30 EL CUMPLEAÑOS Y EL CUMPLEAÑERO
Estela
Desde fuera se oía la música, una muy grave que te sube por el cuerpo antes incluso de entrar, que se mezcla con el murmullo de la gente, con las risas, con el sonido de los tacones contra el suelo.
Me detuve un segundo antes de cruzar, no por duda, sino por esa sensación extraña de estar a punto de entrar en algo que no tenía del todo controlado.
—No te me rajes ahora —advirtió Paula a mi lado, ajustándose el vestido con una naturalidad que solo ella tiene.
—No me estoy rajando.
—Tienes cara de estar rajándote.
—Tiene cara de estar pensando demasiado —intervino Zoa.
—Estoy pensando lo justo.
—Eso en ti no es normal —remató Paula.
Giré hacia ella:
—Te puedes ir a casa si quieres —le recordé.
—Ni de coña. Esto no me lo pierdo.
—Venga, entra ya. —Arengó Zoa—. Que además te está esperando.
—Nos está esperando —corregí.
—Nosotras venimos porque te queremos, nena. Y él nos ha invitado porque tú se lo has pedido. Porque está deseando verte.
Dudé otro segundo.
—¿Qué te pasa, Estela? Tú eres una mujer segura —anotó Paula con el ceño fruncido.
Suspiré, y esto que dijo me llevó a unos días antes.
—El otro día… Nos tomamos una cerveza con Rebeca, en el portal, y esta se acercó demasiado a Armando. Él no se separó.
—Te pusiste celosa.
—Supongo. No sé si fueron celos.
—Es normal —apuntó Zoa.
—En ella no —siguió Paula.
—No hay nada entre nosotros. Nada serio… digo. Y… No sé hasta qué punto se planteará acostarse con otras. O si… Si lo hace.
—Bah, ¿y qué importa? —Paula se encogió de hombros.
—A mí me importa. No comparto fluidos con otras.
—A mí también me importaría. Pienso lo mismo —me apoyó Zoa.
—Sois dos mojigatas.
—Y tú demasiado lista para llevar casada más de quince años —Zoa le apuntó con el dedo.
—Llevo veintiuno —esclareció la otra.
—Tía, que vieja eres.
—Vieja tu puta madre. —Rieron.
Cruzamos las puertas, por fin. La discoteca estaba llena, pero no agobiante. Menos mal, odio las aglomeraciones. La gente se movía, otras se hacían fotos y vídeos.
El postureo, pensé.
—Esto es solo para VIP —un miembro del staff nos cortó el paso.
—Somos VIP, ¿no nos ves? —Se envalentonó Paula.
—No veo las pulseras, señora —indicó el hombre de hombros anchos.
—¡Oh, me ha llamado señora! —Se sintió ofendida, harta de que se dirigieran a ella así—. ¡Solo tengo treinta y seis años! —mintió.
—Perdona, venimos al cumpleaños de Armando. —El de seguridad se detuvo un segundo en mí—. Armando López —especifiqué, aunque no creía que hubiera muchos Armando por la zona.
Sin decir ni una palabra, movió el cordón de seguridad, hizo un gesto con la cabeza y lo cruzamos.
Lo vi enseguida. Apoyado en una barra alta, rodeado de gente, riéndose de algo que alguien acababa de decir. Camisa blanca, vaqueros, ese punto arreglado sin esfuerzo que parece que no ha pensado, pero sí.
Y, como si lo notara, levantó la vista. Me vio. Y sonrió.
—Vale. —Paula me agarró del brazo—. Ha ganado puntos. Ya entiendo todo.
—¿Todo qué?
—Todo.
—No empieces.
—No empiezo, constato.
Zoa me miró de reojo.
—Te gusta mucho.
—Sí —respondí, sin rodeos.
—Pues disfruta.
Avanzamos entre la gente. Él ya se estaba acercando.
—Hola —dijo, primero a mí.
—Hola.
Nos dimos dos besos, pero no dos besos cualquiera. Los sentí, así como sentí su mano en mi cintura. Luego se giró hacia ellas.
—Zoa, ¿no?
—Sí. Encantada.
—Hola, Paula.
—Hola, problema.
—Intento serlo.
—Lo estás consiguiendo.
Le hice una señal para que cerrara el pico. Armando se giró y casi me pilla. Sonreí de manera forzada e hice otra señal a mi amiga: la de “te voy a cortar el cuello”.
Nos sentamos en una mesa alta, con copas ya preparadas. La conversación empezó fácil, ligera, con bromas, con anécdotas, con la naturalidad que Armando tiene para integrar a todo el mundo sin esfuerzo.
David llegó y me echó el brazo por el hombro de repente. Tras presentarle y saludar a mis amigas, que reían y hablaban con él.
—Tus amigas son como tú. Guapas y simpáticas —me gritó al oído.
—Elijo bien mis amistades —bromeé.
—Eh, tío —se dirigió a Armando, frente a nosotros—. Manuela ha preguntado por ti. Vamos a saludarla. —Me soltó y empujó a su amigo, que lo siguió después de mirarme un momento.
—Le gustas —apuntó Zoa.
—A Armando le gustan todas. Se lio con Rebeca, después contigo, antes con las que no sabemos y ahora…
—Paula señaló hasta donde estaba, saludando a la que suponíamos era Cintia y a otra chica, las dos bastante jóvenes, no sobrepasaban los veinticinco años—.
Ahora va a comerse a Manuela. Quizá también a su amiga.
—Pau, qué bestia eres —le reprendió Zoa.
