43 ALQUIEN CON INTENCIÓN DE QUEDARSE UN RATO
Estela
La cebolla empezó a quemarse exactamente al mismo tiempo que yo decidía que quizá ponerme rímel para hacer una tortilla francesa era buena idea.
—Perfecto, Estela —murmuré sola, apartando la sartén del fuego—. Cuarenta y cinco años, directora de comunicación y seducida por un hombre que probablemente desayuna proteína en polvo.
Abrí la ventana de la cocina mientras removía la cebolla intentando salvar algo.
El piso olía a comida, a domingo y a mí.
A libros apilados en la mesa del salón porque llevaba semanas prometiéndome ordenarlos.
A la vela de vainilla que había encendido diez minutos antes “para ambientar” y que ahora competía agresivamente con el olor a cebolla chamuscada.
Miré alrededor. Mi casa. Hacía años que nadie entraba en ella de verdad.
No hablo de amigas, ni de Álvaro entrando y saliendo como un huracán adolescente, ni de técnicos del aire acondicionado.
Hablo de alguien entrando con intención de quedarse un rato.
De mirar. De formar parte del espacio aunque fuera por una noche.
Y descubrí, mientras ahuecaba unos cojines, que aquello me ponía nerviosa.
—Soy mema —me dije, justo antes de que sonara el timbre y me asustara. Di un salto hacia atrás y casi me caigo sobre la mesita.
Me miré en el reflejo de la televisión apagada.
—Solo es Armando —recordé, y eso fue peor, porque ese hombre me gustaba, y… mucho.
Fui a abrir y ahí estaba él, con una bolsa en una mano y mucha energía en la otra.
—He traído vino —advirtió, con una sonrisa en la boca.
—Tengo vino, idiota —yo también sonreí.
—Son cervezas. —Alzó la bolsa.
—También tengo de esas.
—Hola. —Amplió la sonrisa.
—Hola. —Sentí un escalofrío en el esternón.
Se acercó para besarme y fue raro lo natural que salió. Ninguno dudó. Ninguno midió nada. Solo ocurrió. Un beso rápido, cálido, cotidiano.
—Que traigas cervezas mejora bastante tu entrada —bromeé.
—Pues también traigo pepinillos.
—Vale, ahora mismo eres prácticamente un héroe nacional.
Entró riéndose y cerró la puerta detrás de él.
—Puedes mirar. Sí, mis macetas se mueren —advertí de camino a la cocina.
—Es grande —apuntó desde atrás.
—¿Mi casa?
—Se parece mucho a ti.
—¿Soy grande? —Me giré y lo encontré de frente, a solo un palmo.
—Eres muy grande. —Olí su perfume y me estremecí.
—¿Eso es bueno?
—Sí.
—¿Qué significa exactamente?
Se encogió de hombros mientras dejaba el vino sobre la encimera.
—No sé… Da sensación de vida. De una grande.
Me apoyé en la cocina cruzándome de brazos.
—Eso ha sonado sorprendentemente profundo para alguien que tiene más botes de creatina que vasos en casa.
—Te sorprendería mi mundo interior.
—No creo.
—Haces bien en no creer. —Vino hasta mí y me dio un abrazo. Bueno, fue algo común y consensuado. Porque yo también di un paso hacia él.
Terminamos cocinando juntos porque Armando decidió, sin consultar, que yo era incapaz de cortar un aguacate sin poner en peligro a la población civil.
—Dame eso. —Me quitó el cuchillo.
—Sé cocinar.
—Estela, acabas de carbonizar una cebolla.
—¡Eso es mentira!
—¡Pero si ni has escondido el cadáver!
—Fue una víctima valiente.
Nos reímos mientras él abría el aguacate con una facilidad irritante.
—¿Quién te enseñó?
—Mi madre. Y TikTok. Entre los dos me han convertido en un hombre de provecho.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Tu confianza absurda.
—Mi confianza está basada en hechos.
—Mira qué precisión. —Lo cortó en tiras.
—Es un aguacate, Armando, no una operación a corazón abierto.
—La cocina separa a los hombres de los niños.
—¿Y las mujeres?
—Las mujeres mandáis desde la distancia mientras nosotros hacemos el ridículo intentando impresionaros.
Solté una carcajada.
—Eso sí te lo compro.
La conversación fue saltando de una cosa a otra mientras preparábamos la cena.
Álvaro. El trabajo. Un vídeo absurdo que David le había mandado esa mañana de un perro robando empanadas en una boda.
Cosas pequeñas. Cómodas. Hasta que llegó al día de ayer y le pregunté por la salud del padre de su exmujer.
—El padre de Lucía está mejor. —Dio un trago a su cerveza.
—Me alegro muchísimo.
—Ha sido un gran susto.
—Normal.
Apoyó la lata sobre la encimera y se quedó unos segundos mirándola.
—Ayer estuvimos hablando bastante. —Ni respondí. Era algo que no me competía—. Y me di cuenta de que me gustaría poder tener otro tipo de relación con ella.
Cogí el plato, coloqué los cubiertos, cualquier cosa que me diera dos segundos extra para ordenar la cara antes que los pensamientos.
—¿Qué tipo de relación?
—No lo sé. Sana. Normal. Poder preocuparme por ella sin que todo sea raro. Ser amigos, supongo.
Me apoyé contra la encimera.
—¿Y crees que eso es posible?
—Yo quiero pensar que sí. David dice que ni de coña.
—David es un filósofo.
—Cree que todos acabaremos llorando en un parking alguna vez.
—Bueno… tampoco va desencaminado.
Se rio. Pero yo seguía pensando. Porque entendía perfectamente lo que decía.
Lo entendía demasiado. Después de tantos años con alguien, cortar de golpe debía sentirse antinatural.
Cruel incluso. Y aun así… No podía evitar pensar que seguir tan presente en la vida del otro era una forma elegante de no terminar de irse nunca.
Pero no quería decirlo. Porque no era mi sitio, no quería sonar insegura ni convertirme en esa mujer.
—¿Tú qué piensas? —cuestionó.
Crucé los brazos.
—Creo que hay relaciones que necesitan distancia antes de convertirse en otra cosa.
No añadí más. Ni “por experiencia”. Ni “por salud mental”. Ni “porque si no alguien termina haciéndose daño”. Nada.
Armando giró la lata varias veces.
—Sí… Puede ser.
—Vas a marearla. —Me miró con una ceja levantada—. La lata.
Y ahí quedó el tema.
Después me señaló con el cuchillo de cocina.
—Por cierto.
—¿Qué?
—Tu nevera da miedo.
—¿Por qué?
—Hay tres yogures caducados desde febrero.
Abrí muchísimo los ojos.
—¡No estaban caducados hace…! —Me callé. Él empezó a reírse.
—Eres un peligro sanitario.
—Pues no te los comas.
—Ya es tarde. Las aceitunas también estaban caducadas.
—¿Estas? —Señalé el cuenco en el que solo quedaba una. Él asintió—. ¿Y por qué no lo has dicho antes?
—Bah, no pasa nada. Yo me como las cosas caducadas.
—¿En serio? —Abrí los ojos—. Vas a morirte.
—Aún no ha pasado. Y menos mal, porque quiero disfrutar esta relación —soltó, y la palabra “relación” se dibujó justo en el espacio que nos separaba, uno muy pequeño. Y lo noté, le cambió el semblante, arrugó la cara.