31 UN MOMENTO PARA NOSOTROS
Estela
Salimos de la discoteca sin avisar a nadie. Cruzamos la pista esquivando gente, luces y música demasiado alta para pensar con claridad. Manuela le lanzó una mirada rápida cuando pasamos por su lado. David levantó las cejas, con esa media sonrisa de “pasadlo bien”. No nos detuvimos.
Fuera, el contraste me sorprendió. Pasas de un lugar donde todo vibra a otro donde solo se escucha el ruido lejano de la ciudad, algún coche pasando, una risa que se escapa desde dentro. El frío nos golpeó de frente, seco, limpio, como si quisiera despejarnos.
—Joder —murmuré, cruzándome de brazos.
—¿Tienes frío? —preguntó él.
—Un poco.
Se quitó la chaqueta de cuero que se había puesto en algún momento sin pensarlo y me la puso sobre los hombros. Ese gesto sencillo, casi automático, que no pretende nada y lo consigue todo.
—Gracias.
—De nada.
Una terraza pequeña, de esas pensadas para fumar y olvidarse un rato del bullicio. Apenas había gente. Un par de mesas ocupadas, una pareja hablando en voz baja y un grupo al fondo que no nos prestó atención.
Nos apoyamos en la barandilla. Sin prisa. Sin necesidad de decir nada. Rodeados de un silencio bonito y tranquilo.
Le miré de reojo. Tenía las manos metidas en los bolsillos, la mirada perdida en algún punto de la calle, más tranquilo, más contenido que dentro. Había algo en él, en ese momento, que me gustaba más que el resto. Algo menos brillante, menos evidente.
Más real.
—Gracias por venir —dijo al cabo de unos segundos, sin mirarme todavía.
—Gracias por invitarme.
—No estaba seguro de que fueras a venir.
—Yo sí.
Giró la cabeza hacia mí.
—¿Sí?
—Te lo había prometido.
—¿Siempre cumples tus promesas?
—Lo intento.
Sonrió, pero no respondió. Se quedó mirándome un segundo más de lo normal, como si quisiera decir algo y no terminara de hacerlo.
Metí la mano en mi bolso, o traté de hacerlo, porque el cierre metálico se encasquilló, tiré de él y lancé la cartera al suelo.
—¿Qué haces? —Lo miró con una sonrisa.
—Liarla… Parece. —Ambos nos agachamos a recogerla. Él la alcanzó y me la devolvió.
—Gracias. Soy un desastre a veces.
—Eres perfecta.
—Oh, lo dices porque no me conoces. —Ahora sí, saqué lo que buscaba—. Toma.
—¿Qué es?
—Un regalo.
Frunció el ceño, sorprendido.
—¿Un regalo? No tenías por qué…
—Es tu cumpleaños. En los cumples se hacen regalos.
—Ya, pero…
—Quería hacerlo. —Le tendí una pequeña caja, sencilla, envuelta en papel oscuro. Nada espectacular. Nada que llamara demasiado la atención.
La cogió con cuidado.
—¿Lo abro?
—No, hombre. Déjalo para el año que viene —ironicé.
La abrió despacio, sin prisa, rompiendo el papel con cuidado, sin estropearlo. Dentro había un llavero de cuero, sencillo, con una pequeña placa metálica grabada.
No tenía nada especial. Salvo una frase: No te guardes la vida.
—Significa… —Fui a explicarlo.
—Sé lo que significa. Es… muy bonito. —Lo miró. Luego me miró a mí.
—Es una tontería. Pero me recordó a ti.
—No es una tontería.
Le dio la vuelta, volvió a mirarlo, pasó el dedo por las palabras grabadas.
—Es muy… tú. A mí me recuerda a ti.
—Bueno, entonces parece que he acertado.
—¿Quieres que te recuerde?
—¿Piensas olvidarme?
—No te vayas y no tendré que hacerlo.
—No voy a irme a ningún sitio.
—Ya veremos… —No entendí esto hasta mucho después, que tuve que hacerlo a la fuerza— ¿Crees que no vivo lo suficiente?
—No me refiero a eso. Pero no te olvides de disfrutarla. Con vivir no es suficiente.
Se le escapó una sonrisa.
—A veces se me olvida todo.
Le sostuve la mirada un segundo más, más serio ahora.
—Pues para eso es.
Cerró la caja despacio, pero no la guardó. Se quedó con el llavero en la mano, dándole vueltas.
