Y se lio con ella?
—¿Con la mocosa?
Negué.
—Con la del pañuelo.
—Con esa sí.
Me atraganté de la risa.
—Los hombres tenéis una confianza que no merecéis.
—Y vosotras una capacidad increíble para enamoraros de idiotas.
Levanté la cerveza señalándolo.
—¿Tú eres un idiota?
—Me lo has dicho ya varias veces, así que… ten cuidado.
—¿Con qué tengo que tener cuidado?
—Con enamorarte de este idiota.
—Ten cuidado tú. No te vayas a enamorar de mí.
—A mí también me gustan las idiotas.
—¿Y las caóticas?
—Esas mucho más.
Más tarde, cuando ya habíamos dejado los platos amontonados en la cocina “para nuestro yo del futuro”, abrí el congelador.
—Tengo helado.
Armando apareció detrás de mí inmediatamente y me rodeó la cintura con los brazos.
—¿Qué tipo de helado? —preguntó en mi hombro.
—¿Por qué has venido tan rápido?
—Porque has pronunciado la palabra mágica.
Solté una risa.
—Chocolate.
—Cásate conmigo.
—Sí, quiero.
—Se lo he preguntado al helado. —Me giré con el ceño muy fruncido y alcé la mano con el bote en la mano, preparada para tirárselo a la cabeza.
Él levantó ambas manos en señal de defensa—.
Pero está bien saber que estas dispuesta a casarte conmigo.
—Me dio un beso en la mejilla y se retiró—.
Ha sido un placer conocerte, Estela. Es hora de irme, se me ha hecho muy tarde.
Voy… a comprar tabaco. No creo que vuelva —soltó muy serio y sin moverse del sitio.
—Tú no fumas.
—No he fumado nunca.
—No quiero casarme contigo. Al menos hoy, mañana no lo sé.
—Dejaré lo de salir corriendo para mañana. —Nos reímos.
Diez minutos después, sentados en el sofá, seguía observándolo absolutamente fascinada.
—Armando.
—¿Mm?
—Llevas medio bote tú solo.
—No es verdad. —Miró el interior. Quedaba una tristeza marrón pegada al fondo—. Hostia.
Me doblé de la risa.
—¿Cómo puedes comer tantísimo?
—Hago deporte.
—Eso no explica nada. Yo también lo hago.
—Estela, te engañas. Tú vas al gimnasio. No haces deporte. Ejercitas la lengua. Eso lo hacéis muy bien.
—No es normal tu musculatura con las cervezas que te has bebido y el helado que te estás comiendo.
—Mi metabolismo y yo tenemos un acuerdo.
—Es impresionante.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Se encogió de hombros mientras seguía comiendo.
—Lo aceptaré igual.
Me apoyé contra el respaldo del sofá y lo miré, todavía riéndome un poco.
Y fue ahí, en una imagen completamente absurda, un hombre de treinta años devorando helado de chocolate con una cuchara enorme mientras discutía seriamente sobre si el bote seguía técnicamente lleno o vacío, cuando me golpeó otra vez esa sensación peligrosa.
La felicidad pequeña. No la euforia de grandes momentos.
No. Esta. La del desorden, la risa, la facilidad, sentir que alguien encaja en tu vida de repente, como esa pieza del puzle que abandonaste sin terminar hace tiempo y que ni siquiera te importaba.
—¿Por qué me miras así?
Pillada.
—¿Así cómo?
—Así. —Parpadeó y le tiré un cojín.
—Estaba pensando que comes como un oso saliendo de la hibernación.
—Eso tiene más sentido.
—Mucho más.
—Bien.
Se acercó con el bote todavía en la mano y me dio un beso rápido, frío por el helado, divertido, inesperadamente tierno.
Y cuando se separó, señaló la cuchara.
—Queda un poco. ¿Quieres?
Miré el fondo vacío.
—Eres un sinvergüenza.
—Pero feliz.
—Lo peor de todo es que yo también.
—¿Sinvergüenza?
—Feliz.
—Te hago feliz.
—Un poco.
—Eso me gusta. —Chupó la cuchara como colofón.