39 CUANDO LA VIDA ES UNA Y PASA VOLANDO
Armando
Era sábado mediodía y el sol caía a plomo sobre la terraza del bar La Esquina, uno de esos sitios de barrio sacados de una película de los noventa: mesas de madera desgastada, toldos verdes medio descoloridos por el tiempo, y un camarero que te llamaba por tu nombre aunque solo hubieras ido tres veces.
El aire olía a cerveza fría, a jamón recién cortado y a humo de cigarrillos que todavía se permitía en la calle.
Había gente por todas partes: parejas jóvenes riendo, un grupo de jubilados jugando al dominó en una esquina y un par de turistas despistados que intentaban pedir en español con acento de Google Translate.
Llegué un poco antes de la hora y ya vi a David sentado al fondo, con las gafas de sol puestas y una cerveza vacía delante. Tenía cara de haber follado y sentirse orgulloso. Me saludó levantando la mano con una sonrisa de oreja a oreja.
—Joder, macho, llegas puntual como un reloj suizo —ironizó, porque siempre llegaba tarde, y pidió otra ronda al camarero con un gesto—. Dos más y una tapa de calamares, que el cuerpo me pide grasa.
Me reí y me quité las gafas. El sol me daba directo en la cara, pero no me importaba. Después de la noche que había pasado con Estela, todo me parecía bien; me podía haber atropellado un camión que no me hubiera desaparecido la sonrisa de la cara.
—Te veo contento. —Me apoyé en el respaldo de la silla—. ¿Tan bien fue con Zoa anoche o, todavía estás procesando?
David soltó una carcajada y dio un trago largo a la cerveza que acababan de traerle.
—Bien es poco, tío. Esa mujer es un huracán. No paramos hasta las siete de la mañana.
—No quiero detalles. —Me cubrí el rostro con una cara.
—¿Por qué no?
—¡Porque no, tío! Es… escabroso. —Reímos.
—¿Y con Estela? Si me dices que no acabasteis juntos, invitas a las cervezas. Por tonto.
—Estela es divertida, lista y besa como si quisiera comerte el alma.
—Tío, ¿de qué me hablas? —Frunció el ceño—. ¿Te has tragado a Quevedo?
—¿El cantante? —Alcé las cejas y sonreí.
—Tú eres gilipollas. ¿Se puede saber qué pasó, o tengo que sacártelo a hostias?
Sonreí sin poder evitarlo. Solo con oír su nombre ya se me dibujaba la cara de idiota, esa que no conseguía borrar desde hacía días. Di un sorbo a mi cerveza antes de contestar, intentando ordenar las ideas.
—Pasó de todo y nada al mismo tiempo —empecé—.
Subimos a mi casa, nos reímos como locos en las escaleras para no despertar a todo el edificio, y…
joder, David, esa mujer es increíble. Todo de ella me gusta.
Todo. La forma en que se ríe cuando algo le hace gracia de verdad, con esa risa que le sale del estómago y que te contagia aunque no sepas de qué coño está hablando.
Me encanta cómo me mira, para ella no solo soy el tío recién divorciado que vive en el tercero.
Me hace sentir… no sé, vivo. Como si llevara meses caminando en piloto automático y de repente alguien hubiera encendido las luces.
David levantó una ceja, divertido, y pinchó un calamar de la tapa que acababan de poner en la mesa.
—Vale, Romeo, que te estás poniendo poético. ¿Y en la cama? Porque con la cara que traes seguro que no fue solo charla.
Me reí y negué con la cabeza, pero no entré en detalles. No era de esos que contaban intimidades como si fueran un parte de guerra.
—Digamos que fue… intenso. Muy intenso. Y natural.
Con ella todo fluye, ¿sabes? No hay postureo, no hay que fingir nada.
Me encanta cómo se entrega, cómo me mira mientras…
bueno, ya me entiendes. Me hace sonreír incluso después, cuando estamos tumbados y no decimos nada. Con ella todo encaja sin esfuerzo.
David me miró un segundo en silencio, masticando despacio.
—Hostia, Armando… te tiene pillado, ¿eh? Se te nota en la cara. ¿Y cuál es el problema? Porque te conozco y esa sonrisilla tuya esconde algo.