—Gracias —musitó.
Se acercó un poco más. Sin prisa. Sin brusquedad. Y en ese momento ya no hacía frío.
Apoyó una mano en mi cara, y sentí un escalofrío. Yo no me aparté. Al contrario.
Sus labios rozaron los míos con calidez.
Lo sentí todo y en todo el cuerpo. Fue un beso lento, tranquilo, sin urgencia, de esos que empiezan despacio y se quedan ahí, creciendo sin necesidad de empujarlos.
Noté su respiración cerca, su mano deslizándose hasta mi cuello, el calor que se colaba a pesar del frío.
Y durante ese instante, todo lo demás dejó de importar.
No pensé en Zoa. Ni en Paula. Ni en Rebeca.
Ni en la diferencia de edad. Ni en que se acababa de separar y había dejado claro que no quería nada serio.
Ni en lo que sabía que vendría después. Solo en él, en mí y en ese beso, que guardaría en uno de mis bolsillos para siempre.
Porque yo soy así, de quedarme con lo bueno y desechar lo malo.
Por eso olvidé y casi ni me acordé en ningún momento de que aquello, de que Armando, era muy peligroso.
Como caminar por el filo de un precipicio, entrar en una casa ardiendo o tirarte en paracaídas sin haber comprobado el equipo antes o, peor, sin tener experiencia.
Cuando nos separamos, no lo hicimos del todo. Nos quedamos cerca, con la frente casi apoyada, compartiendo el mismo aire.
—Estela…
—No digas nada. —Sujeté con más fuerza su camisa.
—Esto es…
—Perfecto.
—No lo es, pero lo hace más interesante.
—Preferiría que fuera seguro.
—Nada lo es. —Me besó otra vez, esta vez con más fuerza pero no con menos ganas, porque las había, muchas, todas—. No me suelen regalar cosas así.
—Pues vas a tener que acostumbrarte.
—No debería acostumbrarme… —Ahí estaba, otro detalle, que, por supuesto, pasé por alto.
—No te acostumbres del todo. Se me suelen olvidar las cosas… —rectifiqué con sorna.
—Espero no estar entre alguna de ellas.
Se hizo un silencio breve.
Y ahí, apoyada en esa barandilla, con su chaqueta sobre los hombros y su mano todavía cerca, entendí algo que no me gustó nada. Que aquello ya no era ligero. Y que, aun sabiéndolo… no quería que lo fuera.
—Armando… Necesito decirte algo…
—Lo que sea. —Nos mirábamos, ahora a un palmo de distancia, sin soltarnos del todo.
—No sé cómo empezar, o terminar… No sé si debería…
—No te lo guardes.
—El otro día…
—¿Cuándo?
—En la escalera. Con las cervezas.
—Ah, sí…
—Sé que no tenemos nada. Pero… no me gustó la situación. Que Rebeca fuera tan directa contigo y tú… Tú no te alejaras en absoluto. —Arrugó el ceño—. No me digas que no te diste cuenta.
—No me di cuenta.
—¿En serio? —suspiré—. Hombres…
—¿Qué te molestó en concreto?
—Eso. Te has acostado con ella y está claro que ella quiere seguir haciéndolo. Tonteó y tú… Bah, olvídalo. —Me escuché a mí misma y me sentí ridícula.
—No, no. No quiero olvidarlo. Me importa lo que puedas pensar.
—No pienso nada, en realidad. Solo… Me sentí fuera de lugar, violenta… No sé. No somos pareja, pero… No tengo por qué aguantar según que cosas. No tengo por qué aguantar nada que no me guste —lo solté todo—. Y eso no me gustó.
—Lo entiendo y… lo siento. Soy un poco necio. Siento haber hecho que te sintieras mal.
—Fue raro… Yo…
—¿Se lo decimos?
—¿Qué?
—Que quedamos, que hablamos, que nos estamos viendo.
—¿A quién?
—A Rebeca.
—Nooooo —me negué en rotundo.
—¿Por qué no?
—Porque… No tengo por qué darle explicaciones de mi vida privada y porque… Le montaría un circo a mi madre. Le falta educación y le sobra mala hostia.
—¿Así es?
—¿No la conoces? Te has acostado con ella.
—Conmigo es agradable y simpática.
—Porque te acostabas con ella —repetí, y no sé por qué, pero reímos—. Vale, no volveré a decirlo. Por mi bien.
—¿Te molesta?
