Cuarenta y cinco inviernos y una primavera 32 O SE PARTE LA CRISMA O SE HACE VIRAL
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32 O SE PARTE LA CRISMA O SE HACE VIRAL

Estela

Volvimos al reservado como quien regresa de un sueño del que no quiere despertar. Pero despertamos, y bien que lo hicimos.

—No puede ser —murmuré, clavando los talones.

—Sí puede, y está pasando en directo —dijo Armando, ya con esa sonrisa de “esto va a ser bueno”.

Paula había conquistado una plataforma elevada y bailaba con un gogó. Tacones peligrosamente inestables, copa en alto, melena volando y una expresión de “soy la reina de este antro y vosotros mis súbditos”.

—¡Mirad quién ha vuelto! —gritó al vernos, señalándonos como si fuéramos las estrellas del show—. ¡Estáis perdiendo el mejor espectáculo de la noche, cabrones!

El gogó, un monumento con más músculos que neuronas activas, la sujetaba por la cintura. Paula intentaba copiar sus movimientos con una coordinación que solo se puede describir como “creativa y potencialmente mortal”.

—Se va a partir la crisma —aseguré.

—O se va a hacer viral —respondió Armando—. Honestamente, no sé qué me da más miedo.

No me dio tiempo a votar, porque en ese preciso instante Zoa apareció pegada a David como siameses con lengua. Se besaban con esa intensidad de “mañana me arrepentiré, pero hoy me importa una mierda”.

—Vale… —suspiré, y me crucé de brazos—. Esto tampoco estaba en el guion.

—Yo lo veía venir —murmuró Armando sin apartar la vista—. David tiene ese superpoder.

—¿Cuál? ¿El de derretir bragas a distancia?

—El de ser invencible.

Zoa soltó una carcajada dentro del beso, pero ni se molestó en separarse. David tampoco.

Mientras tanto, Paula seguía en su olimpo particular.

—¡Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida! —gritaba—. ¡Me quedo a vivir aquí! ¡Adopto al gogó!

—No, no te quedas. —Me acerqué a la plataforma—. Bájate ahora mismo antes de que te declares en quiebra por traumatizar a este pobre chico.

—No quiero.

—Paula.

—No quiero, soy feliz.

—Paula.

—Joder, qué pesada eres cuando te pones maternal… Vale, pero solo porque eres tú y porque te quiero.

Se dejó caer más que bajar. Armando la atrapó al vuelo como un caballero de discoteca.

—Gracias, mi héroe —indicó ella con solemnidad ebria, poniéndole una mano en el pecho—. Eres un buen hombre.

—Intento serlo —aguantó la risa.

—No lo consigas demasiado. Me gustan los malos.

—Lo tendré en cuenta.

Reunir a Zoa fue otra odisea. Tuve que literalmente despegarla de David.

—¿Nos vamos? —pregunté.

—¿Adónde? —respondió ella, con los ojos brillantes y la boca hinchada.

—A casa.

—¿Qué casa?

—La tuya, Zoa. Donde vives. Con tu cama y tus plantas medio muertas.

—Ah… —parpadeó—. ¿Vienes? —le preguntó a David sin soltarle la mano.

—Obvio que voy —contestó él, sonriendo como quien acaba de ganar la lotería—. Esto no me lo pierdo ni loco.

—Genial —murmuré yo—. Un trío de amigas y un plus one. Perfecto.

La salida fue un circo con ruedas.

Paula quería volver a entrar “solo un ratito”, Zoa se paraba cada tres pasos para comerse a David como el último croissant de la vida, y yo intentaba mantener la dignidad mientras Armando hacía de soporte logístico principal sin perder la sonrisa.

—¿Siempre son así? —preguntó él, sujetando a Paula por la cintura mientras ella le explicaba con total seriedad por qué los flamingos son aves incomprendidas.

—No —contesté—. A veces peor. Esto es la versión light.

—Joder, me siento privilegiado.

—Deberías. Te estoy enseñando el show completo. Sin filtros.

—Qué honor. Creo que ya estoy enamorado de todas.

—De mí no, que yo estoy sobria y peligrosa.

Él soltó una risa baja que me hizo cosquillas en el estómago.

Meterlas en el coche fue otro nivel de dificultad.

—Yo voy delante —anunció Paula, tambaleándose hacia la puerta del copiloto.

—No, tú vas detrás —dije.

—¿Por qué?

—Porque el universo lo pide.

—No es un argumento válido.

—Paula, por favor.

—Vale, vale… pero solo porque me duele el pie derecho.

—Estupendo.

Se dejó caer en el asiento trasero con la gracia de un saco de patatas. Zoa entró detrás, arrastrando a David como si fuera su mascota oficial.

—Esto promete —susurró Armando rodeando el coche.

Me senté a su lado, cerré la puerta y solté todo el aire.

—Gracias. De verdad.

—Todavía no hemos llegado a casa. Ahorra las gracias para cuando sobrevivas al viaje.

—Aceptado.

Arrancó.

Los primeros minutos fueron casi pacíficos.

Demasiado.

—Voy a vomitar —anunció Paula de repente.

—¡Baja la ventana! —grité.

—No encuentro el puto botón… ¿dónde está?

—Ese, Paula, ¡ese!

Demasiado tarde.

Armando frenó con suavidad mientras medio cuerpo de Paula salía por la ventana como una versión muy poco glamurosa de una princesa Disney.

—Experiencia completa —comentó él, muerto de risa—. Ya puedo tachar “asistencia a vomitona nocturna” de mi lista.

—Lo siento… —gimió Paula, limpiándose con dignidad cero.

—No pasa nada. Bienvenida al club.

—Eres demasiado bueno para este mundo.

—No tanto. Solo tengo estómago fuerte.

Detrás, Zoa y David seguían en su propia película romántica y pornográfica.

—Creo que se gustan —declaré, mirando por el retrovisor.

—Qué observadora. Deberías dedicarte a la investigación científica.

—Podríamos hacer un estudio.

—Creo que ya están en la fase de experimentación intensiva.

Se me escapó una carcajada sincera.

—Esto es un desastre absoluto.

—Es lo mejor que me ha pasado en semanas —respondió Armando, mirándome de reojo con esa media sonrisa peligrosa—. Para mí también es divertido.

—Para ti. Yo estoy haciendo de mamá gallina.

—Una mamá gallina muy sexy, eso sí.

—Oh, deja de hacer el gilipollas.

—No quiero.

Me miró un segundo más de lo necesario, y sonreí.

Y en medio de todo ese circo: Paula medio dormida babeando contra la ventana, Zoa riéndose sin motivo, besos de fondo y olor a noche y alcohol sentí… que estaba bien. Que por primera vez en mucho tiempo no calculaba, no medía, no me protegía.

Solo estaba.

Apoyé la mano en la consola central sin darme cuenta. Él posó la suya sobre la mía y… suspiré.