Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 40 CUANDO DESAPARECE Y TÚ NO SABES QUÉ HACER CON ESO
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40 CUANDO DESAPARECE Y TÚ NO SABES QUÉ HACER CON ESO

Estela

Estaba en el sofá con una taza de té que ya se había quedado frío, revisando el móvil por enésima vez mientras fingía que no lo hacía.

Desde mediodía, Armando había estado mandándome mensajes intermitentes: fotos de cervezas con David, un meme absurdo sobre resacas eternas, un “te echo de menos ya, desastre” que me había hecho sonreír como una tonta.

Y de repente… nada. Silencio total desde las cuatro y media.

Miré la pantalla. Las seis y veinte. Ni un emoji, ni un “voy tarde”, ni nada. Respiré hondo y dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Es un adulto, Estela. Habrá seguido bebiendo, se habrá liado hablando o estará resolviendo algo. Tú no eres de esas que controlan el móvil cada diez minutos.

Tenía cuarenta y cinco años, no quince. Sabía que las relaciones sanas no se construyen con interrogatorios ni con ansiedad por un silencio de unas horas. Así que me levanté, puse música suave y empecé a arreglarme para la cena con Zoa. Nada de dramas. Solo una noche de tapas, vino y risas.

Me duché, me puse unos vaqueros cómodos y una blusa negra que me gustaba especialmente, y me maquillé con calma. Mientras me pintaba los labios, pensé en lo raro que era esto: sentir mariposas y al mismo tiempo esa calma adulta.

Quedé con Zoa en un bar de tapas del centro que nos encantaba. Llegué un poco antes y me acomodé. Ella apareció guapísima con un vestido de flores y una chaqueta vaquera.

—¡Mi mujer favorita! —gritó cuando me vio, y me dio un abrazo de oso que casi me tira al suelo—. Joder, Estela, qué guapa estás. ¿Has follado esta noche o es que te has hecho un tratamiento facial?

Me reí y le devolví el abrazo con fuerza.

—Las dos cosas, probablemente. Siéntate, loca, que vas a tirar la copa.

Nos sentamos y pedimos una tabla de ibéricos, croquetas, patatas bravas y otra botella de vino. Zoa estaba especialmente chispeante. Llevaba el pelo suelto y esa energía de quien ha pasado una buena tarde.

—Bueno, cuéntame —empecé yo, pinchando una croqueta—. ¿Qué tal con David? Porque en el coche parecía que ibais a comeros hasta los asientos.

Zoa soltó una carcajada y se tapó la boca con la servilleta.

—Ay, tía… ha sido un día raro pero bueno. He pasado toda la tarde con él. Fuimos a tomar vino a un bar cerca de su casa, luego a otro, y al final hemos acabado en su sofá… revolcados.

Sonreí, pero no pude evitar preguntar con naturalidad:

—¿Y Armando? Me dijo que había quedado con David a mediodía. Llevo desde las cuatro sin saber nada de él.

Zoa dio un sorbo al vino y se encogió de hombros, sin darle mayor importancia.

—Estuvieron juntos. Pero Armando tuvo que irse. David le preguntó si todo bien y él dijo que sí. No sé nada más. Se fue antes de que yo llegara.

Asentí, cogiendo otra croqueta. No sentí ese pinchazo de celos ni de preocupación que esperaba. Solo curiosidad normal.

—Vale…

—¿Estás bien?

—Sí, sí. Supongo que me preocupo. Cosas de madres.

—No eres su madre.

—Aunque podría. —Nos reímos.

—Me encanta que seas así.

—¿Así cómo?

—Tan… comprensiva, tranquila…

—¡Eh! No soy pasota.

—Un poco sí.

Me reí con ganas.

—He madurado, qué le vamos a hacer. O he aprendido a base de hostias. Además, si Armando está lidiando con algo, prefiero que lo resuelva y luego me cuente.

Zoa levantó su copa y brindamos.

—Por nosotras.

—Por nosotras y los buenos besos —respondí, chocando mi copa con la suya.

La tarde-noche siguió entre risas y confidencias.

Zoa me contó con todo lujo de detalles cómo David le había preparado un sándwich horrible, cómo se habían reído de las historias de la discoteca y cómo ella ya estaba pensando en presentárselo oficialmente a sus padres “aunque solo sea para ver sus caras”.

—Me alegro mucho —dije sinceramente—. Os vi en el coche y saltaban chispas de verdad.

—Y tú con Armando… ¿cómo vas? ¿Ya le has presentado a Álvaro oficialmente o todavía estáis en fase “vecino follable”?

Me atraganté con el vino de la risa.

—Todavía fase “vecino follable”, pero avanzando. Álvaro ya lo sabe todo. Le conté ayer y me dio consejos. Dice que disfrute y que si Armando es un capullo, él le pegará con atenuantes de menor.

Zoa soltó una carcajada tan fuerte que la gente de la mesa de al lado nos miró.

—Tu hijo es un crack. Ojalá todos los adolescentes fueran así de maduros. Mi sobrino solo me pide dinero y que le compre la PlayStation.

Seguimos hablando de todo y de nada: de trabajo, de los ex, de las locuras de Paula, de lo bien que nos sentaba salir y compartir historias.

Pedimos otra ronda de tapas (pulpo, ensaladilla, jamón) y otra botella.

La noche era agradable, con ese aire de primavera que todavía no se había vuelto verano.

Sobre las diez y media saqué el móvil y escribí a Armando sin presión, solo con cariño:

Yo:

Hola, guapo. Estoy cenando con Zoa y me ha dicho que te fuiste de repente esta tarde. ¿Todo bien? Un beso.

Lo envié y guardé el teléfono. Seguí riendo con Zoa, que ahora imitaba a David intentando bailar reggaetón y casi se cae de la silla.

—Te juro que parecía un pulpo electrocutado —se moría de la risa—. Pero me encanta igual. ¿Quién me iba a decir a mí que después de los treinta iba a volver a pillarme como una cría?

—Pues yo igual —admití—. A los cuarenta y cinco, ligando con el vecino del tercero. La vida es muy ramdon.

—Ramdon es que hables como tu hijo.

—Todo lo malo se pega.

Y lo era. Pero en ese momento, sentada en aquella terraza con mi amiga y con vino bueno, me sentía exactamente donde quería estar.

Armando respondería cuando pudiera. Y mientras tanto, yo iba a disfrutar de la noche.