—Me da igual tu vida antes de conocerte, pero… Prefiero no imaginarte con ella.
—Me parece comprensible. Pero no fue…
—No quiero saberlo. —Levanté una mano.
No insistió. Y eso, curiosamente, me gustó más que cualquier explicación.
—Vale —cedió—. Pero sí quiero decirte algo. No estoy con ella. Ni quiero estarlo.
Había algo ahí que no era solo una frase bonita. Algo más firme. Más… decidido.
—Eso es problema tuyo —respondí, bajando la voz—. No mío.
—Empieza a ser un poco tuyo.
Se me aceleró el pulso. Otra vez.
—No te vengas arriba.
—No me vengo arriba. —Se acercó apenas un centímetro más—. Solo estoy siendo claro.
Tragué saliva. Porque lo estaba siendo. Y porque yo también sabía exactamente qué estaba pasando, aunque no quisiera ponerle nombre.
—Pues sé claro sin liarme —intenté bromear, pero no sonó tan ligero como pretendía.
—Contigo es complicado no hacerlo.
—Eso es culpa tuya.
—Lo sé.
Miré hacia la calle, buscando aire, distancia, algo a lo que agarrarme que no fuera él. Pero lo tenía demasiado cerca. Y demasiado presente.
—No quiero líos raros, Armando.
—Yo tampoco.
—Entonces vamos bien.
—No lo sé.
Volví a mirarlo.
—¿Cómo que no lo sabes?
Se pasó la mano por la nuca, por primera vez menos seguro, menos brillante. Más humano.
—Porque contigo… no es tan sencillo como decir “vamos bien” y ya.
Ahí estaba.
Ese pequeño fallo en la superficie perfecta.
—Pues simplifícalo —repliqué, aunque no estaba tan convencida como sonaba—. A veces las cosas son simples.
—Y a veces no.
—No empieces.
—No empiezo nada —sonrió, pero más suave—. Solo te aviso.
—¿De qué?
—De que no voy a fingir que esto es ligero si no lo es.
Me quedé callada.
Porque eso… no entraba en el plan.
Porque lo ligero era justo lo único que me había permitido bajar la guardia.
—Pues entonces igual deberíamos frenarlo —solté, más rápido de lo que pensé.
No se apartó.
No cambió el gesto.
Pero algo en su mirada… se tensó.
—¿Quieres frenarlo?
La pregunta se quedó entre nosotros, suspendida.
Podía haber dicho que sí.
Debería haber dicho que sí.
—No —respondí.
Y en ese momento supe que ya era tarde.
Sonrió. No con esa seguridad de antes. Con algo más contenido. Más consciente.
—Entonces no lo frenemos.
—Pero tampoco lo compliquemos.
—Nada de complicaciones.
Volvió a besarme.
Esta vez no fue lento.
Fue más directo. Más decidido. Como si acabáramos de cruzar una línea invisible que ninguno de los dos iba a reconocer en voz alta.
Cuando nos separamos, apoyé la frente en su pecho un segundo, respirando.
—Esto es mala idea.
—Seguramente.
—Y aun así…
—Sí.
Sonreí, negando con la cabeza, más para mí que para él.
—Soy idiota.
—No —susurró cerca de mi oído—. Eres valiente.
Solté una risa baja.
—Eso suena mucho mejor.
—Es que lo es.
Me aparté despacio, devolviéndole la chaqueta sin dejar de mirarlo.
—Vamos dentro antes de que alguien salga y nos vea.
—¿Te preocupa?
—No.
—Entonces…
—Me preocupa que empiecen a hablar. Y ya sabes cómo funciona esto.
—Lo sé.
—Y no quiero ser el tema de conversación del portal mañana.
—Aquí no hay nadie del portal.
—He visto a amigos de Rebeca hace un rato.
—Vale, pero… Spoiler: ya lo eres.
—Genial. Fantástico. Justo lo que me faltaba.
—Bienvenida al edificio —bromeó.
Negué con la cabeza, pero sonreí.
Entramos otra vez en la discoteca, de vuelta al ruido, a la gente, a la luz artificial que lo distorsiona todo. Pero algo había cambiado… En mí.
Porque mientras volvía a cruzar la pista, esquivando cuerpos y risas, con su mano agarrada a la mía me volví a sentir bien, cómoda, en casa, en… mí. Y supe que Armando iba a terminar rompiéndome en mil. Pero no la solté, la agarré más, porque yo… Yo soy así. Me gusta vivir.