42 VOLVER AL LUGAR DEL QUE CREÍAS HABERTE IDO
Armando
Seguía sentado dentro del coche, todavía aparcado frente al hospital, con el motor apagado y las luces de urgencias reflejándose sobre el parabrisas mojado. Había empezado a lloviznar hacía unos minutos, una lluvia fina que no llega a ser lluvia del todo.
Me quedé mirando la entrada automática del hospital mientras la gente entraba y salía sin detenerse.
Un hombre fumaba deprisa. Una mujer abrazaba a alguien que lloraba.
Un taxista bostezaba junto a la puerta. Y pensé algo horrible.
Que los hospitales son uno de los pocos sitios donde nadie finge. Allí todo el mundo tiene miedo de algo.
Apoyé la cabeza contra el asiento y cerré los ojos un momento. Estaba cansado. Pero no físicamente. Era otro tipo de cansancio. Más profundo. Más difícil de explicar. El de volver a un lugar del que pensabas que ya habías salido.
Lucía seguía dentro, con su madre y su amiga.
Antes de irme me había abrazado y dado las gracias de esa manera suya, sincera, pequeña, casi triste.
Y yo me había quedado ahí unos segundos más de los necesarios porque todavía sabía exactamente cómo consolarla.
Eso era lo peligroso. No el amor. La costumbre.
Encendí el coche y salí despacio del parking.
La radio empezó a sonar sola, pero la apagué enseguida.
No quería ruido. Necesitaba silencio para ordenar la cabeza, aunque llevaba toda la noche intentando ordenar cosas que probablemente ya no tenían orden posible.
Entonces vibró el móvil. Lo miré en el semáforo.
Y sonreí sin querer. Era un mensaje de mi madre, pero fue uno de Estela de hacía una hora el que hizo saltar una chispa dentro de mí.
Pasé de mi madre. Me mataría si lo supiera.
Estela:
Hola, guapo. Estoy cenando con Zoa y me ha dicho que te fuiste de repente esta tarde. ¿Todo bien? Un beso.
Solté una risa baja. La primera real de toda la noche.
Yo:
No soporto a David.
Era irme o matarlo.
La respuesta llegó casi instantáneamente.
Estela:
Eso suena demasiado drástico. Me preocuparía si no supiera que es mentira.
Negué con la cabeza sonriendo mientras avanzaba lentamente por la Castellana medio vacía.
Yo:
Estás cenando. No deberías preocuparte por mí.
Estela:
Zoa lleva veinte minutos hablando de una compañera del trabajo que se ha enamorado de un monitor de spinning casado. Necesito distraerme.
Imaginé perfectamente a Zoa indignadísima en mitad de un restaurante y tuve que reírme otra vez.
Yo:
¿Y cuál es el diagnóstico psicológico?
Estela:
Que los hombres sois agotadores.
Yo:
Bastante justo.
Tardó unos segundos en responder. Demasiados para una conversación ligera.
Estela:
¿Seguro que va todo bien?
Levanté la vista hacia el retrovisor.
Joder.
Apoyé una mano sobre el volante y solté aire lentamente.
Había algo peligroso en ella. Algo que no tenía nada que ver con el sexo ni con los besos ni con cómo me miraba, sino en cómo era, en su conjunto.
Estela lo daba todo sin esperar nada, estaba tan segura de sí misma que no dudaba de las personas.
Daba la sensación de que tenía muy claro que estaba donde quería estar y que cuando quisiera largarse, lo haría.
Sin mirar atrás, sin arrepentirse. Yo tardé en comprenderlo, pero cuando te has ido de tu hogar y de tu persona segura, cuando has perdido tanto mientras ganabas, pierdes el miedo a la vida, al futuro, a las despedidas y a las bienvenidas.
Yo:
No quiero entretenerte. Estás con Zoa.
Estela:
Me gusta que me entretengas.
Puedes contarme lo que quieras. Somos amigos.
Yo:
¿Solo eso?
Estela:
No, aunque te dé miedo.
Lo dijo de broma, supuse, pero dio en el clavo y tuve que coger aire.
Podría haberlo dejado ahí, haber dicho cualquier tontería. “Mañana te cuento.” “Nada importante.” “Estoy espeso.” Lo fácil. Pero con ella empezaba a apetecerme cada vez menos hacer lo fácil.
Yo:
Al padre de mi exmujer le ha dado un infarto.
El silencio después del mensaje duró más. Y durante esos segundos pensé absurdamente en cómo sonaría aquello desde fuera. “Estoy saliendo de un hospital con mi exmujer.” “La he abrazado un par de veces”. No había forma sencilla de contarlo. Porque era complicado.
Estela:
Lo siento. ¿Está bien?
Yo:
Ha sido grave, pero va a salir adelante.
Esta vez tardó menos.
Estela:
Menos mal.
Y tú, ¿cómo estás?
La pregunta me dejó quieto un segundo en mitad de otro semáforo. Porque nadie me la había hecho en toda la noche. Ni siquiera yo mismo.
Miré las manos sobre el volante. Pensé en Lucía llorando. En su padre. En los abrazos. Y luego pensé en Estela riéndose en una terraza mientras me regalaba un llavero que decía No te guardes la vida.
Dos mundos completamente distintos.
Y yo en medio.
Yo:
Muy cansado. Solo eso.
Mentira a medias. Las peores.
Estela:
Pues llega a casa y duerme.
Y mañana te doy un beso de esos que arreglan un poco la vida.
Me reí solo dentro del coche. Y fue extraño darme cuenta de algo tan simple. Que llevaba horas sintiéndome atrapado en recuerdos, hospitales y responsabilidades… y aun así ella conseguía que mi corazón latiera de verdad solo con aparecer en la pantalla.
Yo:
Eso suena bastante bien.
Estela:
Los besos lo curan todo.
Y yo te daré muchos.
Sonreí. Otra vez. De nuevo. De verdad. Es lo que me hacía Estela.
Yo:
Ahora que lo dices…
Estoy muy enfermo.
Necesito mucho de esa medicina.
Estela:
Jajajaja.
Duérmete.
Mañana cena y besos.
Yo:
¿Solo eso?
Estela:
¿Qué más quieres?
Yo:
Desnudarte.
Y que me desnudes.
Estela:
No te he dicho dónde voy a darte los besos.
Armando:
Me duele mucho la polla.
Estela:
Jajajaja.
Bruto.
Yo:
¿Qué quieres?
Tú la pones mala.
Estela:
¿Te espero mañana con uniforme de enfermera?
Yo:
Joder. Estoy cachondo en un semáforo.
Los coches comenzaron a pitar detrás de mí y aceleré. Me miré en el retrovisor y me percaté de cómo había cambiado mi semblante desde hacía unos minutos, desde los mensajes de Estela, desde… Estela.
Estela:
Lo siento.
Bueno, en realidad no.
Yo:
Eres perversa.
Estela:
Sticker de niña asintiendo y riéndose.
Yo:
Sticker de un niño tirándole una piedra a otro.
Estela:
Buenas noches, Armando.
Yo:
Buenas noches, Estela.
Hasta mañana.
Estela:
Hasta mañana.
Mientras seguía conduciendo bajo la lluvia, pensé que quizá el problema no era estar empezando a sentir algo por ella, sino lo mucho que me gustaba sentirlo.