Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 38 LA CONVERSACIÓN CON UN ADOLESCENTE ESPECIAL
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38 LA CONVERSACIÓN CON UN ADOLESCENTE ESPECIAL

Estela

Estaba sentada en mi despacho, con las gafas resbalándome una y otra vez por la nariz y la pantalla del ordenador llena de correos que llevaba toda la mañana ignorando.

La resaca ya se había marchado casi del todo, pero el nudo en el estómago seguía ahí, más suave, más manejable, aunque presente.

Tecleaba sin mucho entusiasmo cuando oí el ruido metálico de la llave en la cerradura y el golpe seco de una mochila cayendo al suelo del pasillo.

—¡Mamá, ya estoy en casa! —gritó Álvaro con esa voz que todavía estaba afinando, pero que cada vez sonaba más adulta.

Sonreí sin poder evitarlo. Mi hijo entraba siempre como un torbellino controlado: alto, desgarbado, con el pelo revuelto y… feliz.

—Hola, catástrofe —respondí sin levantar la vista del teclado—. No recogiste el baño.

—Mamá, se me olvidó.

—A ti se te olvida todo lo que sea recoger.

—No seas pesada.

—Sobreviviste a la noche en casa de Marcos.

Entró en el despacho arrastrando los pies, se dejó caer en el viejo sillón orejero que tengo al lado de la mesa y puso los pies encima, dueño absoluto del universo. Llevaba la sudadera arrugada y olía ligeramente a pizza y a colonia de adolescente.

—Sobreviví de milagro. Jugamos al FIFA hasta las tres, comimos pizza fría a las cinco de la mañana y luego nos pasamos dos horas hablando de chicas y de lo idiotas que somos los tíos.

Vida de adolescentes con hormonas, ya sabes.

¿Y tú? —Me miró de reojo con una sonrisilla—.

Tienes cara de haber dormido poco… o demasiado bien. Esa sonrisa traidora no me engaña.

Levanté una ceja y giré la silla hacia él. Entre nosotros nunca había habido filtros. Desde que su padre se alejó, habíamos construido una relación rara y maravillosa: mitad madre-hijo, mitad mejores amigos. Él me contaba sus dramas de instituto y yo… bueno, casi todo. Hoy tocaba sinceridad total.

—Pues la verdad es que dormí poco —admití, cruzándome de brazos y apoyándome en el respaldo—. Anoche me quedé a dormir en casa de Armando.

Álvaro abrió mucho los ojos, claramente sorprendido. Se incorporó un poco en el sillón y me miró con curiosidad y diversión.

—Lo pasaste bien en el cumpleaños… y fuera del cumpleaños.

—Muy bien. —Amplié la sonrisa.

—Hostia, mamá… —soltó una carcajada baja, genuinamente impresionado—. Cuéntamelo todo.

—No digas palabrotas, coño. —Reímos más.

—Ahora resulta que ya habéis pasado a dormir juntos. Quiero detalles. Nivel amigo total, no nivel hijo que va a necesitar terapia.

Me reí y me quité las gafas, dispuesta a contárselo sin censura. Con Álvaro siempre era así: fácil, directo, sin vergüenza.

—Pues… nos liamos anoche en la discoteca. Una cosa llevó a la otra, subimos a su casa y… me quedé a dormir. Y sí, es tan guapo de cerca como de lejos. Es divertido, me hace reír como una loca y… joder, Álvaro, es muy bueno en la cama. Muy bueno.

Mi hijo fingió taparse los oídos durante dos segundos, pero se le escapaba la risa por todas partes.

—Vale, vale, suficiente con “muy bueno”. No necesito el manual de instrucciones completo. ¿Y qué tal él como persona? ¿Es un capullo disfrazado o decente de verdad?

—Parece decente de verdad —dije, y por primera vez lo pronuncié en voz alta con cierta convicción—.

Me escucha, me hace reír hasta que me duele la tripa, y cuando me mira…

me siento vista de verdad. Como si no fuera solo “la madre de Álvaro” o “la de cuarenta y cinco”. Pero hay un problema grande, enano.

Álvaro se puso cómodo, apoyó los codos en las rodillas y me miró con esa cara de terapeuta adolescente que me dejaba desarmada.

—Cuéntame el problema grande. Soy todo oídos.

—Tiene treinta años. Yo tengo cuarenta y cinco.

Quince años de diferencia. Él acaba de salir de un divorcio y está en modo “vamos a comernos el mundo entero”.

Tengo miedo de que para él sea solo una fase divertida, de que dentro de un tiempo se aburra de mi ritmo más calmado y yo me quede como la tía madura que le duró un verano.

—Estamos en primavera.

—Pues eso. Miedo de pillarme en serio y que luego me duela como un hijo de puta.

Álvaro se quedó callado un momento, pensativo, mordiéndose el labio inferior como hacía siempre que estaba procesando algo serio. Luego sonrió con esa madurez que a veces me dejaba sin aliento.

—Mamá, escúchame bien. Tienes cuarenta y cinco, no ochenta y cinco.

Sigues estando buenísima, sigues teniendo ganas de vivir, sigues siendo la tía más guay, divertida y lista que conozco.

Si este tío te hace reír de verdad y te hace sentir así de viva…

¿por qué no vas a intentarlo? La diferencia de edad es solo un número.

Papá tenía tu edad y mira la mierda que salió.

Al menos Armando parece que tiene cerebro, humor y, por lo que cuentas, sabe usar las manos.

Eso ya es más de lo que mucha gente tiene.

Me mordí el labio, conteniendo una risa mezclada con ternura.

—¡Eres un listillo insufrible!

—Soy tu listillo favorito —contestó, guiñándome un ojo—.

Mira, mi consejo oficial de adolescente con la cabeza bien amueblada: disfruta el momento.

No te comas la cabeza con “dentro de un año”.

Piensa en esta noche. Si sale mal, sale mal y ya está.

Si sale bien… pues tienes a un tío que te gusta de verdad y que vive a veinte minutos.

Doble victoria. Y si algún día se pone tonto, me avisas y le recuerdo que tengo dieciséis años y que pegarle a un adulto me cae con atenuantes.

Solté una carcajada que me salió del alma.

—Dios, te quiero tanto que a veces me duele.

—Y yo a ti, aunque me cuentes detalles que ningún hijo debería saber nunca —dijo levantándose y dándome un beso sonoro en la cabeza—. Ahora voy a ducharme, que huelo a pizza fría y a fracaso en el FIFA.

—Mañana tienes que quedarte otra vez en casa de Marcos. He invitado a Armando a cenar aquí.

—Qué asco. Promete que no follaréis en el sofá.

—Ni de coña lo prometo.

—Pues promete que vas a disfrutar y que, si en algún momento te sientes rara por la edad, me llamas. Soy tu terapeuta personal gratuito.

—Prometido.

—Mi madre liga más que yo —suspiró.

—Eso no es verdad.

—Es verdad y lo sabes. Me voy a llorar a mi cuarto.

—Llora, pero no manches las sábanas, que las tengo que lavar yo.

Álvaro se fue por el pasillo canturreando y yo me quedé sola en el despacho, con el corazón mucho más ligero que antes.

Los miedos seguían ahí, revoloteando… pero ya no pesaban tanto. Tenía un hijo que era mi mejor amigo, un hombre que me volvía loca y una noche por delante sin tener que dar explicaciones a nadie.

La vida, a veces, no estaba nada mal.