37 ENREDADA ENTRE SUS BRAZOS
Estela
Me quedé un rato más enredada en los brazos de Armando, fingiendo que el mundo exterior no existía. Su pecho subía y bajaba bajo mi mejilla, cálido, firme, todavía oliendo a nosotros. Se hacía tarde, pero yo solo quería quedarme ahí, desnuda y feliz, escuchando cómo su corazón latía contra mi oído.
—Quédate —murmuró él, medio dormido, apretándome más contra su cuerpo—. Puedo hacer café y tostadas. Con aguacate.
—Ojalá. —Le besé el hombro—. Pero tengo que irme antes de que el bloque se ponga en marcha.
Él abrió un ojo, travieso.
—¿Habrán tenido marcha como la nuestra?
—Cállate, que todavía me muero de vergüenza.
Me duché rápido en su baño diminuto, usando su gel que olía exactamente a él.
Me vestí con la ropa de la noche anterior (falda arrugada, camiseta con olor a discoteca y pecado) y me miré al espejo.
Tenía pinta de haber sido follada muy bien y muy seguido.
Labios hinchados, mejillas encendidas, pelo húmedo. Culpa con purpurina.
Armando me esperaba en la puerta, solo el bóxer, sonriendo como quien acaba de ganar la lotería.
—Ven aquí —dijo, tirando de mí para darme un beso lento, profundo, de los que hacen que te tiemblen las rodillas otra vez.
—Para o no bajo nunca —susurré contra su boca.
—Ese es el plan.
Bajé las escaleras de puntillas, como una espía de pacotilla en su propio edificio. El corazón me iba a mil. Pasé por delante de la puerta de mis padres (piso 3) conteniendo la respiración. Silencio. Bendito silencio.
Estaba a punto de llegar escapar de esa parte de la escalera cuando…
—¡Estela!
La puerta se abrió de golpe. Mi madre, Carmen, asomó con su bata de flores y los rulos todavía puestos, como salida de una comedia de los ochenta.
—¿Qué haces aquí a estas horas, hija? ¿Y con esa cara de recién levantada de una guerra?
Tragué saliva. Olía a gel de Armando. Llevaba la misma ropa de fiesta. Parecía un cartel luminoso que decía “he follado hasta las seis de la mañana”.
—Eh… pasaba por el barrio y subí a veros —improvisé, con la voz más aguda de lo normal—. ¿Todo bien?
Mi madre me miró de arriba abajo, escaneando como rayos X.
—¿Pasabas por el barrio? ¿Con tacones y falda de salir? ¿Y Álvaro? ¿No ha venido?
—Álvaro… se ha quedado estudiando.
En ese momento apareció mi padre por detrás, con la taza de café en la mano.
—Buenos días, princesa. Pasa. Te hago algo para desayunar.
—Menudo escándalo que ha hecho el vecino de arriba esta noche. Parecía que estaban rodando una película porno arriba. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! El cabecero daba contra la pared como si fuera un tambor. Tu padre y yo no pegamos ojo —explicó mi madre, mientras yo entraba y quería morirme.
Me atraganté con mi propia saliva. Literalmente. Empecé a toser como si tuviera tuberculosis.
—¿Cabecero? ¿Película porno? —repetí, con la cara ardiendo.
—Gemidos y todo, eh —añadió mi padre, cruzándose de brazos—. Una chica gritando como si la estuvieran matando… de gusto. Menudo salvaje el Armando ese. Joven y fuerte, eso sí. — Asintió, muy serio—. Parecía un partido de pádel. Yo le decía a tu madre: “como sigan así se nos cae el techo”.
Quería que la tierra me tragara. Quería disolverme. Quería subir corriendo y matar a Armando a besos y a golpes al mismo tiempo.
—Seguro que… eran amigos suyos —balbuceé—. Ya sabéis, juventud…
—Juventud dice —resopló mi madre—. Pues que ponga moqueta en el cabecero o que baje el ritmo. Que una ya tiene una edad.
Me despedí a toda prisa, dándoles dos besos rápidos y saliendo disparada escaleras abajo.
—¡Trae a Álvaro a comer el domingo! —gritó mi madre desde arriba.
En cuanto llegué a mi casa cerré la puerta con tres vueltas de llave, me tiré en el sofá y exploté en carcajadas. Me dolía la tripa. Lágrimas de risa me caían por las mejillas. Saqué el móvil y escribí:
Estela:
Mi madre acaba de describirme nuestros polvos como “bum bum bum” y “película porno”. Mi padre habló de partido de pádel. Quiero morirme.
