36 LA MEJOR LOCURA
Estela
La luz del sol se coló por la ventana, directa y cruel.
¿Armando no bajaba la persiana? Esos pisos tenían.
¿Y la cortina? Abrí un ojo con esfuerzo y lo primero que sentí fue un martillo pilón dentro de la cabeza.
La boca pastosa, el cuerpo deliciosamente dolorido en sitios que no recordaba haber usado tanto.
Y el calor de un brazo pesado que me rodeaba la cintura.
Armando seguía dormido a mi lado, boca entreabierta, pelo revuelto y una expresión de paz absoluta que me hizo sonreír a pesar de la resaca. Me quedé mirándolo un segundo, recordando todo en flashes: el portal, las escaleras, las risas ahogadas, la pared, la cama… y el ruido. Joder, el ruido.
—Mierda —susurré, tapándome la boca con la mano.
Él se removió, gruñó algo ininteligible y abrió los ojos despacio. Me miró, parpadeó dos veces y sonrió con esa pereza sexy que ya empezaba a ser mi perdición.
—Buenos días, desastre —murmuró, voz ronca de sueño y de todo lo demás.
—Buenos días, vecino ruidoso —respondí, hundiendo la cara en su pecho para esconderme de la vergüenza y de la luz.
Se rio bajito, y su pecho vibró bajo mi mejilla.
—¿Vecino ruidoso? Creo que fuiste tú la que gritó “no pares, fóllame fuerte” justo encima de la habitación de tus padres.
Me incorporé de golpe, ignorando el pinchazo en las sienes.
—No digas eso. Si nos oyeron…
—Seguro que pensaron que era un terremoto. O una fiesta privada. O que su hija estaba siendo asesinada de placer.
—Creen que sigo siendo virgen.
Él soltó una carcajada que le hizo cerrar los ojos de dolor.
—Ay, la resaca. Pero valió la pena. ¿Tú cómo estás?
—Como si me hubiera pasado un camión por encima. Un camión muy guapo y…
—¿Y qué?
—No te lo digo. Que te vienes arriba.
Me atrajo hacia él otra vez, pegándome a su cuerpo desnudo. Nuestras pieles se reconocieron al instante. Sus manos bajaron por mi espalda, lentas, posesivas, y yo suspiré contra su cuello.
—Anoche fue… —empezó.
—Una locura —terminé yo—. La mejor locura.
Nos quedamos así un rato, abrazados, respirando el mismo aire. Era tierno y sencillo, y al mismo tiempo se sentía enorme. Algo había encajado sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado.
De repente me acordé de Paula vomitando por la ventana, de Zoa comiéndose a David en cada semáforo, de nosotros dos subiendo las escaleras como adolescentes en celo. Empecé a reírme sin poder evitarlo.
—¿Qué? —preguntó él, curioso.
—Que anoche éramos un circo. Y ahora estamos aquí, con resaca y sin ropa, y mis padres probablemente estén abajo tomando café y comentando “¿has oído ruidos raros esta noche, cariño?”.
Armando se rio con ganas, aunque se llevó una mano a la frente.
—Dios, espero que no. Aunque si suben con la escopeta, les diré que fue por una buena causa.
—No tienen armas de fuego —le di un mordisco suave en el hombro.
—Por suerte para mí.
El ambiente mutó despacio. Las risas se fueron suavizando.
Las caricias se volvieron más intencionadas.
Su mano bajó hasta mi muslo, subió, se coló entre mis piernas con una lentitud que me hizo contener el aliento.
Yo respondí deslizando la palma por su abdomen, bajando más, encontrándolo ya duro y caliente.
—Otra vez… —murmuró él, con una sonrisa en la voz.
—Otra vez —confirmé, besándolo despacio.
Me incorporé un poco y empecé a bajar por su cuerpo.
Besos en el pecho, en las costillas, en la línea de vello que bajaba.
Me tomé mi tiempo, saboreando cada centímetro de piel caliente.
Cuando llegué a su polla, ya estaba completamente dura, latiendo contra su vientre.
La miré un segundo y levanté la vista para encontrarme con sus ojos oscuros, fijos en mí.
—Joder, Estela… —susurró, con la voz rota, y enredó sus dedos en mi cabello
Sonreí, maliciosa y tierna, y pasé la lengua despacio desde la base hasta la punta, rodeando la cabeza con cuidado.
Él soltó un gemido bajo que me encendió.
Lo tomé en mi boca poco a poco, cálido, profundo, dejando que mi lengua lo acariciara por dentro mientras mis labios lo apretaban con suavidad por fuera.
Subí y bajé con un ritmo lento, saboreándolo, disfrutando del peso, del calor, del leve sabor salado que ya conocía de anoche.
—Así… justo así —jadeó él, metiendo los dedos en mi pelo sin tirar, solo acompañándome.
Lo miré mientras lo hacía. Sus ojos entrecerrados, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando rápido.
Me sentía poderosa y vulnerable, y eso me gustaba.
Aceleré un poco, envolviéndolo más profundo, usando la mano en la base para acariciarlo al mismo ritmo.
Sus caderas se movían apenas, conteniéndose, y cada vez que gemía mi nombre en voz baja yo sentía una punzada de deseo entre mis propias piernas.
—Ven aquí —tiró suavemente de mí.
—No —sonreí contra su piel, sin soltarlo—. Quiero terminar esto.
—Eres mala.
Siguió un minuto más de puro placer compartido: mis labios, mi lengua, mis manos, sus gemidos cada vez más roncos. Hasta que él me detuvo con un jadeo.
—Ven… Ven aquí… Si sigues así voy a correrme y quiero estar dentro de ti otra vez.
Me subió hasta su boca, me besó con hambre y me giró con facilidad hasta que quedé debajo.
Entró en mí de un solo movimiento lento y profundo que nos arrancó un gemido a los dos.
Esta vez no fue urgente como anoche. Fue más consciente, más conectado.
Nos movimos juntos, mirándonos a los ojos, riéndonos cuando el colchón crujía demasiado fuerte.
—¿Crees que tus padres están escuchando ahora mismo? —preguntó entre embestidas, con esa sonrisa traviesa.
—Cállate o suben con la escoba.
—Que suban. Les diré lo bien que me cae su hija. —Entró—. Y lo que me gusta follarla. —Salió.
Me reí y lo atraje más fuerte contra mí, con mis manos agarradas a sus nalgas, duras y redondas.
El orgasmo llegó despacio, dulce, casi inesperado, y nos pilló a los dos al mismo tiempo. Nos quedamos temblando y abrazados.
Cuando todo se calmó, él rodó a un lado sin soltarme, pegándome a su pecho otra vez. Me besó la frente, la nariz, los labios.
—Buenos días de verdad —susurró.
—Los mejores. —Cerré los ojos contra su piel.
Y aunque la resaca seguía ahí, y aunque sabía que abajo mis padres probablemente estaban desayunando y comentando los “ruidos raros” de anoche y de hace un momentos, yo solo podía pensar una cosa: Que valía la pena cada decibelio.