35 QUÉ BIEN ME CAES
Estela
Nos quedamos entrelazados un rato largo, sin prisa por separarnos.
Su brazo rodeaba mi cintura con fuerza, como si no quisiera dejarme escapar ni siquiera en sueños.
Yo tenía la mejilla pegada a su pecho, escuchando cómo su corazón iba recuperando poco a poco un ritmo normal.
Nuestras piernas estaban enredadas, piel contra piel, todavía calientes y ligeramente húmedas de sudor.
Sus dedos subían y bajaban por mi espalda en caricias lentas, casi distraídas, dibujando líneas invisibles que me ponían la piel de gallina.
Le besé el centro del pecho y él suspiró, apretándome más contra sí.
—Ven aquí —murmuró, girándose un poco para que quedáramos frente a frente.
Nos miramos en la penumbra. Solo entraba un poco de luz naranja de una farola lejana a través de la ventana.
Sus ojos, tan cerca, parecían más oscuros y brillantes que nunca.
Yo estudié cada detalle: la pequeña cicatriz en su ceja, la forma en que sus pestañas proyectaban sombra sobre sus mejillas, la curva suave de su boca todavía enrojecida por los besos.
Y él me miraba a mí de la misma manera. Sin prisa. Sin vergüenza. Como si estuviera memorizando cada milímetro de mi cara.
¿Qué pasa? pensé, sintiendo un nudo extraño en el estómago. ¿Qué pasa aquí? Esto no debería sentirse así… tan intenso. Tan… inmenso.
Nos envolvió un silencio bonito. Mi mano subió hasta su mejilla y él inclinó la cara hacia ella, besándome la palma con una ternura que me desarmó por completo.
—Qué bien me caes —susurró con voz ronca, sin dejar de mirarme.
Sonreí, y sentí que algo se me calentaba por dentro. No era solo deseo.
—Tú a mí también —respondí en el mismo tono, con mis pupilas clavadas en las suyas—. Demasiado, creo.
Él soltó una risa bajita, tímida, y apoyó su frente contra la mía. Nuestras narices se rozaron. Podía sentir su aliento cálido mezclándose con el mío.
—Esto no estaba en mis planes —confesó.
—Ni en los míos —admití—. Pero aquí estamos.
—Aquí estamos…
Volvimos a besarnos, pero esta vez fue lento y perezoso. Solo labios que se acariciaban, lenguas que se rozaban con calma, sin medir el tiempo ni las ganas. Cuando nos separamos, él me abrazó más fuerte, metiendo una pierna entre las mías y cubriéndome con su cuerpo como una manta caliente.
Cerré los ojos, hundiendo la cara en su cuello. Olía a él, a sexo, a noche y a algo que ya empezaba a sentir peligrosamente mío. Sus dedos seguían trazando círculos en mi cadera, cada vez más lentos, más pesados.
—Duérmete —susurró contra mi pelo.
—No quiero —murmuré, aunque los ojos ya se me cerraban solos.
—Pues quédate despierta mirándome. Me gusta cuando me miras así.
Sonreí contra su piel.
—Idiota.
—Tu idiota favorito, espero.
No respondí. Solo apreté más el abrazo.
Poco a poco, la respiración de Armando se volvió más profunda y regular. La mía lo siguió. El cansancio de la noche, el alcohol, las risas, los besos y todo lo que acababa de pasar entre nosotros cayó sobre mí como una ola suave.
Antes de rendirme del todo, abrí los ojos una última vez. Él ya estaba medio dormido, pero aún me miraba, con esa media sonrisa perezosa que me desarmaba.
¿Qué pasa aquí? volví a pensar, mientras el sueño me arrastraba.
Y… no tuve miedo de no tener la respuesta.