La respuesta de Armando llegó en menos de diez segundos:
Armando:
Jajajajajajajaja
¿Bum bum bum? Me siento orgulloso.
La próxima vez traigo amortiguadores.
¿Estás bien, desastre?
Estela:
Muerta de vergüenza y muerta de risa.
Armando:
¿Cuándo repetimos?
Yo:
¿Te has quedado con ganas?
Armando:
Muchas. ¿Y tú?
Yo:
Muchísimas.
Armando:
Esta noche. Mi piso. Sin cabecero ruidoso (mentira).
Yo:
Esta noche. Mi piso. Sin padres en el piso de abajo.
Armando:
¿Y tu hijo?
Yo:
Lo matamos.
Armando:
Una idea malísima. Pobrecito.
Yo:
Le digo que se quede a dormir en casa de un amigo.
Armando:
Serás capaz…
Yo:
Mi hijo y yo tenemos nuestras normas.
Nos entendemos.
Armando:
Me parece perfecto.
Armando escribiendo…
Armando:
Tengo ganas de volver a verte.
Me quedé mirando el móvil con una sonrisa idiota, todavía con resaca, todavía oliendo a él, y con la seguridad de que esto se estaba poniendo peligrosamente serio… y deliciosamente divertido.
Yo:
Y yo a ti.
Eres muy divertido.
Armando:
¿Solo eso?
Yo:
Estás rico.
Armando:
Me quieres solo por mi cuerpo.
Yo:
Lo admito.
Armando:
Admite también que te gusto.
Yo:
Mucho. Si no, no estaría en este lío.
Armando:
¿Qué lío?
A ver cómo se lo decía. Fui exacta y no muy clara.
Yo:
Vives arriba de mis padres, te has liado con una vecina antes de conocerme que, por cierto, se enfadará mucho si se entera. Y tienes quince años menos que yo.
Armando:
Te compro lo de tus padres y Rebeca, aunque la chica me da igual. Pero no me digas que te importa la diferencia de edad.
Me quedé clavada en el sofá, con el móvil quemándome en la mano y el corazón latiéndome en la garganta. ¿Has corrido alguna vez una maratón sin haberte preparado física y mentalmente? Pues igual.
El mensaje de Armando seguía ahí, en la pantalla: No me digas que te importa la diferencia de edad. Quince putos años. Cuarenta y cinco contra treinta. Y de repente todo lo que había sentido como una locura divertida se convirtió en un pozo oscuro donde me caí de cabeza.
Cerré los ojos y los miedos salieron todos a la vez, como si hubieran estado esperando en fila india para darme una paliza.
¿Y si esto es solo la crisis de los treinta de él disfrazada de atracción? ¿Y si es mi crisis de los cuarenta? Tenía cuarenta y cinco, pero… Me mordí el labio y suspiré.
Él está recién divorciado, con la vida recién estrenada como un coche nuevo.
Quiere pisar el acelerador: fiestas, viajes improvisados, noches que terminan a las ocho de la mañana, sexo sin pensar en el mañana.
Yo ya viví esa etapa. La quemé entera. Ahora lo que quiero es bajar la velocidad, poner el piloto automático y disfrutar sin que me tiemblen las rodillas.
¿Cuánto tiempo pasa antes de que él se aburra de mi ritmo?
¿De que se dé cuenta de que yo prefiero un domingo en la terraza con un libro y él quiere un domingo en Ibiza con resaca incluida? Bueno, Ibiza también me gusta y mucho.
Y luego estaba el miedo más feo, el que me apretaba el pecho de verdad:
¿Y si me enamoro como una idiota?
Porque esto ya no es solo “me gusta este tío y follamos de maravilla”.
Es cómo me hace reír hasta que me duele la barriga, cómo me mira, cómo me siento…
vista. Real. Y si me enamoro de verdad, ¿qué pasa cuando dentro de tres años él quiera tener hijos y yo ya cerré esa puerta hace una década?
¿O cuando él quiera una vida de aventuras constantes y yo solo quiera estabilidad, un café tranquilo y alguien que no me haga sentir que estoy compitiendo con mi propia edad?
Me froté la cara con las manos, fuerte, tratando de borrarme los pensamientos.
Tenía miedo de ser la “experiencia divertida” de su divorcio.
La mujer mayor, interesante, con curvas y experiencia, la que le hace sentir vivo un tiempo…
y luego pasa página. Miedo de que dentro de un año me mire y piense: “Joder, ella ya vivió todo esto y yo todavía estoy empezando”.
