Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 41 CUANDO ALGUIEN NO DEJA QUE TE VAYAS DEL TODO
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41 CUANDO ALGUIEN NO DEJA QUE TE VAYAS DEL TODO

Armando

David siempre decía que las amistades se notan más después de los treinta.

Que antes todo el mundo tiene tiempo para todos y que luego empiezan los filtros: los hijos, el trabajo, las parejas, las hipotecas, el cansancio.

La vida. Y que, cuando te quieres dar cuenta, llevas meses sin llamar a alguien que antes veía tu cara más que tu propia familia.

Yo me reía cada vez que lo decía, pero en el fondo sabía que tenía razón. Porque me había pasado durante años y mucho antes de cumplir los treinta.

No de golpe. Nunca ocurre de golpe. Nadie desaparece de sus amigos una mañana y ya está.

Sucede despacio. Empiezas cancelando una cerveza porque estás cansado, luego una cena porque mañana madrugas, luego un viaje porque “ya habrá más ocasiones”.

Y cuando miras atrás, han pasado cinco años y ya no sabes casi nada de la gente que antes formaba parte de tu vida.

Con Lucía me ocurrió un poco eso. No porque ella me lo pidiera.

Nunca fue controladora ni una de esas mujeres que quieren a sus parejas solo para ellas.

Pero el matrimonio tiene una forma silenciosa de absorberlo todo.

Las rutinas, las responsabilidades, los planes familiares, las discusiones absurdas sobre qué comprar para la casa o quién llama al seguro cuando se rompe algo.

De repente la vida empieza a girar alrededor de mantener una estructura funcionando y lo demás se queda fuera sin darte cuenta.

Y yo dejé muchas cosas fuera.

Entre ellas, a casi todos mis amigos.

Con David fue distinto porque seguíamos yendo juntos al gimnasio.

Él insistía aunque yo desapareciera semanas.

Me llamaba pesado, me obligaba a salir, aparecía en casa con cervezas cuando intuía que llevaba demasiados días encerrado.

Supongo que, de alguna forma, nunca dejó que terminara de irme del todo.

Y quizá por eso seguíamos ahí.

Porque las amistades de verdad no siempre necesitan grandes gestos. A veces solo necesitan a alguien suficientemente cabezota como para seguir llamándote aunque no contestes.

—Tío, te haces viejo —me dijo el día de mi cumpleaños.

—Acabo de cumplir treinta.

—La decadencia.

—Tú tienes treinta y siete, cabrón.

—Pero mira mi piel. —Se estiró la mejilla con dos dedos—. Y mis huevos. —Se los tocó—. Puedo pasar por uno de diecinueve.

—Se te va la olla. —Yo estaba bien. Y deseando que Estela llegara. Lo había prometido. Con ella todo era ligero y tranquilo a nuestra manera, porque lo que estábamos construyendo se asemejaba a un torbellino.

—Es extraño lo rápido que uno puede olvidar lo importante que es algo tan simple como sentarte con un amigo a perder el tiempo —comenté, esperando a la gente que había invitado—. ¿Sabes una cosa? —giré el botellín de cerveza entre los dedos—. No quiero volver a desaparecer.

—¿Qué te ha dado?

—Lo digo en serio.

—Ya. Eso siempre precede a una conversación incómoda.

—No empieces.

—Pues no empieces tú con frases de divorciado que se encuentra a sí mismo en la montaña.

Solté una risa.

—Imbécil.

—Gracias.

Me quedé mirando un momento la gente bailando en la pista.

—Con Lucía me olvidé un poco de todo esto.

—Lo sé. —Mi amigo ya no sonreía igual.

—Y no quiero que vuelva a pasar.

—No va a pasar.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ya no eres esa persona.

Bebí un poco de cerveza sin responder inmediatamente. Había algo incómodo en admitir ciertas cosas en voz alta.

—Cuando me casé pensé que crecer era eso. Construir una vida con alguien y centrarte solo en eso.

—Y luego descubres que necesitas seguir teniendo vida fuera de la pareja para no volverte loco.

—Más o menos.

David me señaló con la botella.

—Escúchame bien porque no voy a repetirlo: querer a alguien está muy bien. Pero dejar de existir fuera de esa relación es una gilipollez enorme.

