Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 34 UN PASO, OTRO MÁS
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34 UN PASO, OTRO MÁS

Estela

La risa se nos murió en la garganta. Solo quedó el sonido de nuestras respiraciones, entrecortadas, ansiosas. Nos miramos en la penumbra del pasillo de su casa y ya no hubo más palabras tontas, ni bromas, ni “shhh”. Solo él y yo.

Armando dio un paso. Yo di otro. Y de repente sus manos estaban en mi cintura, empujándome con una firmeza urgente.

Mi espalda chocó contra la pared del pasillo y su boca bajó sobre la mía como si llevara horas conteniéndose.

El beso ya no era juguetón. Era profundo, lento al principio, luego más hambriento.

Su lengua rozó la mía y sentí un escalofrío que me bajó por la columna hasta los dedos de los pies.

—Joder… —susurró contra mis labios, apenas audible.

Mis manos se colaron bajo su camiseta, tirando de ella hacia arriba.

La tela se deslizó por su piel caliente y yo la seguí con las palmas, sintiendo cada músculo tenso, cada respiración acelerada.

Él hizo lo mismo conmigo. Mis dedos temblaron un poco al desabrocharle el cinturón; los suyos fueron más seguros al bajar la cremallera de mi falda.

La ropa cayó al suelo sin ruido, ya sobraba.

Nos besamos mientras caminábamos torpemente hacia la habitación.

Tropezamos con el borde de la cama y caímos juntos, riéndonos solo un segundo antes de que el deseo volviera a tragarse todo.

Yo quedé encima. Él me miró desde abajo con los ojos oscuros, brillantes, y algo en esa mirada me hizo sentir poderosa y vulnerable al mismo tiempo.

Me incliné y lo besé otra vez, más despacio, saboreándolo.

Sus manos subieron por mis muslos, abriéndome las piernas con delicadeza hasta que quedé a horcajadas sobre él.

Sentí su calor, su dureza presionando justo donde más lo necesitaba.

Un gemido se me escapó cuando me moví despacio, frotándome contra él, sintiendo cómo se endurecía más.

—Así… —murmuró, con la voz ronca—. Me vuelve loco cuando haces eso.

No dije nada. Solo me moví otra vez, más lento, más provocadora.

Sus dedos se clavaron en mis caderas, guiándome, pero sin forzar.

Me incorporé un poco y él se incorporó conmigo, sentándose en la cama.

Nuestros pechos se rozaron. Sus labios bajaron por mi cuello, mordiendo suavemente, lamiendo la piel sensible justo debajo de la oreja.

Yo eché la cabeza hacia atrás y él aprovechó para deslizar una mano entre nosotros, tocándome con los dedos exactos, precisos, como si ya supiera exactamente cómo me gustaba.

—Dios… sí —susurré, casi sin voz.

Él sonrió contra mi cuello y siguió, más despacio, más profundo, hasta que mis caderas empezaron a moverse solas contra su mano.

El placer subía en oleadas calientes, casi insoportables.

Cuando ya no pude más, lo empujé suavemente hacia atrás hasta que volvió a tumbarse.

Me quité lo poco que quedaba de ropa interior y él hizo lo mismo. Ninguno de los dos apartó la mirada.

Me coloqué encima otra vez. Muy despacio.

Muy consciente. Lo sentí entrar en mí centímetro a centímetro, llenándome, estirándome.

Los dos soltamos un gemido al mismo tiempo.

Me quedé quieta un segundo, solo sintiéndolo dentro, latiendo, caliente.

Luego empecé a moverme. Arriba y abajo, en círculos lentos, buscando el ángulo perfecto.

Sus manos subían y bajaban por mi espalda, por mis costados, apretándome los pechos con reverencia, rozando los pezones con los pulgares hasta que se me escapó un jadeo más alto.

—Más rápido… —pidió él en voz baja, casi suplicante.

Aceleré. El ritmo se volvió más intenso, más profundo.

El sonido de nuestra piel chocando llenaba la habitación, mezclado con respiraciones entrecortadas y gemidos que ya no intentábamos contener.

Él se incorporó de nuevo, abrazándome fuerte contra su pecho mientras yo seguía moviéndome encima de él.

Nuestras bocas se encontraron en un beso desordenado, húmedo, desesperado.

De repente me giró. Quedé debajo. Sus ojos se clavaron en los míos mientras entraba otra vez, de un solo movimiento lento y profundo que me arrancó un gemido largo.

Empezó a moverse con fuerza contenida, cada embestida precisa, cada roce exacto.

Una mano bajó entre nosotros y me tocó justo donde más lo necesitaba, sin dejar de follarme.

—Sí… así… fóllame —susurré contra su oído, casi sin aliento.

Él gruñó y aumentó el ritmo. Más fuerte.

Más profundo. Mis uñas se clavaron en su espalda.

Mis piernas se enredaron en su cintura, atrayéndolo más.

El placer se acumulaba, subía, se volvía insoportable y delicioso al mismo tiempo.

Sentía cada centímetro de él, cada latido, cada respiración caliente contra mi cuello.

—No pares… —le rogué, y él no paró.

Me corrí con un gemido ahogado que se me rompió en la garganta.

Todo mi cuerpo se tensó alrededor de él, temblando, pulsando.

Él siguió moviéndose a través de mi orgasmo, alargándolo, hasta que yo ya no podía ni respirar.

Solo entonces se dejó ir. Su cuerpo se puso rígido, su cara se hundió en mi cuello y lo sentí correrse dentro de mí con un gemido ronco, profundo, que vibró contra mi piel.

Nos quedamos así un rato largo. Todavía unidos. Respiraciones agitadas. Piel sudorosa pegada a piel sudorosa. Sus dedos acariciaban mi espalda con una ternura que contrastaba con la intensidad de hacía un momento. Yo le besé el hombro, el cuello, la mandíbula.

—Joder… —murmuró él al fin, con una sonrisa en la voz—. Eres increíble.

Sonreí contra su piel.

—Tú tampoco estás mal.

Se rio bajito y rodó a un lado, llevándome con él. Me abrazó fuerte, pegándome a su pecho. Mi pierna quedó sobre la suya. Sus dedos trazaban círculos perezosos en mi cadera.

Ninguno de los dos dijo nada más durante un buen rato. Solo se escuchaba el latido de su corazón contra mi oreja y el sonido lejano de la ciudad que ya empezaba a despertar.

Y en ese silencio, con su piel todavía pegada a la mía y el sabor de su boca aún en mis labios, lo supe con una claridad que casi asustaba: Esto era el principio de algo que ninguno de los dos iba a poder ignorar.