Miedo de convertirme en la que se queda atrás, la que ve cómo él crece mientras yo ya estoy en otra fase de la vida.
Miedo de que la diferencia no sea solo un número, sino dos vidas que van en direcciones opuestas y que, por mucho que nos gustemos ahora, tarde o temprano uno de los dos se quede solo en la estación viendo cómo se aleja el tren del otro.
Y lo más jodido : miedo de que yo misma me boicotee.
Porque una parte de mí ya está calculando el daño, midiendo el riesgo, preparando el discurso de “esto no va a funcionar” antes siquiera de que empiece.
Como si mi cerebro de cuarenta y cinco años tuviera un protocolo de emergencia para no volver a hacerse ilusiones.
Como si el corazón se me hubiera vuelto un contable que solo sabe sumar pérdidas.
Suspiré tan fuerte que casi me dio tos. Tenía los ojos húmedos y ni siquiera lloraba. Solo… estaba saturada. Tecleé con dedos que me temblaban más de lo que quería admitir:
Yo:
Me importa… más de lo que quiero reconocer.
No es la edad en sí, Armando. Es que tú estás en pleno despegue y yo ya llevo años volando.
Tú quieres comerte el mundo a bocados grandes y rápidos.
Yo ya me lo comí y ahora me gusta saborearlo despacio, sin prisa, sin dramas.
Tengo miedo de que dentro de un tiempo te des cuenta de que quieres más de lo que yo puedo darte: más energía, más noches locas, más futuro por construir.
Tengo miedo de enamorarme como una cría y acabar siendo la que se queda recogiendo los pedazos cuando tú decidas que necesitas alguien que esté en tu misma etapa.
Tengo miedo de sentirme vieja a tu lado, aunque ahora me hagas sentir la mujer más viva del planeta.
Pero tú me importas más que todo ese miedo junto.
Lo leí y… lo borré.
Yo:
Hablamos luego, ¿vale?
Álvaro ha dejado la casa manga por hombro.
Dejé el móvil en el pecho y me tapé la cara con el cojín.
El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en los oídos.
Los miedos seguían ahí, girando como un carrusel cruel, pero por primera vez los había dicho en voz alta (o al menos los había escrito en un mensaje que se guardó en borrador, creo).
Y eso, de alguna manera, los hacía un poco menos monstruosos.
El teléfono vibró. No quería mirar. Pero miré.
Armando:
No me has contestado. Y no importa. Pero quiero decirte algo. Para mí la edad no es un muro. Es solo un número.
Me gustas tú. La que se ríe hasta que se le saltan las lágrimas en el coche, la que me vuelve loco en todas partes, la que se despierta con resaca y todavía tiene esa luz que me desarma y más risas.
No quiero prometerte eternidad ni cuentos de hadas.
Solo quiero seguir viéndote y ver qué pasa.
Día a día. Sin presión. ¿Te parece tan loco?
Sonreí contra el cojín. Tecleé antes de que el miedo volviera a ganar terreno:
Yo:
Es aterradoramente sensato.
Vale. Día a día. Pero prométeme que si un día sientes que quieres más aventura, más juventud, más… lo que sea que yo ya no pueda darte, me lo dirás. No quiero ser la que se queda esperando a que te des cuenta.
Armando:
Prometido.
Y si pasa, al menos habremos vivido algo que valió la pena cada segundo.
Yo:
Eso no lo dudes.
Armando:
Estela…
Me encantas.
Yo:
Y tú a mí.
Armando:
¿Qué vas a hacer hoy?
Yo:
Limpiar y trabajar.
Armando:
Es sábado.
Yo:
Tengo un hijo adolescente y mucho trabajo.
Armando:
Tienes que matarlo antes de mañana.
No te olvides.
Yo:
He pensado dormirlo con un somnífero. Para no ser tan dramática.
Armando:
Me parece más lógico.
Te dejo hacer todo eso que tienes que hacer.
Yo:
¿Qué vas a hacer tú?
Armando:
Salir a correr y tomar unas cervezas con David.
Si te apetece, avísame.
Yo:
Vale.
Gracias.
Pasadlo bien!
Armando:
Un beso.
Yo:
Un beso.
Dejé el móvil a un lado y me miré el techo. Los miedos no se habían ido. Seguían ahí, revoloteando como mosquitos cabrones. Quince años no desaparecen por arte de magia. Pero pensé que no tenía que elegir entre el miedo y las ganas. Podía tener los dos. Y saltar igual.