33 TODOS LOS MOMENTOS SUMABAN
Estela
El coche se quedó en un silencio extraño cuando dejamos a David en su portal, junto a Zoa, claro.
Esta se despidió entre risas ahogadas y un beso que no quería terminar nunca, mientras Paula ya roncaba suavemente en el asiento trasero como un osito borracho.
La subimos a su casa entre tropiezos y susurros, y de repente, sin fanfarria ni testigos, solo quedábamos nosotros dos.
Armando al volante. Yo a su lado. La ciudad había bajado el volumen.
—Me gustaría que esta noche no terminara nunca —dijo él, con la mirada fija en la carretera, voz baja y sincera.
No sonó dramático. Sonó real. Como si lo hubiera pensado demasiado y al final se le hubiera escapado.
Sonreí, sintiendo un cosquilleo cálido en el pecho.
—No tiene por qué terminar.
Giró la cabeza un segundo, lo justo para clavarme esos ojos oscuros que ya empezaban a desarmarme.
—¿No?
—No.
—Podríamos… —empezó.
—Sí —lo corté, sonriendo—. Podríamos.
—¿Lo que yo quiera?
—Es tu cumpleaños.
Él soltó una risa baja, casi aliviada, y siguió conduciendo con una sonrisa que no se le borraba de la cara.
Llegamos al barrio entre carcajadas, rebobinando toda la locura del trayecto. Cada vez que recordábamos algo, explotábamos otra vez.
—Cuando Paula sacó medio cuerpo por la ventana… —empezó él.
—No me lo recuerdes —me tapé la cara, muerta de risa—. Creí que iba a ver mi vida pasar delante de mis ojos.
—Yo vi el coche. Y mi futuro limpiando vómito.
—Fue asqueroso.
—Fue épico.
—No.
—Sí —insistió, y me dio un codazo suave—. Admítelo, fue el momento cumbre de la noche—. Rectifico, han sido nuestros besos.
—Cállate —le golpeé el brazo, riendo.
—Cállate tú —bajó la voz de repente, mirando hacia los edificios oscuros—. Que nos van a oír.
Nos quedamos quietos un segundo, conteniendo la respiración como dos adolescentes. Solo se escuchaba el zumbido lejano de algún coche. Nos miramos… y estallamos en una risa contenida, de esas que duelen en el estómago y que cuanto más intentas parar, más fuertes se hacen.
—Sube —susurró él, todavía riendo.
—Sube tú.
—No hagas ruido.
—No hagas tú.
La puerta del portal se cerró con un ¡bum! que retumbó como un cañonazo.
—Genial —murmuré, tapándome la boca—. Ya nos han escuchado todos los vecinos.
—Tranquila —dijo él, acercándose por detrás hasta que su pecho rozó mi espalda—. Seguro que no.
—Claro. Porque en este edificio todo el mundo duerme como angelitos.
—Confía en mí.
—No confío en ti ni un pelo.
Sonrió contra mi oído. Ese gesto tan simple hizo que se me acelerara el pulso. Se acercó más. Demasiado. Y el primer beso llegó ahí mismo, en mitad del portal oscuro, impulsivo y urgente. No se quedó en rápido. Se alargó. Se hizo más profundo. Más hambriento.
—Sube —susurré contra sus labios, sin separarme ni un centímetro.
—Sube tú.
—El ascensor…
—Está roto.
—Estupendo.
—Estupendo —repitió él, y me mordió suavemente el labio inferior.
Las escaleras fueron un desastre delicioso desde el primer escalón.
No subimos. Nos detuvimos. Nos besamos. Nos reímos. Volvimos a besarnos.
En el primer tramo me empujó contra la pared con cuidado, sus manos en mi cintura.
En el descansillo yo tiré de su camiseta, buscando piel.
Cada dos escalones había una excusa nueva: una mirada, una mano que se deslizaba demasiado abajo, una risa que intentábamos ahogar y que resonaba aún más fuerte.
—Shhh —susurré, apartándome un segundo—. Susana y Raquel viven aquí. Y Susana no duerme nunca.
—Pues que disfrute del espectáculo —respondió él, sonriendo como un diablo.
—Eres idiota.
—Un poco. Pero te gusto igual.
—Demasiado.
Pasamos por la puerta de Rebeca y nos quedamos congelados, conteniendo hasta la respiración.
—Ni se te ocurra —le advertí en voz bajísima.
—No iba a hacer nada…
—Ni lo pienses.
—No lo pienso —mintió descaradamente.
Nos miramos. Dos segundos. Y volvimos a besarnos con más ganas, como si el riesgo nos encendiera todavía más.
—Somos lo peor —murmuré contra su boca.
—Lo mejor —corrigió él, deslizando una mano por mi espalda—. Definitivamente lo mejor.
Llegar a la planta de mis padres fue casi peligroso. Ahí ya no había margen de error.
—No —señalé la puerta con pánico divertido—. Aquí no.
—Aquí tampoco —coincidió, tirando de mí hacia arriba.
—Sigue.
—Sigo.
La puerta de su casa se abrió con más ruido del que debería. Entramos tropezando, riendo, cerrando de un empujón. Y de repente todo cambió. El silencio cayó como una cortina. Solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas.
Nos miramos. Un segundo. Dos.
Y ya no hubo más palabras.
Me empujó suavemente contra la pared del pasillo. Yo tiré de su camiseta con urgencia. Él de la mía. Nos dimos un golpe tonto en la frente y estallamos en risas otra vez, pero esta vez cortas, nerviosas, cargadas de deseo.
—Ay.
—Perdón —susurró, sin dejar de besarme.
La ropa fue desapareciendo sin orden ni piedad. Cayó donde pudo. Tropezamos camino al sofá, luego hacia la cama. Nos sujetábamos, nos reíamos, nos besábamos con más fuerza. Cada roce era electricidad. Cada risa, una conexión más profunda.
Cuando caímos sobre la cama, las risas se fueron apagando poco a poco. Quedó solo el calor de los cuerpos, las manos que ya no dudaban, las respiraciones entrecortadas y miradas que decían mucho más que cualquier palabra.
Y en medio de todo ese fuego, mientras dejaba de pensar y me entregaba completamente a sentir, entendí algo que ya no podía ignorar.
Aquello no era solo otra noche más.
Ni para él. Ni para mí.
Yo ya no estaba jugando. Y, por la forma en que me miraba, supe que él tampoco.