—Qué profundo te pones con dos cervezas —sonreí de lado.

—Soy un filósofo contemporáneo. Y espera a que empiece con el alcohol duro.

—Compórtate, por favor. Estela viene con sus amigas. Que piensen que eres una persona normal.

—No lo soy. Y tú tampoco.

—Estela tampoco lo es… —musité.

—Te tiene “agilipollao”.

Y ahí estaba otra vez esa sensación de calma absurda que había echado de menos durante años. La facilidad de estar con alguien que no espera nada de ti, que no necesita que seas perfecto ni que tengas respuestas para todo.

Ahora estábamos en una terraza en un bar cualquiera de una ciudad que me maravillaba y tenía la misma sensación.

Con David cualquier día o momento se guardaba en la memoria.

Recuerdo el día en que me esperaba en la puerta de casa, yo llegaba de hacer la compra.

Una de las bolsas llevaba helado de Nutella.

Cuando lo vio, lo cogió y lo lanzó al otro lado de la acera.

Estalló el tarro de cartón contra el suelo y dijo:

—Esto es una mamonada. Y tiene demasiado azúcar. —Y tuve que reírme, llamarle cabrón y enviarlo al súper a por otro bote. Me lo trajo de pistacho y sin azúcar, claro.

Me sonó el teléfono mientras hablábamos de Estela y Zoa. Él alegaba que yo estaba colado por esa mujer, pero a él también le salía la sonrisa de enamorado en el rostro hablando de su amiga.

Era Lucía y… me extrañó, hacía días que no sabía de ella. Le había preguntado cómo estaba del accidente. Se había recuperado bien. Seguía de baja y me había propuesto vernos, sin embargo, me había negado.

Me levanté y descolgué.

—¿Sí?

—Armando… —respiró con fuerza—. A mi padre le ha dado un infarto.

El mundo no se detiene cuando alguien dice una frase así.

Eso es lo insólito. La gente sigue andando, los semáforos cambian de color, alguien se ríe al otro lado de la calle y tú te quedas unos segundos intentando entender cómo todo puede continuar exactamente igual cuando a alguien se le acaba de romper la vida un poco.

—¿Cómo? No te he escuchado bien.

—A mi padre le ha dado un infarto —repitió, ya entre lágrimas.

—¿Cómo está?

—Voy camino del Gregorio Marañón.

—¿Y tu madre?

—Está allí con él. Estaban tomando café cuando… —sollozó—. Cuando ha pasado.

—Tardo… —Miré el reloj de mi muñeca—. Veinte minutos.

—Por favor… —suplicó tan bajo que ni la escuché.

Conduje más rápido de lo que debía. No por amor ni por nostalgia.

O sí por amor, pero por otro diferente. El que se queda tras una historia.

Porque hay personas que forman parte de tu vida durante tantos años que el cuerpo sigue respondiendo antes que las decisiones.

Y porque a su padre lo había querido de verdad.

Muchísimo. Más de lo que quizá dije nunca.

Cuando llegué, la encontré mirando un punto fijo de la pared sin ver absolutamente nada.

Tenía el pelo recogido deprisa y la cara rota de cansancio y miedo.

Al verme se levantó inmediatamente y me abrazó con una fuerza que me pilló desprevenido.

La abracé también. No pensé. Simplemente lo hice. Y fue… familiar.

—¿Qué ha pasado? —pregunté al separarnos.

Se secó la cara rápidamente, intentando recomponerse.

—Ha sido tras el almuerzo. Empezó a encontrarse mal, luego el dolor en el pecho… Mi madre pensó que era ansiedad hasta que se cayó al suelo. —Cerró los ojos un momento—. No reaccionaba, Armando.

Me pasé una mano por la nuca.

—¿Qué dicen los médicos?

—Que hay que esperar. —La frase más desesperante del planeta. La vida entera cabe dentro de esa mierda de frase.

Me senté a su lado y ella volvió a apoyarse en mí casi sin darse cuenta. No me aparté. Tampoco me acerqué más. Nos quedamos así un rato, en silencio, viendo pasar médicos y familias con caras agotadas.

—Gracias por venir —murmuró.

—Qué otra cosa podía hacer…

—Sabía que vendrías. —Soltó una sonrisa rota y me removió más de lo que esperaba, porque tenía razón, porque habría venido siempre y precisamente por eso las cosas nunca terminan del todo cuando deberían.