Di otro trago largo. El sol calentaba la mesa y el ruido de la terraza parecía lejano de repente. Me pasé la mano por la cara antes de contestar.
—De momento problema no hay ninguno. O al menos ninguno grande.
Pero… no sé qué quiere ella, David. Yo acabo de salir de una separación de mierda.
Aún estoy recuperando aire. No entraba en mis planes volver a liarme con nadie tan pronto.
Mucho menos con una mujer como Estela. Ella ya ha vivido un montón de cosas, tiene un hijo adolescente que es su mundo, tiene su vida montada.
Yo estoy en modo “empezar de cero”. No quiero enamorarme.
No quiero complicarme la vida otra vez. Esto…
esto no entraba en mis planes, tío. Era solo salir, divertirnos, y de repente me despierto pensando en ella todo el puto día.
—David se quedó callado un momento, mirando su vaso—. ¿Están ahí las respuestas?
—¿Tú has cagado hoy?
—Dos veces. —Reímos de nuevo.
—Déjate llevar, cojones. La vida es una y pasa volando.
Cuando llega alguien que te hace sonreír así, que te hace sentir vivo después de una mierda como la que has pasado…
¿para qué resistirse? No tienes que casarte mañana ni prometerle nada eterno.
Solo disfruta. Si sale bien, genial. Si sale mal, al menos habrás vivido algo bonito.
No te comas la cabeza con “dentro de un año” o “qué querrá ella”.
Pregúntaselo. O mejor: vive el momento y ya verás.
Sus palabras me aliviaron un poco. Siempre había sido el pragmático del grupo. Yo asentí y pedí otra ronda de cervezas. La terraza se iba llenando más: risas de una mesa de chicas al lado, un perro que pasaba olisqueando migas, el camarero canturreando mientras servía.
—Y tú con Zoa, ¿qué? —pregunté, cambiando un poco el foco para no seguir dándole vueltas a mi cabeza—. ¿Fue solo el polvo de una noche o te gusta de verdad?
David se encogió de hombros, pero su sonrisa se hizo más amplia.
—No lo sé. Me gustan las chicas, ya lo sabes. Y Zoa también es divertida de cojones. Pasamos la noche juntos y… fue muy entretenido. No sé si va a más o no, pero de momento me apetece seguir viéndola. No me estoy haciendo películas como tú, eh.
Nos reímos los dos. Seguimos hablando un rato más: de su noche con Zoa, de cómo ella le había contado anécdotas absurdas de Estela y Paula, de lo loco que era que los cuatro nos hubiéramos liado casi al mismo tiempo.
Yo le conté más cosas de Estela: cómo me había hecho sentir cuando subimos las escaleras a escondidas, cómo me había mirado esa mañana antes de irse, cómo me gustaba hasta el olor de su pelo.
David me escuchaba y de vez en cuando soltaba un “joder, estás colado” o un consejo de los suyos.
Sobre las cuatro y media me vibró el móvil en el bolsillo. Lo saqué y reconocí el número. David notó mi preocupación.
—¿Todo bien?
—Creo que sí… o no. Tengo que contestar.
Me levanté, me aparté un poco de la mesa y contesté la llamada. Se me revolvieron las tripas. Colgué y volví a la mesa con un suspiro.
—Tengo que irme, tío. Cosas de… Ya sabes…
David asintió, comprensivo.
—Tranquilo, ve. Yo me quedo un rato más. Y oye… piensa en lo que te he dicho. Déjate llevar.
Le di una palmada en el hombro, dejé un billete de veinte euros sobre la mesa y me fui caminando por la calle con el sol todavía alto. El móvil pesaba en el bolsillo. Quería escribirle a Estela, pero no lo hice.
Mientras caminaba, no podía quitarme de la cabeza todo lo que le había dicho a David.
Estela. Su risa. Su forma de mirarme. El nudo que sentía en el pecho cada vez que pensaba en ella.
No sabía qué quería ella exactamente, ni qué quería yo.
Solo sabía que tenía ganas de descubrirlo. Y eso, de momento, ya era suficiente.