—Soy sincera. —Me clavó las pupilas—. No seas idiota, Estela. Ese chico se acaba de separar. Hoy ha cumplido treinta. Eso en un hombre es como cumplir veinte. Tú tienes cuarenta y cinco. Vamos a mirar con perspectiva el asunto.
—Vaya… Y eso que ya te has tomado dos copas —solté, sorprendida y… dolida. Sí, esto último también, porque cuánta razón llevaba—. Sigues demasiado despierta.
—Es que somos las adultas. O valoramos los riesgos o terminas mal. Nosotras maduramos hace tiempo.
—Tú no hace mucho —indiqué.
—Tú tampoco. Pero eso es lo mejor. Madurar solo para lo importante. Para lo demás… niñas con Master Card.
Nos hizo reír.
—Voy a por unas copas. Armando te va a hacer daño, así que vamos a conseguir que le salga caro. —Se perdió entre un grupo de gente.
—Eh, ¿estás bien? Paula puede ser…
—No tiene filtro —reímos—. Pero lleva razón.
—En parte sí, no se la voy a quitar del todo. Pero no conocemos a Armando. Démosle una oportunidad.
—Por eso estoy aquí. —Me puse seria.
—Oye, deja de juzgarte todo el rato.
—¿Eso hago?
—Eso haces siempre. No puedes tomar siempre la mejor decisión. Porque no sabes si lo es o no.
—Hasta que estoy con el agua hasta el cuello. —Reímos de nuevo—. Estoy harta… —Di un trago al gin-tonic—. Harta de… equivocarme.
—No te equivocas. Testeas.
Solté una carcajada.
—Buena forma de decir que tengo mal ojo para los hombres.
—Oye, ¿ves? Te castigas. No tienes mal ojo, te cierras en banda en cuanto ves algo que no te gusta. Y eso es bueno. Te cuidas.
—Sé que no estoy buscando, que no necesito a nadie, para nada…
—Lo has demostrado —levantó la copa.
—Pero… a veces lo echo de menos. Alguien que me acompañe. Un compañero. Sí, eso. Tener a alguien con quien contar, que cuente conmigo. Que se preocupe por mí. Sé cuidarme sola, sin embargo…
—Te entiendo. ¿A quién no le gusta que le cuiden?
—Y ese no es Armando —negué.
—¿Por qué?
—Por… muchas cosas. Porque no quiere nada serio, se acaba de separar, lo último que desea es eso mismo. Él acaba de tenerlo, para él sería una vuelta a lo mismo, a eso que quiso dejar atrás. Y, vamos a ser claras, tiene treinta años recién cumplidos. Querrá hijos, yo no voy a tener más.
—Estarías muy loca si los tuvieras.
—No podría aunque quisiera.
—Sí podrías, pero ese no es el tema. No te metas ahí. Ya saliste de eso, criaste a un bebé, los últimos años lo has criado sola.
—No digas eso.
—Es verdad. Ser padre no es ver a tu hijo una vez al mes y pasarle manutención, una muy pequeña, por cierto.
—La acordamos así.
—Porque tú eres muy buena con todos, con él más.
—La cuestión es que… acabamos de conocernos. Solo nos hemos acostado una vez y ya me hago todas estas preguntas.
—Porque vienes de vuelta, Estela. Es normal que lo sopeses todo antes de que ocurra. No estamos para perder el tiempo.
—Zoa, tú eres mucho más joven que yo. No hables en plural.
—Pero también he pasado lo mío. Si algo no me cuadra, me alejo.
—Estoy harta de alejarme. No me da miedo.
—Y eso está bien. Si no se arriesga, no se vive. Pero que tengas madurez para recuperarte con una habilidad pasmosa no es razón suficiente para dejar que te hagan daño una y otra vez.
—¿Podemos…? ¿Podemos dejar de hablar de esto?
—Claro.
Paula apareció de nuevo con tres copas, una para cada una, se sentó en el taburete y sentenció:
—Vale, tengo otra cosa que decir.
—¿Por qué no bailamos? —Me levanté, pero me senté de golpe de nuevo.
—Después —cortó mi amiga—. Desde lejos… Me he dado cuenta de algo… —Se dirigió a Zoa—. David te mira mucho.
—¿A mí?
—Sí, a ti.
—No me interesa.
—Esta niña es tonta. Te lo tiras y disfrutas. Por la mañana te vas. O lo mandas a su casa. Depende de dónde folléis.
—Podemos follar en el coche.
—Uh… No te lo aconsejo. Es pequeño.
—Y no tengo. —Nos reímos.
Armando llegó de nuevo.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí… Aquí hablando de… cosas… —solté, bastante beoda ya.
—Las copas son de una calidad dudosa —opinó Paula—. Y… las invitadas también.
El cumpleañero no se lo tomó a mal.
—Las reclamaciones a David. Él ha elegido el sitio.
—Zoa, ve y se lo dices. —Paula guiñó un ojo a nuestra amiga.
—No va a escucharme con la música.
—Le comes la oreja. —Rio de su propia broma.
—Vamos al baño. —Se incorporó Zoa, y tiró de Paula.
—No me estoy meando —se quejó.
—Me acompañas. No quiero ir sola.
—Pufff —bufó la otra, pero fue con ella.
—Tus amigas son la hostia.
—Más o menos.
—¿Me acompañas? Tengo que…
—También necesitas que te acompañe al baño. —Negó con una sonrisa—. Mejor. Porque no pesaba ayudarte a…
—¿A qué? —Alzó una ceja.
—A sacártela. —Nos reímos a carcajadas.
Me dio la mano sin decir nada más y me llevó con él. Atravesamos la sala juntos, yo detrás de él, pegada a su espalda.