Fuimos a por café aunque ninguno tenía ganas. Lo tomamos a sorbos muy pequeños. Ella sostenía el vaso caliente entre las manos como si fuera lo único que la sostenía de pie, aunque yo sabía que era yo quién lo hacía y me dio miedo, porque ya no estaba.

—No sé qué habría hecho sola con mi madre —comentó.

—Lo habríais sacado adelante.

—No como contigo aquí.

La miré de reojo.

—Lucía…

Negó con la cabeza.

—No lo digo para hacerte sentir mal. Solo… es la verdad.

Me apoyé contra la pared del pasillo.

—No puedes llamarme cada vez que las cosas se ponen feas. —La frase salió más suave de lo que pretendía. Pero salió.

Ella se quedó quieta.

—¿Eso es lo que he hecho?

—Sí.

—Porque eres la persona que más calma me da cuando siento que todo explota.

Joder. Ahí estaba el problema de algunas personas. Que no necesitas seguir enamorado para que sigan teniendo poder sobre ti.

—Y eso no es bueno para ninguno de los dos.

—¿Por qué?

Solté aire despacio antes de responder.

—Porque ya no soy tu marido.

—Pero podemos ser amigos.

—Eso sería… complicado.

—¿Para ti?

—Para ti, Lucía. No quiero… No quiero seguir siendo responsable de ti. —Al decirlo me arrepentí un poco del tono. Porque vi el golpe exacto en su cara. Se entristeció.

—Nunca quise ser una responsabilidad para ti.

—No fue cosa tuya. Éramos pareja. De eso se trata, ¿no? De alguna manera. —Cerré los ojos un segundo.

—Sigue doliendo igual…

—Lucía… Nuestro matrimonio no terminó por una falta absoluta de amor. Murió de otra cosa mucho más silenciosa y mucho más triste.

—Rutina. —Suspiró—. ¿Crees que dependía de ti?

—Yo dependía de ti. Y eso… me sacó de donde estaba.

—De mí.

—Necesitaba ser yo. No me hagas explicártelo de nuevo.

No quería decirle que me recorrió durante mucho tiempo la sensación de que la vida se había convertido en una lista de obligaciones demasiado larga para dos personas tan jóvenes. Nos habíamos querido bien. Pero habíamos dejado de vivir. Todo en mí giraba en torno a ella.

—¿Fue culpa mía?

—No. Claro que no. Tú lo hiciste lo mejor que sabías.

—¿Sales con alguien?

—No empieces, Lucía, por favor.

—¿Sales con esa mujer?

—Ya te lo he dicho. Somos amigos —incidí, y en mi cabeza emergió Estela riéndose dentro de mi coche, mirándome en aquella terraza, diciéndome que no me guardara la vida. Y la forma en la que me sentía cuando estaba con ella. Más ligero. Más libre. Más yo.

—Ten cuidado.

—¿Por qué?

—Porque no la conoces.

—Lucía…

—Hablo en serio.

—Vamos a dejar el tema —zanjé.

Horas después, cuando su amiga Pilar llegó y los médicos dijeron que el infarto había sido grave, pero que su padre iba a salir adelante, me despedí de ella en la puerta del hospital, con otro abrazo, pero más corto.

—Gracias por venir —susurró.

—Cuida de tu madre.

Asintió. Y me fui.

Me casé con veintitrés años. Mientras otros amigos viajaban, improvisaban o cambiaban de vida cada seis meses, yo aprendía a pagar facturas, discutía por hipotecas y organizaba comidas familiares los domingos.

Había querido esa vida. De verdad. Pero también había dejado demasiadas cosas de mí dentro.

Y ahora, después del divorcio, lo único que quería era sentir que volvía a pertenecerme un poco.

Sin responsabilidades. Sin expectativas.

Sin promesas imposibles. Y… pensé en Estela de nuevo, en cómo me hacía reír, en cómo me miraba, en lo feliz que era con ella.

Y brotó una pregunta que no me gustó nada.

Si seguía avanzando hacia ella… ¿terminaría convirtiéndose también en una responsabilidad?

No tenía ni idea, pero sabía una cosa: Que cada vez que estaba con ella, el mundo pesaba menos.